La gestión de la estacionalidad

La hora oficial fija las reglas del juego bajo las cuales las personas deciden racionalmente a qué hora realizar sus actividades. Su regulación no ha cambiado en los países de la UE desde hace 45 años; 70 años si nos referimos a la hora oficial invernal, la estación más complicada de gestionar. Esta estabilidad es un bien en sí mismo, pues hace que las decisiones vitales que toman los ciudadanos sigan siendo racionales año tras año. Repentinamente la Comisión parece decidida a dar por terminado este tedioso periodo y, necesariamente, a abrir uno que nos aboque a solucionar un problema que ya teníamos resuelto. La Comisión pretende eliminar el cambio estacional de la hora, una medida que gestiona eficazmente tres cosas diferentes: un fenómeno natural, las variaciones estacionales; un problema técnico, los relojes desconocen todo lo relativo a estas variaciones; y una tozudez humana: apreciamos tener hábitos horarios regulares.

Hoy desconocemos que el cambio estacional de la hora evita tener que modificar cosas como la jornada laboral o la regulación de cuándo hacer ruido. Hace más de 200 años el artículo 2º del Reglamento de las Cortes de Cádiz decía: “El presidente abrirá las sesiones a las diez desde el 1 de octubre hasta el 30 de abril y a las nueve desde el 1 de mayo hasta el 30 de septiembre”. No cambiaban la hora: cambiaban el horario. El cambio de mayo era una medida racional que seguía el adelanto natural de la hora del amanecer y preveía que convenía adelantar la actividad ante la canícula estival. También sufrían el mismo incordioso y brusco cambio vital, que está relacionado con usar relojes para regular la vida y con preferir horas enteras para esta regulación. Ninguno de estos parámetros ha cambiado desde 1810 hasta hoy.

El óptimo funcionamiento del cambio estacional se puede observar por la ausencia de dos comportamientos. Primero, este tipo de adelantos en los horarios ha desaparecido. Segundo, nadie emplea la estrategia contraria: retrasar una hora la actividad estival para así anular el cambio de la hora oficial. A ningún comerciante se le ocurre en verano abrir el negocio a las 11 y no a las 10. Ninguna familia solicita que el horario de clases sea de 10 a 3 y no de 9 a 2 a partir de abril. Las Cortes modernas tampoco retrasan una hora el inicio de las sesiones en esos meses. Que nada de eso ocurra indica que el cambio estacional de la hora funciona como un reloj. También señala que no hablamos de una ocurrencia irracional, de un cambio de hora a lo loco: sus detractores se quejan, claro, del incordioso momento del cambio, pero no de sus naturales consecuencias a medio plazo.

Un factor que incide modernamente en esta aceptación es el ocio. En el siglo XIX o en los años 60, sin el cambio estacional de la hora, uno puede imaginar a un empresario diciendo “a partir de abril vamos a entrar una hora antes a trabajar”. Hoy, en el siglo XXI, si el cambio estacional desaparece, uno puede imaginar a trabajadores diciendo “a partir de abril quiero entrar una hora antes a trabajar”. Entrar antes, para salir antes para acabar yendo a la playa, a la piscina, al paseo, a ver museos… las posibilidades de ocio diurno hoy son incomparablemente diferentes a las de hace unos años. Es inimaginable que esto no sea relevante ahora.

El ahorro energético fue la golosina con la que los gobiernos justificaron el cambio estacional en la Gran Guerra y en la crisis del petróleo de 1973, los dos momentos históricos a los que se asocia. Conviene sin embargo aclarar dos cosas. Primero que es sólo un factor: las Cortes de Cádiz no adelantaron el inicio de las sesiones en mayo para ahorrar energía. Segundo, la cuestión económica moderna no es sólo la factura energética; es aún más relevante saber en qué medida la supresión del cambio estacional de la hora va a alterar el PIB. En el escenario de que la hora de invierno sea oficial también en verano y que los horarios no cambien es razonable prever algún tipo de afectación negativa, al menos en lo relacionado con el sector ocio/servicio/turismo: habríamos retrasado una hora la actividad estival respecto a hoy.

La Comisión pretende que la regulación estacional sea común en toda Europa. Este es el punto clave ya que las variaciones estacionales cambian con la latitud. En los países más septentrionales son tan extremas que el cambio es sólo una incordiosa anécdota: obligarles a hacerlo es irracional. A nuestra latitud el cambio es una forma eficaz de gestionar la estacionalidad: prohibirlo es también irracional. No extraña que Finlandia y Lituania apoyen la supresión, y Portugal y Grecia su continuidad.

El caso de Chile ilustra el problema de la Comisión. Usaba el cambio estacional desde el año 1969; en el año 2015 alguien tuvo la ocurrencia de suprimirlo y dejar el horario de verano en invierno. Un año duró la experiencia: una cosa es la publicidad y otra la realidad. ¿Todo Chile? No, la región de Magallanes, la más polar del país, solicitó y consiguió permanecer con la hora de verano, suprimiendo el cambio estacional. Sus necesidades son diferentes porque su latitud es diferente.

La gestión estacional de la actividad aúna un problema físico (las variaciones estacionales), fisiológico (la adaptación a esos cambios), social (la coordinación de la actividad) y un problema económico (la administración de los recursos naturales). Es un problema que merece la pena analizarse pero que no hemos descubierto hoy: el cambio estacional es una solución racional y eficaz; 45 años de uso en la Europa continental, cien en Reino Unido y EEUU, es suficiente prueba. La discusión española sobre el “huso que nos corresponde” es falsa y artificial. Se confunde interesadamente, y a estas alturas negligentemente, un aparato (el reloj) con la vida y se cuestionan las decisiones racionales en contra de todas las evidencias científicas.

La Comisión no va a alterar el discurrir del Sol en el firmamento ni el suceder de las estaciones. Sólo puede alterar las reglas del juego horario. Hacerlo sin que medie una situación de crisis es algo inédito, quizá otro signo del tedio de las sociedades modernas, como señaló hace poco Max Boot. En cualquier caso el juego lo juega la gente con sus decisiones posteriores: no es fácil prever cuáles serán; sí que no podrán estar más coordinadas de lo que están hoy.

José María Martín Olalla es profesor de Física de la Universidad de Sevilla.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *