¿La gobernanza global demostrará lo que vale?

El COVID-19 plantea la mayor amenaza hasta la fecha para los sistemas de integración internacional instituidos durante el siglo XX. Al igual que con la pandemia de gripe española de 1918, la letalidad y tasa de contagio del coronavirus han exigido un endurecimiento de las fronteras nacionales y otras barreras.

Históricamente, las crisis que han derivado en una integración más profunda han sido de naturaleza militar, debido al reconocimiento de que el intercambio regional conduce a la paz y a la prosperidad. En estas condiciones, la mayoría de los países no tendrán ningún interés en entrar en guerra con un vecino, porque si lo hicieran casi con certeza estarían afectando el bienestar socioeconómico de sus propios ciudadanos.

Cuando el Comité Nobel le otorgó el premio Nobel de la Paz a la Unión Europea en 2012, reconoció al bloque por “más de seis décadas de aporte a la defensa de la paz y de la reconciliación, de la democracia y de los derechos humanos en Europa”. En este período, el proyecto europeo garantizó la paz al acelerar la integración económica, empezando por la producción conjunta de carbón y acero.

De la misma manera, la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (CEDEAO) surgió de las cenizas de una crisis importante: la guerra de Biafra (1967-1970). Costa de Marfil, en calidad de representante de los intereses franceses en la región, tenía un interés estratégico en debilitar a Nigeria, de manera que reconoció el reclamo secesionista de independencia de Biafra. Estas decisiones, y el derramamiento de sangre que vino después, amenazaron con dejar cicatrices duraderas. Pero a través de CEDEAO, África Occidental encontró un mecanismo para fomentar objetivos regionales compartidos. Al reunir a los países francófonos, anglófonos y lusófonos, el bloque atravesó el “Muro de Berlín” de las fronteras coloniales creadas en 1885. Hasta el día de hoy, CEDEAO es ampliamente reconocida como una de las organizaciones subregionales más exitosas de África.

Sin embargo, a pesar del éxito de todas estas instituciones, los brotes de enfermedades infecciosas plantean un desafío único. En la epidemia de ébola en África Occidental en 2014, hizo falta una coalición de 50 países para contener el brote y resolver la crisis. Una diplomacia sensata permitió que se reunieran los recursos financieros, sanitarios y logísticos necesarios para combatir el ébola en Guinea, Liberia y Sierra Leona. Se perdieron como mínimo 11.315 vidas, pero el resto del mundo se salvó de una pandemia mortal.

No hemos tenido tanta suerte con el COVID-19. La pandemia está deshaciendo rápidamente las estructuras de gobernanza, alterando los modelos comerciales y preparando el escenario para una crisis de deuda global. Al igual que la pandemia, las crisis financieras globales representan otra amenaza seria para la integración. En 2012, cuando el Comité Nobel le otorgó el premio a la UE, muchos en Grecia sin duda sacudieron la cabeza ante esa decisión, porque estaban librando su propia “guerra” al interior de la UE.

La crisis del euro puso de manifiesto los límites de la solidaridad económica entre los estados miembro de la UE. En nombre de la contención del contagio financiero, el médico (específicamente, la troika conformada por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional) había ordenado un plan de austeridad robusto en lugar de un alivio de deuda para Grecia. La crisis demostró que los imperativos políticos de un mecanismo de integración en definitiva reflejan la economía política sobre la cual fue construido.

Especialmente después de la adopción del euro, se suponía que el proyecto europeo tendría una moneda única a nivel del continente. La importancia simbólica de la introducción del euro en 1999 es clara si uno recuerda un período anterior de integración europea, cuando la Comunidad Económica Europea (la precursora de la UE) admitió a Grecia en 1981, y luego a España y Portugal en 1986. En ese momento, estos tres países estaban entre las economías más “retrasadas” y las democracias más jóvenes de Europa. Pero hubo un amplio consenso de que la paz y la prosperidad colectiva resultarían favorecidas si se integraba a estos países.

Ahora que estamos en medio de una pandemia, en cambio, un retorno a la austeridad inevitablemente expondrá los límites de cualquier mecanismo de integración que esté estructurado en torno de la estabilidad monetaria. El COVID-19 ha devuelto a la agenda global el debate sobre la deuda y la austeridad. La deuda es un instrumento de transformación social y económica, necesario para hacer grandes inversiones que de otra manera serían imposibles, con tasas de interés que sirvan como una medida de percepción de riesgo –la expectativa de que la actividad económica permitirá pagos programados realizados en tiempo y forma.

Pero ahora que la actividad económica se ha detenido abruptamente, estos acuerdos se deben revisar. En el caso de África, el crecimiento anual del PIB antes de la parada repentina promediaba alrededor del 4%, mientras que las nuevas emisiones de deuda gubernamental representaban apenas el 1% del PIB anual. Así, la respuesta internacional no puede limitarse simplemente a un alivio de deuda. La cuestión real es la tasa de interés. Los gobiernos africanos están pagando un interés de 5-16% sobre los bonos gubernamentales a 10 años mientras que los gobiernos de la mayoría de las economías avanzadas están pagando una tasa cero o negativa. Si la solidaridad global significa algo, debe resolverse este desequilibrio.

El brote de ébola de 2014-16 demostró la efectividad de los mecanismos de gobernanza global a la hora de colocar la experiencia científica, los recursos críticos y los trabajadores sanitarios al frente de la crisis. En aquel momento, Guinea, Liberia y Sierra Leona representaban apenas el 0,68% del PIB de África. Qué curioso, entonces, que en un momento en que está en juego el PIB global -88,1 billones de dólares el año pasado-, el mundo se repliegue en el nacionalismo.

La crisis griega fue el presagio de un debate de deuda que recién acaba de empezar, de la misma manera que el ébola ofreció una advertencia temprana de la amenaza pandémica. Al unir las dos cuestiones, el COVID-19 pondrá a prueba los mecanismos de integración política y económica como nunca antes. Reforzar las fronteras nacionales no ayudará: la pandemia y la inminente crisis de deuda son fenómenos casi universales, nacidos de la globalización.

La emergencia sanitaria inmediata representa una oportunidad histórica para que los mecanismos de gobernanza global demuestren su efectividad y recuperen la confianza pública. Debemos mirar más allá de las estrechas limitaciones ideológicas que definieron los debates sobre políticas en la era post-2008. La crisis del COVID-19 exige que repensemos presunciones fundamentales, que empecemos a fortalecer nuestras instituciones en consecuencia y que nos preparemos para la próxima crisis.

Carl Manlan, a 2016 New Voices Fellow at the Aspen Institute, is Chief Operating Officer at the Ecobank Foundation. Henri-Michel Yéré, a historian, is a lecturer and researcher in Sociology and African Studies at the University of Basel, Switzerland.

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