La generación puente

Nadie conoce y entiende a Don Juan Carlos mejor que los de mi generación —aquellos que nacimos en los años 30 del pasado siglo—. Somos, como él, la generación puente entre las que queríamos que fuesen dos épocas muy distintas en la historia de España, y que, ya camino de la despedida, comprobamos con amargura que pueden ser lo mismo. Crecimos a la sombra de los que habían ganado la guerra, pasamos los años del hambre, del frío, del aislamiento. Buscamos como pudimos salir adelante, unos dentro, otros fuera, soñando que España no podía ser la excepción entre las naciones, que lo de ser diferente valía como eslogan turístico, no como forma de vida, ya que debíamos incorporarnos a las naciones de nuestro entorno. Un sueño en nuestra adolescencia —cuando aún se discutía si España pertenecía a Europa o a África— y un empeño en la madurez, cuando los acontecimientos se alinearon para que el sueño se convirtiera en realidad. Don Juan Carlos pertenece a esa generación, con una niñez privada de muchas cosas, un silencio obligado, un futuro incierto y unas lealtades obligatoriamente compartidas, sin saber nunca si el próximo paso sería adelante o al vacío.

Lo que esa generación aportó a España fue la Transición, de la que el Rey fue protagonista. Recuerdo que Areilza le describió como «el motor del cambio». Pienso que hubo muchos más motores. El primero, el propio Franco, cuando le dijo que tendría que gobernar de modo distinto al suyo. Luego, una coyuntura económica favorable. Por primera vez, España tenía una clase media, y las clases medias, una vez satisfechas las necesidades elementales, quieren libertad, democracia, aunque la democracia, incluso en su nivel más desarrollado, sea solo la menos mala de las formas de gobierno, como advirtieron sus creadores. Pero bueno, mejor eso que nada. Y hubo también una coyuntura internacional favorable. Las que emergían como grandes potencias en el oeste, Estados Unidos y Alemania, se dieron cuenta de que España podía ser un gran problema si no se resolvía el asunto de la transición, pues el franquismo no podía sucederse a sí mismo. Así que pusieron manos a la obra de que la construcción europea no se hundiera por su extremo suroccidental. Washington se encargó de apuntalar a Don Juan Carlos; Bonn, a Felipe González. Recuerdo la gira del entonces Príncipe por Estados Unidos, en el avión presidencial que le había cedido Nixon, que era todo un endoso a su persona, cuando en España se debatía la sucesión de Franco. Y de sobra es conocido el apadrinamiento de Felipe González, no solo por parte de los socialdemócratas alemanes, Brandt especialmente, sino también de los cristianodemócratas, para que el principal partido de la oposición no fuera el comunista ni el de los socialistas del exilio, sino el de las nuevas generaciones crecidas bajo, y contra, el franquismo.

Así se hizo la transición, que podría llamarse también transacción, pues hubo para todos, con pactos transversales y esperanzas generalizadas en la inmensa mayoría, al comprobar que lo más temido, que volviéramos a la guerra incivil que veníamos librando por más de un siglo, no se cumplía. Y así empezó un reinado que, a trancas y barrancas, nos ha traído el periodo más largo de paz y de prosperidad en nuestra historia.

Pero que no hay mal, ni bien, que cien años dure, lo estamos comprobando los españoles. Los pactos están bien, muy bien incluso, al ser la base de la convivencia civilizada. Pero siempre que las partes estén dispuestas a cumplir lo pactado; y ha habido españoles no dispuestos a cumplirlo, es más, decididos a aprovechar las concesiones del resto para quedarse con todo. Tanto el Estado de las Autonomías como ese invento español de la «nacionalidad», que ofende a la gramática, pues la nacionalidad es más un adjetivo que un sustantivo, en vez de ser la solución de nuestro problema territorial, se han ido convirtiendo en un genio maligno que, una vez fuera de la botella, amenaza con devorar al que la abrió. Las autonomías se han tornado soberanías y sus estatutos particulares prevalecen sobre la Constitución. El resultado no es un Estado hecho y derecho, sino una casa de los líos, donde la menor cuestión se torna conflicto, ya entre las comunidades, ya con el Gobierno central. Sin que haya síntomas de que las tensiones amainen, sino más bien de lo contrario.

Por otra parte, la democracia que nos hemos procurado es solo la mitad de ella, la de las libertades, pero la otra mitad, la de las responsabilidades, ni está ni se la espera, tanto a nivel individual como oficial, con unos partidos que hacen honor a su nombre, es decir, atendiendo solo a la parte que les afecta, olvidando por completo el bien general. La total incapacidad de nuestros partidos políticos de llegar a acuerdos transversales en los grandes temas de Estado es la principal debilidad de este. Y, encima, la crisis, una crisis que nos ha cogido como aquel tsunami a los turistas en la playa del Índico: desnudos. El euro nos hizo creer que éramos ricos y nos pusimos a gastar como locos, llegando al disparate de encontrar barato Nueva York. En fin, para qué voy a contarles, si lo conocen de sobra.

Se acaba una época. Se acaba una generación. Suárez anda en las tinieblas del alzhéimer, Fraga ha muerto, Carrillo desgrana su amargura, los Lópeces son un pie de página de la historia. Queda Don Juan Carlos, el gran superviviente; guste o no, nuestra mejor baza nacional e internacional, que igual nos consigue un gran contrato fuera que apacigua los ánimos dentro, habiendo conseguido que incluso lo llamen «un rey republicano», que ya es decir. Pero a veces siente el ansia irrefrenable de pegar tiros, a fin de cuentas es un militar, y de abatir elefantes o lo que se le ponga por delante. Para él es un deporte, un desahogo. Como el largarse de tanto en tanto. Cuando para las nuevas generaciones es un delito. O algo peor, una estupidez. Sobre todo, en los tiempos que corren.

Lo malo es que ha entrado en juego nuestro principal defecto. Que no es la envidia, pues envidia hay en todas partes. Lo que realmente nos daña, nos afecta, nos retrasa, al impedirnos ver la realidad, y nos hace cometer los mayores disparates, es confundir lo principal con lo secundario, dar más importancia a la apariencia que a la sustancia. Vamos con el paso cambiado y a menudo nos ponemos a nosotros la zancadilla. Ahora mismo, la cacería del Rey en Botsuana fue un error, de acuerdo. Un gran error, si quieren. Pero de ahí a pedir su abdicación hay aún más trecho que el que hubo en la salida de su abuelo por haber ganado la izquierda unas elecciones municipales. Y es que somos expertos en criticar a lo grande sin aportar soluciones. O en «disparar primero y apuntar después», como me dijo un colega inglés con sorna. «Sí, le respondí, y además, a cañonazos».
¿Qué quieren, que abdique en el Príncipe Felipe o que dé paso a la Tercera República? Lo que nos faltaba. ¿Se dan cuenta del formidable lío en que nos meteríamos? ¿Cuánto iba a resistir el nuevo Rey ante una izquierda crecida y unos nacionalistas insaciables? ¿Cómo íbamos a elegir un presidente, cuando no somos capaces de ponernos de acuerdo en un director de TVE? Justo en medio del ataque más furioso de los mercados a la economía española y cuando hasta Cristina Fernández nos moja la oreja.

Me queda solo por señalar la calidad humana del Rey, su naturaleza espontánea, que le conecta de inmediato con sus pares o con el hombre de la calle, que lo percibe y agradece. Un don que no se aprende, se tiene o no se tiene. El misterio puede estar en que Don Juan Carlos se siente como un español más.

Por José María Carrasacal, periodista.

1 comentario


  1. Debo reconocer que es usted un gran privilegiado si conoce a S.M. y además le comprende. Créame si le digo que me gustaría poder compartir su opinión. Pero menciona usted a “los de mi generación” así, en general, y esto me resulta algo exagerado. Es más, me temo que son una gran minoría los españoles que pueden participar de su respetable opinión. Y es probable que esta situación se deba, principalmente, a la falta de información facilitada por los medios, cuando uno a una especie de aureola en la que se ha envuelto de manera permanente a toda la actividad de la casa real. Como si se pretendiese mantenerla a cubierto de cualquier crítica.
    Fueron tiempos malos, muy malos los que nos tocó vivir, tanto, que se hurtó, por miedo a las consecuencias a plantear un verdadero referendum respecto al régimen que queríamos darnos. Todos, ciudadanos y partidos políticos, para evitar males mayores comprendimos que una monarquía parlamentaria sería el mejor modo de transitar hacia una democracia tanto tiempo anhelada, por nosotros y nuestros mayores.
    Pero pasados ya tantos años, y una vez, esperemos que más pronto que tarde, pasada la pésima situación económica que atravesamos,¿ no piensa que sería aconsejable una consulta respecto al modelo político que queremos?
    Coincido plenamente con su opinión de que el estado de las autonomías no ha conseguido el objetivo unificador con el que fue establecido. Más bien pareciera que los señores políticos buscaban lo que vulgarmente se conoce como “la cagada del lagarto”. Ruego perdone la expresión.
    Reciba un cordial saludo.

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