La gran traición

El próximo siete de mayo -parece ser que dicen los que hacen encuestas, o quienes las encargan o quienes las manipulan- que podría ser que Marine Le Pen ganara las elecciones presidenciales en Francia. Que se convertiría así en la elegida para gobernar el país universalmente reconocido como la cuna de los derechos del hombre, de las libertades y de la democracia. Sería, sin duda, una paradoja que 200 años después, los franceses eligieran para liderar su veterana nación, un proyecto político guiado por la renuncia al carácter global y universal de sus valores y a las propuestas de convivencia ciudadana que tantos beneficios han generado en tantos lugares del mundo durante los dos últimos siglos.

Pero esta elección, sin duda llamativa, no sería una gota aislada en un mar en calma. Todo lo contrario. Casi que sería una armoniosa disonancia más en un recital cacofónico ofrecido al entero mundo por los más veteranos actores de este teatro universal. Tras la crisis económica del 2008, el mundo ha dado por clausurada la Edad Contemporánea, que se inauguró, precisamente, con la Revolución Francesa. Y ahora, en fase de abrir una nueva Edad de nuestra humana historia, nos toca vivir en un estado de permanente sobresalto. La victoria antieuropea y xenófoba en Francia no sería una sorpresa solitaria, sino que estaría bien acompañada por otros hechos dignos de pasar al calendario de efemérides tan destacables como necesitados de análisis, que ambas cosas se requieren a la par. En efecto, si los franceses optaran por ser liderados de este modo y manera, nos encontraríamos con que la cúpula de las Naciones Unidas, los cinco asientos de los países con representación permanente y derecho a veto en el máximo órgano de la gobernanza mundial, estarían ocupados por el siguiente dream team: Putin, Trump, May, Le Pen y Xi Jinping.

Con tan insólito plantel de pilotos agarrados a los mandos más críticos y decisivos de la nave mundial, el mundo vive, sin duda, en una esquizofrénica situación. Resulta que precisamente los países que han venido liderando la transformación del mundo durante los últimos 200 años, los mismos que se movilizaron para hacernos a todos los demás salir de las economías pura y estrictamente nacionales y conducirnos, por voluntad propia o a la fuerza, a aterrizar en un mundo abierto, interconectado y fluido, al que llamaron globalización, ahora van y nos traicionan. Los que construyeron un mundo caracterizado sobre todo por una movilidad intraplanetaria de capitales, industrias, servicios y trabajadores, una tierra plana donde es permanente una movilización a golpe de un sencillo click de ideas, marcas, imágenes, personajes y personajillos, ahora, esos mismos países, que están muertos de miedo de su propio invento, han revertido sus liderazgos. Contemplamos como, una vez que la globalización ha triunfado y se ha impuesto en cada rincón del planeta, en cada sala del consejo de administración de todas las grandes, medianas y pequeñas empresas de los países ricos, menos ricos o subdesarrollados, en el momento cuando el cuarto de estar de cada familia disfruta, observa o es víctima de su manida globalización, nos encontramos, casi de sopetón, con que ahora los que la trajeron van y la quieren parar o incluso revertir su propio invento.

La globalización ha tenido, sin lugar a dudas, un soporte tecnológico que ha hecho posible acercar físicamente los lugares más lejanos del planeta y que permite que incluso quienes en lugares de miseria, cuyos habitantes no tienen ni agua corriente ni luz eléctrica, puedan estar conectados por SMS, WhatsApp, Facebook, Twitter o Instagram. Y ha servido bien al propósito de reducir las desigualdades en el mundo. Baste decir que en 1980 el 44% de la población mundial, 2.000 millones de personas, vivía en situación de extrema pobreza, y que en 2015 esa cifra era inferior al 10%, poco más de 700 millones. Es decir, el número de personas en situación de extrema pobreza se redujo en dos tercios en un periodo en el que el número de habitantes en nuestro planeta se dobló. No es casualidad que en ese mismo periodo el volumen del comercio mundial respecto a la producción se doblara y que, a la vez, el peso de los países emergentes en la producción global se multiplicara por dos.

Pero antes de ella y como raíles por los que ha circulado la locomotora tecnológica, se encuentran la democracia y el liberalismo económico. Es una realidad innegable que la democracia ha traído el liberalismo económico, los principios de mérito y capacidad, de riesgo y responsabilidad y en consecuencia de disfrutar del beneficio, si se produce, o apechugar con la perdida, si es la triste consecuencia del riesgo asumido. Como ya anticipó en el siglo XVIII Adam Smith allí donde se ha asentado la democracia ha germinado el bienestar económico, ha crecido la prosperidad. Hoy el mapa del desarrollo es, más que evidente, el mapa de las democracias consolidadas. El color de la democracia pinta el color de los países con mayor renta per cápita.

Los 200 años de democracia han dibujado un mapa de dos velocidades. Países democráticos ricos, países no democráticos pobres. Pero en este fin de época en el que los países pobres quieren más, porque ven que es posible tener más, y en el que a los votantes de los países ricos sus políticos no les pueden ofrecer más, porque se sabe que no es posible pagar para tener más, resulta que las democracias históricas están en crisis. Por contra, los países pobres ansían ser democráticos porque saben que es el camino para la dignidad y el bienestar. Pero los países ricos no saben qué hacer con una democracia en la que a sus votantes ya no les pueden comprar con dinero de otros más bienestares del que tienen.

Ahora quienes trajeron la globalización quieren desglobalizar el mundo y volver al nacionalismo económico. Con mi pan me lo guiso y con mi pan me lo como. Parece que esta máxima tan castiza, que por ser muy humana puede ser expresada en cualquier idioma, es la que ha llevado a 52 millones de americanos a votar a Trump para presidir los Estados Unidos de América, y a 17 millones de ingleses a separarse de la Unión Europea. Quienes forzaron a las familias mexicanas a desgarrarse para enviar a los mejores y más capaces de entre ellos a Estados Unidos para hacer crecer las factorías y con ello dar miserablemente de comer a los suyos, les ponen ahora un muro para dejar quebradas para siempre esas familias y esas esperanzas. Pero tan torpe propósito será no sólo miserable sino un esfuerzo vano.

Basta con reparar con que esos 52 millones de votantes de Trump viven cada año con los ingresos que tienen 2.650 millones de ciudadanos de otros lugares del mundo, en los que no tuvieron dos siglos de democracia, para darse cuenta de qué es de lo que les está queriendo defender su carismático e histriónico líder. Este solo dato sirve para garantizar que el actual movimiento populista tiene muy corto recorrido. Podrá generar una ilusión temporal, pero no transcurrirá mucho tiempo antes de que esas mismas sociedades se den cuenta del menor bienestar que traerá, y no sólo a los países en vías de desarrollo sino a los mismos que hoy han elegido a estos líderes. La división internacional del trabajo y su consecuente libre intercambio entre países, es una de las principales fuentes del bienestar alcanzado.

Una lectura razonable de lo que hoy nos ocurre, hecha dentro de unas décadas, con certeza nos permite ser optimistas. No va a ser posible poner puertas al campo. El mundo de dos velocidades va a ir paulatinamente desapareciendo. La globalización acabará por hacer que la miseria de quienes viven con menos de un dólar al día desaparezca. Que la higiene elemental, las medicinas básicas, la alimentación esencial llegue a todos los habitantes. Tanto los bienenintencionados progres que se oponen a la globalización desde que la caída del muro de Berlín les ha dejado con su bandera comunista hecha un trapo, como los votantes del neonacionalismo económico serán testigos de este avance imparable de la humanidad.

Y dentro de unos años, el pelo amarillo de Trump se verá como el pelo blanco de Maria Antonieta en la película de Coppola. Ese artificial tupé será el emblema y paradigma del fin de una era. Maria Antonieta no se creía que llegaba la revolución democrática. Y seguía viviendo locamente, despreciando a los pobres, gastando manantiales de francos en lujosos pares de zapatos, carísimos adornos de flores, fiestas desorbitantes y un sinfií de lujos en sus jardines de la reducida pero fabulosa Versalles. Pero un día abrió la ventana y vio que el movimiento democrático que su propio marido el rey Luis XVI había iniciado convocando la Asamblea de los tres estados, era imparable. Quisieron frenarlo y a los dos les cortaron la cabeza. Hoy, marzo de 2017, es seguro que no nos equivocamos si decimos que la globalización es imparable. Que ha venido para quedarse. Y que quienes la quieran frenar están condenados a pasar por la derrota implacable que siempre sufren quienes, egoístamente, se resisten a la evolución lógica de la misma historia.

José María Michavila y Danil de Fernando, son cofundadores de MdF Family Partners.

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