La gran mentira de Sánchez

Vivimos tiempos difíciles. Cuando empezamos a dejar atrás una de las mayores crisis económicas y sociales de nuestra historia, nos vemos obligados a iniciar una nueva etapa política marcada por las incertidumbres. Y lo hacemos de la mano de un Gobierno nacional sin programa, sin apoyos parlamentarios consolidados y que parece querer mantenerse con el balón de oxígeno de las sucesivas concesiones a quienes le han aupado al poder.

Porque Pedro Sánchez llegó a ser presidente del Gobierno de España sobre la base de un compromiso que ha incumplido abiertamente: convocar elecciones de manera inmediata, para que los ciudadanos se pronunciaran en las urnas. Este fue el mantra con el que trenzó los apoyos necesarios para desplazar del Gobierno a Mariano Rajoy y al Partido Popular.

En poco tiempo hemos podido comprobar que ese compromiso presuntamente legitimador era una gran mentira y que la voluntad de Pedro Sánchez es agotar la legislatura, como si su mandato hubiera salido de las urnas. Sánchez, en una auténtica pirueta política, quiere mantenerse durante dos largos años tomando lo bueno de la permanencia y lo bueno de la provisionalidad. Por una parte, se abraza al «me quedo para que haya estabilidad» y, por otra, se aferra al «no puedo hacer lo que debiera, porque no tengo tiempo».

Esta actitud, que constituye un auténtico insulto a la inteligencia de los españoles y un desprecio manifiesto al Parlamento que le otorgó su confianza sobre la base de una candidatura finalista, está impidiendo que se aborden en tiempo y forma asuntos inaplazables para España y la propia Comunidad de Madrid que tengo el honor de presidir, como es, entre otras cosas, la financiación autonómica.

No hay tiempo, según afirma el presidente, para tan trascendental cuestión, pese a que afecta, como otros muchos asuntos que están paralizados, a la calidad de vida de los españoles y a la competitividad de España. Pero sí lo hay para saldar sus deudas con quienes le apoyaron.

Para hacer que RTVE caiga en manos de Podemos, y se ponga en peligro la libertad de expresión.

Para mostrar complacencia con las fuerzas independentistas, y se avance en la rendición del Estado frente al separatismo.

Para limitarse a poner parches en política laboral o de inmigración, generando más problemas de los que se pretenden solucionar.

Para atacar frontalmente la escuela concertada, poniendo en riesgo la libertad de las familias a la hora de elegir el tipo de educación que quieren para sus hijos.

Para anunciar subidas indiscriminadas de impuestos, que suponen una zancadilla a la actividad económica, el crecimiento y el empleo, que han venido propiciando las políticas de baja fiscalidad promovidas por Gobiernos como el de la Comunidad de Madrid.

Y hay tiempo también, parece que mucho tiempo, para llevar el marketing y el culto al líder hasta extremos que producen sonrojo. Y es que en el Gobierno de Pedro Sánchez parece contar más la apariencia que la esencia; los gestos estériles de cara a la galería, que las políticas solventes; los compromisos secretos con quienes le auparon y le mantienen en el poder, que la transparencia de un programa que resuelva los verdaderos problemas de los españoles.

Su prioridad es desenterrar el pasado, pero se olvida del presente y del futuro.

Pero España no puede permanecer en el limbo político en el que la ha situado Pedro Sánchez. España no puede situarse en la inacción ante los retos de todo tipo a los que tiene que hacer frente. España necesita estabilidad, sobre la base de mayorías sólidas capaces de trazar una hoja de ruta hacia el futuro, basada en la transparencia. Los españoles tienen el derecho a configurar un Gobierno a través de las urnas, que sea la imagen fiel, a día de hoy, de su voluntad soberana.

Pedro Sánchez tiene el deber de convocar sin demora elecciones generales, como se comprometió dentro y fuera del Parlamento. Y todas las fuerzas políticas tenemos la obligación moral de exigirlo. Así lo requieren la dignidad de las instituciones y las más elementales normas de la democracia. Porque no todo vale en política. Y mucho menos querer perpetuarse en el poder faltando a la palabra dada.

Ángel Garrido, presidente de la Comunidad de Madrid.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *