La Galaxia Zuckerberg

Era 1962. McLuhan acababa de publicar La galaxia Gutenberg, un libro premonitorio que la experiencia ha verificado. En esta obra, el sociólogo canadiense explica la historia de Occidente a través de sus innovaciones técnicas. Antes que él, dos escuelas filosóficas se disputaban el premio al profetismo: los idealistas, desde Platón, pensaban que las ideas gobiernan nuestro destino, lo que siempre halaga a los intelectuales. Pero después llegó Marx para persuadirnos de que las condiciones materiales nos asignan a nuestro pesar un lugar determinado en la escala social. Todo cambia cuando McLuhan anuncia que, sin la imprenta de Gutenberg, los alemanes no habrían podido leer la Biblia, que la Reforma no habría tenido lugar y tampoco la Contrarreforma. A partir de ese momento, se acabaron el Renacimiento, el Siglo de las Luces y la Era Moderna. De modo que, según McLuhan, los medios de comunicación, un concepto que él populariza, nos alejan de la Galaxia Gutenberg, anuncio de una nueva era en la que la humanidad se volverá a encontrar como comunidad en torno a las pantallas de televisión.

McLuhan introdujo entonces una distinción política y filosófica entre quienes, inconscientemente o víctimas de esta mutación, se empeñan en vivir en la Galaxia Gutenberg y quienes huyen de ella. Se trata en lo esencial de una división por generaciones, lo que explica el enorme éxito de su teoría entre la juventud rebelde de los sesenta. ¿Cómo no pensar, en la era de Facebook, Twitter y demás redes sociales, en McLuhan y Zuckerberg, nuestro Gutenberg contemporáneo? Por otra parte, me parece que la hipótesis de McLuhan es más verificable hoy que cuando la propuso.

La Galaxia ZuckerbergRealmente, hemos entrado en una era en la que los medios de comunicación de los que disponemos instantáneamente determinan nuestros comportamientos personales y colectivos; estos medios sociales de comunicación dan a todos, en todas partes, bajo todos los cielos, una audiencia y una universalidad sin precedentes. Si todavía quedan algunas tribus aisladas no conectadas, que no se preocupen; me he enterado de que los nuevos satélites pronto ofrecerán conexión a gran velocidad incluso en los lugares más remotos de Amazonía y Papúa.

¿Y esto qué cambia? Todo. Por ejemplo, en el pasado, las mujeres reivindicaban la dignidad y la igualdad de trato; encontramos huellas de ello en la antigüedad griega. Pero lo que ha convertido esa reivindicación en una revolución global ha sido la caja de resonancia de Twitter, que ha transformado nuestras sociedades, más allá de las culturas nacionales y las fronteras sociales. #MeToo está cambiando a Occidente, pero también a Asia, recurriendo en todas partes al mismo vocabulario: el lenguaje codificado y universal de nuestros teléfonos inteligentes. Y en Francia, en estos días, una especie de rebelión de los modestos y subalternos se ha convertido en una revolución sin coordinación, sin líder, sin doctrina y sin programa que no sea a través de Facebook. Parece que, al principio, un acordeonista bretón publicó en su página de Facebook un vídeo de protesta por la subida del precio de la gasolina acompañado de una foto suya con un chaleco amarillo, la señal de peligro que todo automovilista debe llevar en su vehículo. Pues bien, en tres semanas, el mensaje fue compartido por varios millones de internautas. Y ya sabemos lo que ocurrió después: disturbios en París y en otros lugares, el Gobierno flaquea y cede. Lo más destacado de estos nuevos movimientos sociales es lo impredecibles que son: los gobiernos, pero también los antiguos medios de comunicación, no han visto venir nada, porque los circuitos de comunicación y movilización ya no son aquellos a los que estábamos acostumbrados. Por lo general, antes de la Galaxia Zuckerberg, los movimientos sociales obedecían las instrucciones de los líderes enviados por organizaciones, estructuradas a su vez en torno a un pensamiento y unas reivindicaciones. Ahora ya no hay nada de eso: nos encontramos ante la más anárquica espontaneidad, con lo que las élites ilustradas están desprevenidas antes del movimiento, pero también después, porque es imposible comprender lo que reclaman estos movimientos, tan heterogéneos en su composición y sus exigencias. ¿Será que el objeto de estos movimientos es solo el movimiento mismo?

Si la Historia tiene sentido, ¿cuál es el de la espontaneidad no siempre bien informada que suscitan las redes sociales? ¿Deberíamos considerar un «progreso» el hecho de que todos tienen derecho a hablar y que todo es el equivalente de cualquier cosa solo porque está en la web? No es deplorable en sí mismo que las élites en lo alto sean desafiadas por las bases, ¿pero hasta el punto de negar la realidad y considerar lo falso equivalente a lo verdadero? Tenemos el deber de inquietarnos sin saber demasiado bien la respuesta. Entre tanto, el conocimiento es atropellado por la nueva era. Y aún más la política. Hasta ahora, las reivindicaciones estaban relativamente canalizadas a través de la democracia representativa, con instancias de diálogo, pero nos asombra que el presidente estadounidense pase por alto las instituciones, que los chalecos amarillos ignoren que en Francia hay un Parlamento y que las feministas denuncien a lo loco, sin pasar por la justicia. ¿Cómo vivir civilmente en sociedad en un mundo sin instituciones moderadoras?

La Galaxia Zuckerberg exacerba las pasiones, con el riesgo de provocar una violencia que hace necesario recordar las guerras civiles de la Galaxia Gutenberg. Decididamente, el progreso material es una cosa, y el progreso moral, otra. Es algo más o menos sabido, pero siempre conviene recordarlo.

Guy Sorman

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