La generación ‘baby-boom’ y la izquierda

Los españoles, a diferencia de lo que les ocurre por ejemplo a los americanos, somos poco aficionados a hablar o a sentirnos partícipes de pertenecer a una determinada generación. Es verdad que últimamente hemos oído hablar algo de la generación mileurista (la de los que cobran mil euros o menos), ni-ni (la de los que ni estudian ni trabajan) e incluso la generación Cuéntame (la de los abnegados españoles que nacieron durante o inmediatamente después a la Guerra Civil). Sin embargo, a excepción quizá del término mileurista que define más un fenómeno económico que propiamente generacional, han hecho poca fortuna.

En estados Unidos pasa lo contrario. A los norteamericanos les encanta definirse por la generación a la que pertenecen. Ninguna generación ha sido tan popular e influyente como la de los baby-boomers, aquellos americanos nacidos con posterioridad a la segunda guerra mundial y hasta aproximadamente 1966. Es decir, la gente que se está jubilando ahora o se jubilará en masa en los próximos años. En Estados Unidos los baby-boomers rigen la sociedad. Son los que ocupan los puestos de responsabilidad en empresas e instituciones y tienen más poder de compra que ningún otro grupo. Sus hijos los ven como más competitivos e individualistas que ellos, pero en el fondo los absuelven porque «cambiaron el mundo» con la revolución de los derechos civiles. Pero el mayor poder que tienen de facto los baby-boomers es el de la hegemonía cultural, el haber creado un mundo a imagen y semejanza de sus valores, que son los valores de la contracultura, fundamentalmente basada en la ruptura con las tradiciones, la multiplicidad de perspectivas, el hedonismo y la vivencia de nuevas experiencias como paradigma vital. En suma, la mayoría de los valores que han terminado configurado la sociedad de consumo.

En el caso de España, sorprende la falta de debate acerca de cual ha sido el legado de la generación de los baby-boomers. Primero cabría preguntarse si hay una generación como tal equiparable a la de otros países. En principio, podría considerarse como tal a la generación de españoles nacidos entre 1956 y 1968 al albur del desarrollismo. Una generación tardía en comparación con la americana o la francesa y menos relevante en términos numéricos. Otra diferencia apreciable es que en su inmensa mayoría, aunque a muchos les duela al leerlo, no participaron o lo hicieron muy débilmente en movimientos cívicos o revueltas que en España fueron minoritarias. Muchos de ellos provienen de clases medias urbanas y se beneficiaron de la selección natural que en aquellos tiempos suponía poner el pie en la universidad. En muchos casos, haber convivido con el franquismo durante sus años de juventud fue incluso positivo ya que les sirvió para adquirir una pátina de legitimidad social durante la vida en democracia. En todo caso son ellos, sin duda, aquellos que en estos momentos monopolizan los puestos de poder en las empresas, los gobiernos, los partidos, los medios de comunicación y las universidades.

En la mente de los baby-boomers españoles, la modernidad venía dada por dos señas de identidad: la primera era el desapego al catolicismo como síntoma de europeidad que permitiría por fin a España ser un país normal liberada de dogmas atávicos; la segunda era la adhesión ideológica a lo que se dio en llamar Estado del Bienestar, que en la práctica supuso una expansión de los mecanismos redistributivos. Francia es para toda esta generación como el país ideal, con una historia admirable, y España en cambio «como una Francia que le hubiera salido mal al creador» en palabras de Salvador de Madariaga. Este Estado del Bienestar perpetuó rasgos estatistas del franquismo como la negociación colectiva centralizada o el rol de los entes públicos en la vida económica. Los baby-boomers fueron los primeros que en sus familias dejaron de ir a misa o enviar a sus hijos a catequesis. Fueron los primeros en llevar jeans, tener relaciones sexuales prematrimoniales y endeudarse para pagar la casa o el coche. Una generación que entendió que era más importante disfrutar de la vida que dejar patrimonio a sus hijos. De hecho, dejaron de tener hijos.

Pero quizás el mayor legado de los baby-boomers españoles fue el ideológico. El forjamiento de una ideología de adhesiones futboleras a la izquierda. Según el estudio comparado de la cuarta edición de la Encuesta Social Europea (ESS) de 2008, España ocupaba el primer lugar en lo que se refiere a la identificación de sus ciudadanos con la izquierda con un índice de 4,55 sobre 10. Si se analizan los barómetros periódicos del CIS encontramos que son siempre los votantes situados en las franjas de edad entre los 45 y los 64 años los que muestran una mayor identificación con las ideologías asociadas a la izquierda (43 por ciento frente al 30 por ciento identificados con la derecha) por encima por ejemplo de la franja que va de los 18 a los 24 años de edad.

La presión ejercida por una mayoría de docentes, comunicadores y políticos acerca de los valores de la izquierda ha sido profunda entre las generaciones más jóvenes. No recuerdo ni un solo profesor a lo largo de mis cinco años de licenciatura en la Universidad Complutense que exhibiera públicamente ni una sola vez algún rasgo de ideología que no fuera de izquierdas. El concepto ser de izquierdas, por encima de las diversas marcas que pueda adoptar ya sea socialismo, progresismo o ecologismo, se ha transformado en un producto de consumo más que procura al que lo porta atributos de buenrollismo, espiritualidad, modernidad e incluso un cierto sex-appeal. Es un concepto sin barreras de entrada, tan potente que no requiere de ejemplaridad alguna. Para ser considerado de izquierdas simplemente basta con decirlo. Todos conocemos el caso de numerosos empresarios que se autodefinen como progresistas aunque sus organizaciones no paguen a los becarios. De actores y cantantes que dicen estar con el corazón partido por la situación general antes de subirse a un Audi conducido por un chófer. Exhibir un comportamiento o una sensibilidad de izquierdas, aunque sea de una manera imprecisa, ha pasado a ser una estrategia de comunicación de las personas y las organizaciones para tener éxito social. Sólo así puede entenderse que una gran mayoría de descontentos en España, representados en el llamado Movimiento 15-M, piense que únicamente más Estado puede sacarnos de la situación actual cuando el principal problema es que hay demasiado.

César García, profesor de Comunicación en Central Washington University.

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