La gran apuesta

Coincidiendo con la entrega del Oscar al mejor guión adaptado a la película ‘La gran apuesta’, dos hechos me han colocado recientemente ante una evidencia. El primero, un contacto con los responsables de la asociación de perjudicados de Afinsa, ASAFFO. El segundo, el martilleo matutino diario en la radio de un cronista político de largo recorrido que alaba las excelencias de Bankia por devolver a los minoristas el montante completo de la inversión fallida. La evidencia es la alta volatilidad de las inversiones de las clases medias.

Afinsa era una empresa de inversión colectiva basada en la filatelia. Fue intervenida en el 2006 como consecuencia de un agujero financiero de 2.000 millones de euros. Desde entonces, algo más de 400.000 perjudicados esperan que la justicia les ayude a recuperar algo del dinero depositado. La crisis que se abrió en canal pocos meses después dejó a gran parte de los 4.000 trabajadores en busca de un empleo imposible; alguno pudo acogerse al concurso de acreedores de persona física, a la espera de mejores tiempos para levantar cabeza.

Los jueces se han tomado su tiempo para dilucidar si se trataba de pura captación de ahorro o de contraprestación de contrato bilateral de compra y venta de sellos. Si fuera lo segundo, la responsabilidad patrimonial recaería en el Estado por falta de control. Algunas sentencias justifican esa responsabilidad, pero el Tribunal Supremo tachó la relación de mercantil en diciembre del 2010, lo que le exime de todo compromiso. Aunque el mandato del juez en su momento fue salvaguardar los derechos de terceros y la viabilidad de la empresa, ni los terceros han cobrado un duro ni se pone en valor la filatelia existente para recuperar algo.

Los dos grandes partidos han utilizado el tema como arma arrojadiza, según estuvieran en el poder o en la oposición. El Tribunal Europeo de Estrasburgo recibió el caso el año pasado. Esta es la última esperanza para muchos que perdieron su norte y sus ahorros.

Bankia es un caso diferente. En el 2011 era una caja de ahorros fruto de la fusión de varias auspiciada por el partido en el poder. Su salvación requirió un rescate de más de 20.000 millones de euros. Al revelarse la estrecha relación entre el despilfarro y la corrupción de muchos directivos, pertenecientes al ‘establishment’ político, y el fracaso de la entidad,

Bankia ha aparecido con mucha mayor virulencia que Afinsa ante la opinión pública. Varios elementos se han unido para que, en las últimas semanas, la entidad financiera haya decidido reintegrar la inversión efectuada por los accionistas minoritarios: desde el primer momento, el medio millón de afectados ha mantenido viva la protesta en la calle; numerosos despachos de abogados se han ofrecido a riesgo para defenderles, con éxito palmario en los tribunales; y personalidades relevantes han sido procesadas y, de entrada, están cumpliendo ‘pena del telediario’. La cercanía de las elecciones generales propició la oportunidad de la devolución.

Extraigo dos frases del libro de Michael Lewis que ha dado pie al Oscar: «Lo haré, pero solo después de que me explique cómo va a joderme. El vendedor le aclaró cómo iba a joderle. Y Danny hizo la transacción». «¿Cuáles son las probabilidades de que la gente tome decisiones inteligentes sobre el dinero si resulta que no necesitan tomarlas puesto que puede enriquecerse tomando decisiones tontas?». El intríngulis de ‘La gran apuesta’ consiste en poner en circulación productos financieros -‘subprimes’, bonos basura, pisos, coches, hipotecas, acciones…-. Convenientemente empaquetados, se busca a los ahorradores con menor cultura financiera mientras se enriquece el circuito de los listos.

Es verdad que existe una frontera: el que vende, ofrece; y el que compra, asiente. A nadie se le puso una pistola en el pecho para adquirir sellos de Afinsa o acciones de Bankia. Lo que ocurre es que el argumentario de venta, en ambos casos -y en la mayoría, desde las ‘matildes’ a la crisis de la ‘subprimes’-, está trufado de medias verdades y muchas mentiras que todos quieren creerse. La minimización del riesgo por parte del vendedor y la avidez de rentabilidad del comprador son dos caras de la misma moneda.

Por ello, la fórmula consiste en baja información y alta publicitación. En Bankia, la entidad ha cedido para evitar males mayores a la imagen de la institución; en Afinsa, diez años después se está a la espera de que el Estado sufrague las pérdidas.

Se confirma de este modo la evidencia inicial. La inversión realizada por las clases medias que han podido ahorrar algún dinero adquiere un alto grado de volatilidad. Y al final, si sale mal, lo que ocurre con excesiva frecuencia, el Estado -es decir, todos, otra vez- se convierte en el último recurso para socializar las pérdidas.

Josep Francesc Valls, Catedrático de ESADE Business and Law School.

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