La gran mentira de Amaiur

En este año, pródigo en conmemoraciones nacionales, hay una que afecta específicamente a Navarra. Se trata del V centenario de su conquista de Navarra. Para unos se trató del reencuentro definitivo del viejo reino con la comunidad española. Otros, en cambio, lloran la pérdida de nuestra independencia nacional a manos de Castilla y reniegan de una nacionalidad —la española— impuesta a nuestro pueblo a sangre y fuego.

Es lo cierto que en 1512 Fernando el Católico ordenó al duque de Alba que ocupara el reino navarro. Se trataba de asegurar el éxito de la coalición anglo-castellana que, con la bendición papal (Liga Santa), se disponía a invadir la Guyena —la actual Aquitania—, que después de trescientos años de legítima posesión por la Corona inglesa había pasado a manos de los franceses. El duque cumplió la orden con eficacia. Juan de Albret y Catalina de Foix, sin presentar batalla, huyeron al Bearne, de donde eran señores soberanos.

La legalidad internacional de la época amparaba la acción militar. Estaba en juego la plenitudo potestatis del Papa, puesta en entredicho por Francia y unos cuantos cardenales rebeldes reunidos en Pisa con la intención de destituir a Julio II. Fernando el Católico pidió a los reyes navarros que permanecieran neutrales, mientras Luis XII les recordaba su corazón francés. Juan y Catalina se hallaban en una difícil disyuntiva. Si apostaban por Francia arriesgaban Navarra. Pero unirse a la Liga Santa suponía perder sus grandes dominios ultrapirenaicos. Intentaron jugar a los dos palos, mas la neutralidad es patrimonio de los fuertes. Al final, se fueron con el francés y perdieron Navarra.

Pero la historia no se detuvo en 1512. Las cortes navarras reconocieron en 1513 como rey a Fernando el Católico, previo juramento de los fueros. En 1515, el monarca decidió que a su muerte heredarían Navarra su hija Juana (la Loca) y quienes fueran sus sucesores en los reinos de Castilla y León. Y en 1516, el futuro emperador Carlos asumió el solemne compromiso de mantener a Navarra como «reino de por sí». De modo que la incorporación de Navarra fue por vía de unión eqüae principal (entre iguales), reteniendo cada su naturaleza propia en territorio, legislación y gobierno. Cuando ese mismo año, a la muerte del rey Fernando, el emperador Carlos se ciñó las coronas de Castilla, de Aragón y de Navarra se culminó el proceso de formación de la Monarquía española.

En todo esto, Euskal Herria ni está ni se le espera. Pero los abertzales son maestros a la hora de corromper la historia. El estado de Navarra —dicen— fue la Euskal Herria medieval. Por tanto, luchar por la independencia de Navarra es combatir por la liberación de Euskal Herria.

Para dar visibilidad a este nuevo planteamiento, los abertzales dieron a su coalición el nombre de Amaiur, que es la traducción al batua de Maya, pequeña población situada a tiro piedra de la frontera con Francia, llamada así desde el siglo XIV (antes se conocía por Meyer). En el castillo de Maya se encerraron en 1521 unos doscientos caballeros navarros, defensores de los reyes destronados. Nadie les molestó hasta mediados de 1522, en que después de dos días de asedio se rindieron el 19 de julio a una expedición de tropas castellanas y navarras leales al emperador. No hubo ninguna sarracina, pues en 1524 la mayoría de los asediados se acogieron al perdón general decretado por el emperador Carlos.

Pues bien, Maya fue el lugar elegido para la presentación de Amaiur. Junto al monolito que recuerda a sus nada heroicos defensores, los candidatos abertzales del 20-N sellaron su compromiso por la independencia de Navarra. Los defensores de Maya se habrían revuelto en sus tumbas al escuchar la soflama abertzale. Porque entre quienes asaltaron la fortaleza no sólo estaban los navarros de Luis de Beaumont, sino un buen número de soldados guipuzcoanos que un año antes habían contribuido decisivamente a la derrota del ejército de Francisco I en Noáin. Eran los mismos que, en 1512, habían aniquilado en Velate, al grito de ¡Santiago y cierra, España!, y bajo las banderas de Castilla, a una columna de 3.000 mercenarios franceses a los que arrebataron doce espléndidos cañones que insertaron, con anuencia de la reina Doña Juana, en el escudo de armas de la Provincia. Sin olvidar que Íñigo de Loyola cayó herido en 1521 en el castillo de Pamplona, cuando peleaba contra los franceses por la permanencia de Navarra en España, y que en 1512 en el ejército del duque de Alba formaban 3.000 alaveses, 2.500 a 3.000 guipuzcoanos y 2.000 vizcaínos.

De modo que si fuera cierto que Navarra perdió su independencia hace quinientos años, los responsables de ese hecho por el que los abertzales derraman lágrimas de cocodrilo, fueron los vascongados. He aquí la gran mentira de Amaiur.

Por Jaime Ignacio del Burgo, ex presidente del Gobierno de Navarra, diputado y senador constituyente.

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