La Globalización y las crisis

La globalización está provocando «desorganización social», cambios de gran envergadura que los historiadores futuros posiblemente compararán con otros similares, como la caída del Imperio Romano, el Renacimiento, la Revolución Industrial y otros. La magnitud del cambio es similar, pero la diferencia se debe a la velocidad con la que se está produciendo. Desde la II Guerra Mundial el cambio social se ha acelerado exponencialmente en el crecimiento de la población mundial, el uso de los recursos naturales, las innovaciones tecnológicas y las formas de organización social y los sistemas de valores. Las formas de organización social han sufrido cambios que en otras épocas llevaron siglos, pero que ahora se producen en una o dos décadas. En otras publicaciones he defendido que la organización económica basada en la economía libre de mercado y la organización política basada en la democracia parlamentaria son contingentes del contexto histórico en que se manifiestan, han tenido formas de organización antecedentes y tendrán otras que las sustituyan.

La globalización es, sobre todo, globalización económica, que implica una mayor interdependencia económica entre todos los pueblos. La interdependencia económica conduce a la interdependencia en cualquier otro aspecto (político, cultural, tecnológico, etc.), sin necesidad de recurrir al argumentario explicativo del materialismo dialéctico. La globalización económica ha hecho interdependientes, si bien de forma asimétrica, al mundo desarrollado y al menos desarrollado, lo que ha provocado el efecto de los vasos comunicantes. El proceso de nivelación se ha llevado a cabo a través de dos procesos, favorables al capitalismo financiero de los países más desarrollados, un capitalismo que, como he argumentado («Poder político y poder financiero», Tercera en ABC, 30-VIII-2010), es el único poder global mundial, pues el poder político está fragmentado en más de doscientos estados «soberanos».

El primer proceso ha sido la deslocalización de empresas desde los países más desarrollados a los menos desarrollados. Su consecuencia ha sido la creación de puestos de trabajo en los países menos desarrollados, y la destrucción de puestos de trabajo en los más desarrollados. El segundo proceso ha sido el incremento de los movimientos migratorios, legales o ilegales, desde los países menos desarrollados a los más desarrollados. Ambos procesos han perjudicado a los trabajadores de los países desarrollados. En España las empresas se han beneficiado de la inmigración ilegal porque, además de pagar salarios por debajo de l os convenios colectivos, se ahorran la cotización a la Seguridad Social.

El argumento que aquí se defiende es que la globalización, al fomentar los dos procesos citados, ha favorecido a las empresas y grupos inversores y financieros de los países más desarrollados, al producir con costes laborales más bajos, beneficiando algo a los trabajadores de los países menos desarrollados a costa de perjudicar gravemente a los trabajadores de los países más desarrollados. Esto ha ido parejo al enriquecimiento desmedido e injustificado de los dirigentes de los grandes grupos financieros multinacionales, incrementando las desigualdades sociales y sobre todo económicas dentro de los países desarrollados y también en los menos desarrollados, pues también en estos la riqueza se acumula en las manos de unos pocos. Como ha dicho Stiglitz, «la globalización ha creado países ricos con ciudadanos pobres».

Al terminar la II Guerra Mundial, la Guerra Fría enfrentó a dos bloques, pero condujo a un cierto equilibrio de poder entre ellos, de un lado el capitalismo (industrial entonces) y de otro la economía planificada. En el lado del capitalismo, al temer el contagio de las masas proletarias revolucionarias, se optó por distribuir mejor la riqueza para evitarlo, lo que significó un crecimiento de las clases medias y cierta reducción de desigualdades sociales y económicas, cuyo efecto más importante fue la estabilidad social. Pero al terminar la Guerra Fría con la caída del Muro de Berlín y de la Unión Soviética, y de la amenaza revolucionaria del comunismo, el capitalismo (ahora ya financiero y prácticamente sin oponente) ha considerado innecesario el apoyo de las clases medias, haciendo recaer sobre ellas los costes del transvase de recursos a los países menos desarrollados, de manera que son estas las que más están sufriendo el final de una situación de relativo equilibrio mundial. La reducción y empobrecimiento de las clases medias es un hecho observable en todo el mundo más desarrollado, como lo es el del creciente poder de una nueva clase alta reducida y cada vez menos accesible.

Pero el «efecto mariposa» no acaba aquí. Así, el incremento de las desigualdades sociales y económicas, con su secuela de más paro, conduce a la protesta social, a los conflictos sociales, desde la «primavera árabe» a las protestas y manifestaciones en muchos países de la Unión Europea, incluida España. La conclusión obvia es que se está poniendo cada vez más en cuestión la representatividad de la democracia parlamentaria, argumentando que la verdadera democracia son las manifestaciones callejeras, que hacen caer gobiernos elegidos con arreglo a criterios que se aceptan como democráticos. Aunque pueda haber cierta razón en estos conflictos, la solución no está en reconocer representatividad a las manifestaciones callejeras, sino en exigir cambios en las instituciones para garantizar mayores niveles de democracia y representatividad, mediante cambios en la legislación electoral y en la organización de la vida política. Deslegitimar las urnas y legitimar las manifestaciones callejeras conducirá necesariamente a legitimar las revoluciones sociales, y eso, no nos engañemos, conducirá a justificar la imposición de regímenes políticos autoritarios, de izquierda o derecha. ¿Será por tanto cierto que la globalización implica un cambio de era, un cambio que conduce a la sustitución de la economía libre de mercado por un capitalismo financiero mundial, globalizado, y la sustitución de la democracia parlamentaria por unos sistemas políticos autoritarios que garanticen «seguridad» a cambio de «libertad», y sometidos a los intereses de una minoría financiera globalizada?

Juan Díez Nicolás, catedrático emérito de Sociología. Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política 2012.

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