La gran marcha junto a China

La reciente visita de cuatro días a China del vicepresidente de EE.UU. John Biden finalizó de manera auspiciosa. Él aseguró a los líderes chinos que Estados Unidos se compromete a honrar todas sus deudas, a pesar de la reciente reducción de su calificación crediticia; habló de manera entusiasta acerca de la interdependencia entre EEUU y China, y presentó a su nieta, quien ha estudiado chino durante varios años, como un futuro puente entre los dos países.

Sin embargo, detrás de las sonrisas y los brindis en los banquetes, serios problemas y lagunas de percepción continúan dividiendo a las dos grandes potencias del mundo.

Para empezar, siempre está presente un problema de actitud. Para aquellos que ven el ascenso de China desde una perspectiva negativa, este país es sencillamente cada vez más arrogante. Endurece su posición en sus disputas territoriales con Japón en el Mar Oriental de China, se muestra más firme con sus vecinos en el Mar Meridional de China, hizo gala de tener su propio avión caza durante la visita a China del ministro de defensa de EE.UU.; y, está enviando su primer portaaviones a mar abierto para que realice ejercicios de pruebas, lo que indica la posibilidad de que este país establezca bases navales en el Océano Índico. Incluso una contienda deportiva entre el equipo chino de baloncesto y el equipo visitante de EE.UU. se percibe como evidencia de la conducta agresiva de China.

Muchos chinos, por otra parte, tienden a pensar que EE.UU. sufre de un caso grave de síndrome de superpotencia engreída. Desde la perspectiva de estos chinos, EE.UU. tiene un gobierno bastante disfuncional, pero que a pesar de ello insiste en que su sistema político y económico es el mejor del mundo y debería ser emulado por todos. Es un país muy endeudado, pero que no puede dejar de gastar y pedir prestado. Ya no es un país competitivo en la industria manufacturera; sin embargo, echa la culpa a otros de su enorme déficit comercial. Y, dentro de China se percibe a la única superpotencia militar del mundo como un país que reacciona de forma demasiado rápida y no meditada cuando se trata de intervenir en los asuntos internos de otros países.

Además, existe el tema de la confianza. Los críticos de China argumentan que no son creíbles las afirmaciones que hace China sobre que su ascenso sea de carácter pacífico, ya que es un país no democrático con un sistema unipartidista. Junto a todo esto, se encuentra la visión de suma cero del mundo, según la cual cualquier acrecentamiento chino de su participación en la economía global, o cualquier aumento de su presencia en distintas partes del mundo, puede lograrse únicamente a expensas de EE.UU. o de otras potencias. Cualquier movimiento militar de China se interpreta como un acto agresivo y expansionista que debe contenerse. Cualquier intento de vinculación por parte de los políticos occidentales, tal como el reciente viaje de Biden, es objeto de dudas y críticas por ser visto como un intento de congraciarse con dictadores.

Del mismo modo, para aquellos chinos que sospechan de las intenciones de EE.UU., la conspiración siempre está en tapete de juego. Ellos ven una superpotencia en declive que usa sus recursos económicos, militares y diplomáticos para esforzarse de manera incesante a fin de impedir el ascenso de China. El discurso sobre derechos humanos y democracia no es nada más que una cortina de humo para satanizar a China. En su opinión, las ventas de armas a Taiwán, el activismo tibetano, y las “revoluciones de colores” de distintos tipos se realizan con el patrocinio de EE.UU. y de otras potencias occidentales, y tienen como objetivo debilitar a China.

A pesar de décadas de interacción estrecha, y no obstante que millones de americanos, europeos y japoneses visitan China cada año y, en la actualidad, un número similar de chinos visitan Estados Unidos y otros países avanzados, ambas partes se miran uno al otro a través de un vidrio tratando de dilucidar misterios. La creciente interdependencia no condujo a mejores entendimientos, aún incluso sobre algunos de los asuntos más básicos.

La viceministra china de relaciones exteriores, Fu Ying, manifestó la preocupación de su país acerca de la situación actual en una entrevista reciente. “Lo más importante es la interrogante sobre si China y EE.UU. son enemigos. ¿Vamos a estar en guerra? ¿Nos estamos preparando para entrar en guerra el uno contra el otro?” Biden, a tiempo de reafirmar que EE.UU. no considera a China como un enemigo, implícitamente indicó que las preocupaciones de Fu no son imaginarias, ya que expresó que el peor escenario sería un malentendido que condujera a un conflicto no deseado.

Por lo tanto, el asunto clave para China, sus vecinos, EE.UU., y el resto del mundo no es el número de portaaviones, misiles, submarinos y aviones caza de última generación que China podría producir y desplegar en los próximos años y décadas. Más bien, es la forma en la que China tiene la intención de usar su recientemente adquirida fuerza económica y militar para alcanzar sus objetivos de política interior y exterior, y la forma en la cual las principales potencias del mundo pueden garantizar que no terminarán dañándose unas a otras por accidente o por un malentendido.

Para superar estos desafíos de manera exitosa, no existe alternativa viable que no sea una vinculación positiva, continua y franca entre China y el resto del mundo. La economía china seguirá creciendo, el ejército chino continuará su modernización, y el pueblo chino se mantendrá unido por sus aspiraciones de gran potencia. Una confrontación al estilo de la Guerra Fría y una política de contención por parte Occidente serán muy resistidas por los chinos, cuya influencia mundial, especialmente en el ámbito de las finanzas, no puede ser ignorada.

Sólo una estrategia de vinculación paciente, creativa y coherente mitigará los temores de ambas partes. La ascensión de China es un hecho, que dicha ascensión tenga un carácter pacífico que sea perdurable debe ser una prioridad para China, sus vecinos, el Occidente, y, sobre todo, para EE.UU.

Por Wenran Jiang. Enseña Ciencias Políticas en la Universidad de Alberta y es miembro superior de la Fundación Asia Pacífico de Canadá. Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

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