La gran transformación

A propósito del rescate y el proceso soberanista catalán, la consigna de Mariano Rajoy es ganar tiempo; o sea, perderlo. Por mucho que se alabe a sí mismo y a su Gobierno como los de actividad reformadora más intensa de la democracia, la verdad es que reacciona de la manera más limitada que le es posible cuando está con el agua al cuello y el nada ambicioso propósito de hacerla bajar unos centímetros.

Rajoy es un político que se dedica primordialmente al arte de mantenerse en el poder. Por eso, el único caso en el que le han entrado las prisas son las elecciones gallegas. Como el PP se la juega si no conserva Galicia, ha adelantado la convocatoria antes de que el deterioro de su partido le lleve a perderla. Incluso esa maniobra, que podemos calificar de proactiva, se encuadra en su aspiración a la beatitud. Si su partido no se ve descabalgado en Galicia, el acolchado sillón de Rajoy no será sacudido por los suyos y por su prensa. Si de él dependiera, no habría alboroto, los problemas se aplazarían sin dramatismos y España gozaría de una envidiable y alargada siesta, de la que despertaría cuanto más hacia dentro del túnel mejor. Y al tanto que no sea un pozo.

Pero el caso es que todo se tambalea. Y que, a mi modesto entender, se equivocan los que interpretan como una especie de paliativo, si no bendición, la parsimonia presidencial, solo interrumpida, demasiado a menudo, claro, por las urgencias y las exigencias que vienen de fuera. Rajoy no pierde la calma, es afable por carácter y atempera las urgencias, encuentra fórmulas para salir del paso e ir tirando, aunque de paso aleje las soluciones de fondo, que son las verdaderas. Como hemos dicho, su lema es ganar tiempo y lo consigue. ¿A qué precio? ¿Quién tendrá que pagar? Esta es la cuestión. Pero no es percibida como tal ni por los mercados, que se agarran con un ciego entusiasmo al más delgado de los clavos si resulta algo menos ardiente. ¿Anuncio de rescate virtual? ¡Bolsas arriba!

El precio de los aplazamientos, que ya venían de la época de Zapatero, es la cuestión, pero se trata de una cuestión más bien oculta o medio enterrada. La tierra que se echa encima de la cuestión es la esperanza, expectativa y confianza en que ya escampará, que los temporales no duran siempre, que algún día volverá a lucir el sol del crecimiento, el viento soplará de popa y las velas se inflarán.

Si tuviera razón la mayoría que así piensa -o actúa como si lo pensara-, no habría nada que decir. La receta de Rajoy sería la acertada: ponerse a cubierto, aunque el cobijo sea exiguo y con goteras, aguantar el chaparrón, minimizar los daños y paciencia. A fin de remachar este modelo de pensamiento tan poco modélico, se argumenta que la crisis es mundial y se abona a lo bruto la falacia de que en todas partes lo pasan mal. ¿Igual de mal los suecos, los brasileños o los sudafricanos que los españoles? ¿De dónde viene entonces la mayor desconfianza hacia España? ¿De dónde viene el paro estratosférico?

La situación actual española, mucho más grave que la de los otros 20 países más ricos y a las puertas de una crisis de Estado, es consecuencia del despilfarro. Un derroche debido a unos errores de concepto, como la radialidad y el federalismo centralista, ambos improductivos y carísimos, que no se pueden corregir sin un proceso de refundación que nadie, y menos aún Rajoy, está dispuesto a emprender.

España necesita reformas a fondo, una gran transformación de las estructuras territoriales y los organismos del Estado y un cambio en la orientación general de la economía que priorice la producción y la exportación de mercancías. Necesita, sobre todo, redimensionar Madrid a la baja, adelgazar la Administración pública para potenciar la economía productiva y el desarrollo regional en vez de entorpecerlo.

Ignoro si en un futuro más o menos lejano España emprenderá el camino de la transformación integral. Por ahora es evidente la voluntad de esquivar los cambios, de modo que, en vez de tratar de resolverlos, se agravan los problemas. Siento constatarlo, pero las evidencias no me desmienten. Al contrario, se levanta en Madrid un clamor para dejarlo todo como está o hacer lo mínimo de los mínimos, y eso es insostenible.

¿Hasta cuándo? ¿Hasta que no pueda pagar las deudas? Quizá ni así, porque este tipo de transformaciones vienen de dentro o no vienen. Y no vienen. O no las veo venir.

Xavier Bru de Sala, escritor.

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