La gran mentira del euskera… en la II Guerra Mundial

Todo lo que va a leer usted a continuación es mentira. Una mentira repetida durante 65 años por historiadores, políticos y medios de comunicación. Ni los personajes son ciertos ni tampoco sus hazañas, a pesar de que figuren en libros, reportajes y hasta exposiciones internacionales. La hermosa invención, descubierta tras 16 años de trabajo por dos investigadores vascos, Pedro J. Oiarzabal y Guillermo Tabernilla, empieza en noviembre de 1952, cuando un americano uniformado llega a San Sebastián y cuenta una historia fascinante….

El militar, que se hace llamar Frank D. Carranza, es teniente coronel del Ejército norteamericano, aunque nació en México y, lo más importante, de padres vizcaínos. Aquel otoño de 1952, Carranza se ha detenido en la capital guipuzcoana camino a Wiesbaden, Alemania, para ponerse al frente del 10º Regimiento de Transmisiones. Allí desvela el valioso y desconocido papel que un grupo de militares de origen vasco como él desempeñaron en la Segunda Guerra Mundial: gracias a ellos, la orden secreta por radio que dio el pistoletazo de salida para el desembarco en la larga batalla de Guadalcanal no se dio en inglés, ni en navajo, ni en morse. ¡Se dio en euskera!

Retrocedamos a mayo de 1942, al cuartel general de la flota norteamericana en San Francisco (California). La guerra contra Hitler llevaba tres años librándose y los mandos del área de transmisiones secretas estaban preocupados porque los japoneses interceptaban sus órdenes cifradas y lograban traducirlas.

Para entonces Frank D. Carranza, el mexicano de origen vasco, que no era todavía teniente coronel sino capitán, ya había convencido al general al mando, Leberfeld, para hacer pruebas de transmisiones con dos lenguas indias, el oswego y el iroqués; lenguas que los japoneses probablemente no acertarían a descifrar. Pero aquel mayo de 1942 algo cambió: llegaron al cuartel 60 muchachos de 19 años procedentes de Idaho, Nevada, California, Oregón y Montana, hijos de vascos emigrados -en muchos casos, pastores- que conservaban la lengua heredada de sus padres.

“Casi todos hablaban un mal castellano, un regular inglés y un buen vascuence”, según detalló la fuente que desveló su existencia, el boletín oficial mensual del Gobierno vasco en el exilio, Euzko Deya, en su edición mexicana. La Revista de la Marina Española reprodujo en buena medida el artículo, aunque con alguna precisión: estos 60 vascos no tenían un conocimiento malo del español sino más bien “mediano”. Un matiz sin importancia; en todo caso, “en el cuartel” la de Sabino Arana “era su lengua de expresión normal”. Así que viéndolos y, sobre todo, escuchándolos, al capitán Carranza le asaltó una idea fabulosa. El “vascuence” podría ser la solución para los mensajes en clave.

Su consejo fue atendido y rápidamente se formó un equipo de “oficiales y soldados” vascoparlantes para emplearlos en las comunicaciones. Primero se hicieron muchos ensayos. Los americanos sospechaban que los japoneses que antes habían vivido en Perú podían entenderlo, así que los 60 jóvenes lanzaron unas cuantas órdenes en su idioma para comprobar que nadie las comprendía. Tuvieron éxito. De este modo la lengua de las montañas se convirtió en un arma secreta.

Lo ha recreado al detalle el historiador y catedrático Daniel Arasa en su libro Los españoles en la Guerra del Pacífico (Laia Libros, 2001). Al principio la lengua vasca se utilizó para los convoyes de carga que navegaban por el océano evitando a los aviones y submarinos japoneses que dominaban el mar tras Pearl Harbour. Todo estaba planificado para despistar al enemigo: los lunes y viernes, los militares utilizaban el euskera; los martes y domingos, el oswego; los miércoles, el iroqués… “Con el empleo de tal baremo de claves, no hubo manera para el enemigo de conocer el movimiento de buques”, contaba Euzko Deya. Entonces Frank D. Carranza y su equipo vasco, incluidos el capitán Nemesio Aguirre y los tenientes Fernández Bacaicoa y Juanana, dieron un paso más: participarían en la batalla del Guadalcanal, con la que EEUU comenzó a revertir los triunfos de Japón en el Pacífico.

El primer mensaje en euskera que se escuchó por radio en aquella campaña decía así, el 1 de agosto de 1942: “Egon, arretaz, X egunari“, es decir, “atención al día X”, en referencia al 7 de agosto de ese año. Los vascos transmitieron folios y folios de instrucciones del Estado Mayor a los combatientes.

“Gabaumba gudari-talde asko 100.000”; es decir, “las tropas japonesas que guarnecen Guadalcanal ascienden a 100.000 hombres”.

“Lurrepaira idarrepaira indartsuak”; poseen fuertes trincheras y fortificaciones.

“Aurreta zugaitzari”; atención a los árboles, enemigos en sus copas.

“Hondartzak aurreratu”; imprescindible remontar las playas.

A las dos y media de la mañana del 7 de agosto de 1942 comunicaron la orden más importante: “Sagarra eragintza zazpi”: “La operación Manzana empezará a las siete”. A las siete, la operación Manzana, el desembarco de los marines en las islas Guadalcanal y Tulagi con el propio Frank D. Carranza sobre el terreno, arrancó. Y con él, la historia de los “basque code talkers” (los codificadores vascos).

¿Y qué fue de nuestro protagonista?

Nunca apareció una fotografía de Frank D. Carranza. Pero su vida posterior y su muerte sí fueron relatadas. Lo hizo el 25 de abril de 1979 el periódico Deia, brindándole un final de película: Carranza “sobrevivió a los japoneses en el Pacífico, salió de Guadalcanal sin ningún rasguño, hizo todo el final de la Guerra en Europa combatiendo con éxito a los alemanes, y ahora -el domingo pasado- acaba de morir atropellado por un coche a la salida de su casa en la Quinta Avenida neoyorquina”. Pero dejó una huella legendaria: la contribución que un pueblo milenario y su lengua hicieron a la Historia.

Y la verdad: el euskera como idioma secreto no existió

Así lo sostienen los autores de Basque code talkersen la Segunda Guerra Mundial. El enigma del mito y la historia, investigación publicada en la revista Saibigain de la Asociación Sancho de Beurko. “Ninguna fuente primaria puede permitir sostener toda esta historia”, explica Pedro J. Oiarzabal, quien junto a su colega Guillermo Tabernilla estudió “miles de documentos” de los servicios de inteligencia y los archivos nacionales de EEUU, Reino Unido y el País Vasco. Hablaron con expertos del Centro para la Historia de la Criptología de la Agencia de Seguridad Nacional de EEUU, del Ejército… y ninguno tuvo “nunca” noticia de que en Guadalcanal se empleara el euskera. Entre los alistados en 1942, ninguno de procedencia vasca trabajó en el terreno de las comunicaciones.

Tampoco Frank D. Carranza fue un nombre real. “No hay evidencia de la existencia de ninguna persona llamada Frank (otras fuentes mencionan Ernesto) Carranza, trabajando para cualquiera de las ramas militares estadounidenses durante la guerra. Lo mismo sucede con los tenientes Nemesio Aguirre, Juanana y Fernández Bacaicoa”, citados también en las dos publicaciones que en 1952 presentaron esta historia mil veces replicada y “nunca comprobada”. No hay “registro alguno” de ellos en los expedientes militares; ni siquiera un papel que atestigüe el extraño adiós de Carranza. El periodista que en 1979 relató su supuesto atropello está vivo, pero no ha querido contestarles. ¿Y la operación Sagarra? “Ninguna fuente militar la corrobora”.

Entonces, ¿quién construyó esta leyenda y por qué? “El personaje de Carranza, a nuestro entender, sólo tiene sentido como un agente de la agencia de inteligencia para el extranjero de EEUU, la Oficina de Servicios Estratégicos [precursora de la CIA], porque su historia es demasiado perfecta”, dice Oiarzabal. Creen que Carranza “utilizó la historia sobre el euskera como una tapadera que le facilitó su aproximación a la resistencia vasca”, que giraba en torno al PNV. Es curioso: el enigmático militar nació en la publicación oficial del Gobierno vasco en el exilio y murió en el diario del partido… Quizá EEUU ganó un buen informador en la frontera con Francia y el nacionalismo, a su vez, un mito útil para su causa. Oiarzabal y Tabernilla no lo pretendían, pero han destruido un mito.

Leyre Iglesias

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