La génesis absolutista del independentismo

Las oleadas independentistas que han sacudido Cataluña y España en los últimos años no han surgido de debajo de las piedras. Las circunstancias políticas de cada momento han anidado de forma distinta en la geografía que, como lindes naturales, se extiende desde los Pirineos hasta la desembocadura del río Ebro. De hecho, la diócesis de Tortosa (ciudad dividida por el cauce del río a la que le gusta llamarse la quinta provincia) incluye a día de hoy, en su obispado, un grupo de pueblos de la provincia de Castellón, en un ejemplo de la arbitrariedad de las divisiones. Las fronteras atienden a los criterios geopolíticos de unos momentos determinados a lo largo de la Historia.

Las diócesis y los obispados han perdido peso en la vida política y social española. Sin embargo, la religión continúa en el siglo XXI en la génesis absolutista del independentismo catalán. Una muestra de ello ha sido la visita al monasterio de Montserrat el pasado 6 de octubre del presidente de la Generalitat, Quim Torra, junto con Jordi Pujol, Marta Ferrusola (padres espirituales de los neoconvergentes) y Joan Ribó, ex presidente del Parlament, para rezar por los presos del procés y para que la sentencia judicial les fuese leve, o absolutoria, como pidió Torra antes de que se hiciese pública. Y si no era absolutoria, él llamaba a la movilización masiva y pacífica. Por lo que dictaron los jueces del Tribunal Supremo, ni Dios ni la Virgen de Montserrat, conocida como la Moreneta, escucharon sus plegarias devotas.

En el independentismo, los feligreses más beatos son los oportunistas de Convergencia Democrática de Cataluña (CDC), fundada por Jordi Pujol y reconvertida en JxSí, PDCat, JxCat o los que gobernaron durante décadas al precio del 3% y no dijeron ni mu de independencia. Por sospechosa casualidad, la conversión de los convergentes al independentismo coincidió con la publicación de los casos de corrupción, demostrada en el caso Palau y pendiente en el escándalo del 3% en comisiones de las obras públicas para el partido y/o cargos políticos, además de las imputaciones en la familia Pujol. Junto a los independentistas oportunistas, están los históricos de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), que llevan 80 años aspirando a ella con un apoyo aproximado del 8% del voto desde 1978 hasta 2012. Son de menos misa; no obstante, Oriol Junqueras, a la cabeza de la formación, ha requerido servicio religioso en la cárcel. A los oportunistas y los históricos se les han sumado los antisistema de la CUP. Todos ellos consiguieron en conjunto el 47,5% del voto en las autonómicas de diciembre de 2017. Ésa es su mayoría, que no es poca.

La veneración por el catolicismo que arrastra el independentismo entronca con los núcleos geográficos en los que triunfó el carlismo en el siglo XIX. ¿La génesis absolutista del independentismo actual es coincidencia o consecuencia? Las cinco columnas (Berga, Gerona, Tarragona, Tárrega y Vic) que salieron en dirección a Barcelona para unirse a la huelga general en protesta contra la sentencia del Tribunal Supremo exhiben una coincidencia con las zonas de conflictos que arrasaron Cataluña y el resto de España a raíz de las guerras carlistas y su ideario de Dios, Patria, Rey –y fueros cuando conviene–. Pretenden que el Rey sea sustituido ciegamente por una república cuyo posible presidente podría tener poder político, como en EEUU o Francia; función ceremoniosa, como en Alemania, Italia o Irlanda; una combinación de ambos modelos; o un modelo nuevo. Nadie lo sabe; el fervor republicano, como el ritual religioso, no deja ver más allá. Declararon la república de mentirijillas sin haber previsto qué funciones le otorgarían a su presidente. Se entusiasmaron con que la Unión Europea forzaría a España a reconocerles para caer en la decepción y el ridículo. Ahora la UE es inútil.

La columna independentista de Berga hace honor a sus raíces carlistas por rebeldía y por defensa de lo autóctono. Berga fue la capital del absolutismo catalán en la guerra de 1833 a 1840. De allí salió la familia del cura Benet Tristany que dio tres generaciones a la causa. Berga formó una de las columnas más madrugadora y numerosa de la manifestación. La ciudad ostenta el mayor ayuntamiento de la CUP (16.000 habitantes) y allí los antisistema incrementaron el voto en las últimas elecciones municipales mientras perdían representación en Barcelona o grandes núcleos urbanos. Otra coincidencia con la génesis política del XIX: el liberalismo se mantuvo en los centros urbanos y perdió en la Cataluña interior, de soca-rel (íntegro y profundo) y pagès. El carácter rebelde y el apoyo a lo local y propio en detrimento de lo foráneo son trazos que ya marcaron el absolutismo catalán de otros siglos. El independentismo no lo ha sacado de debajo de las piedras ni hay nada moderno en ello.

La columna de Gerona, encabezada por Anna y Montse Puigdemont, hermanas de Carles, no puede escapar a sus antecedentes históricos. La segunda guerra carlista fue una contienda catalana que montó su centro en Amer, el pueblo ampurdanés de los Puigdemont. El cuartel de Ramón Cabrera casi tocaba con el edificio que alberga hoy la pastelería de la familia, de declarado linaje absolutista. La columna de Gerona arrancó con 10.000 participantes. En este ejercicio de repetición de la historia, los destacamentos de Berga y de Gerona se encontraron con los de Vic, la ciudad que, con Olot, se convirtió en el escenario de la tercera y última guerra del XIX: liberales contra absolutistas. Mariano Vayreda, de Olot, fue soldado carlista que llevó en una mano el fusil y en la otra la pluma de escritor con la que ha dejado un fiel relato de la contienda bélica. Pertenecía a un linaje dedicado a la política, como los citados Benet y hoy en día los Puigdemont. Estos tres nombres no son los únicos en hacer parroquia con la causa política y la familia.

La columna de Tárrega fue otra de las que, procedentes del interior, descendieron sobre la capital, en la que los habitantes viven en el anonimato a diferencia de los pueblos en los que el vecindario se conoce y se observa. En cuanto a la columna de Tarragona, que viene a ser la más urbana de las cinco, no fue ni la más madrugadora ni la más numerosa. Por eso, quizás, Quim Torra se unió a la de Gerona un rato para dar apoyo a los manifestantes antes de pasar por el confesonario a arrepentirse de sus pecados y a rezar por la Barcelona que ardía.

Conxa Rodríguez es autora de Ramón Cabrera, a l’exili, Piano a cuatro manos y Los exilios de Ramon Cabrera.

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