La Gran Vía. Dolor de corazón, propósito de enmienda

Madrid, imán central en la Meseta interior de Hispania, es lugar de encuentro de quienes se acercan desde todas las orientaciones atraídos, además, por sus cuatro siglos y medio de capitalidad. Facultad que debería ser apoyada para impulsar y distribuir la vida a sus alrededores, incluso distantes, dada su capacidad de convocatoria, su templanza y empatía. Su comunidad lidera (2014) la recuperación con un crecimiento del 1,6%, cuatro décimas más de lo que hizo España. Su autonomía se revela como motor de la economía nacional.

El clima afable, su adehesado paisaje preserrano (Viñuelas, El Pardo, Monte de París, Monte del Pilar, Escorzonera, Venta de la Rubia) y la abundancia de aguas subterráneas, no fluviales –el Manzanares siempre fue «aprendiz de río»– detuvieron la provisionalidad centenaria de una capital itinerante según reconquistaba. Isabel de Valois, joven, guapa y caprichosa, sufriente de un clima extremoso en la austeridad escarpada de Toledo, convenció a Felipe II para convertir Madrid en la corte permanente del imperio. Creció desde su castillo medieval –el Alcázar–, que protegía por entonces a unos 13.000 villanos. El mirador altivo, su atalaya defensiva, se asomaba a las praderas ribereñas. Situado en el borde natural del altiplano, fue aglutinando en su entorno mesetario un callejero modesto –Mayor, Arenal, Plaza Mayor, Sol, Cibeles, Neptuno– hasta llegar a la boscosa Cañada Real Castellana. En los cuarenta y tantos años del reinado de Felipe II su población se multiplicó por siete y, en consecuencia, abigarró su estructura.

La Gran Vía. Dolor de corazón, propósito de enmiendaEn el siglo XVII, la villa encorsetada salta sobre el Prado y construye el Palacio del Buen Retiro. A principios del XX rasga las estrechuras de su tejido circulatorio creando la Gran Vía. Arteria coprotagonista, a dúo con Atocha, desde San Francisco el Grande hasta Neptuno, del tramo axial Oeste-Este de la villa, marcan conjuntamente las fronteras históricas del órgano administrativo. Compacto, fiel y cercano al entorno original del palacio-alcázar, ha vivido intensamente la agitada política de España. Y se ha hecho merecedor de un trato digno a escala universal y de un arraigo profundo del que no debería dimitir. Ejemplos a considerar:

Tanto París como Londres lideran Europa desde el XVII en adelante, cuando Madrid capitaneaba una España que, en Trafalgar, 1804, acusa su heroica y agónica decadencia. Inglaterra reivindica su incontestable reinado oceánico, construyendo como símbolo recordatorio Trafalgar Square, la gran plaza capital. Napoleón impera Occidente y lo demuestra con la reordenación de París en torno a una espina vertebral, los Campos Elíseos, amplia, profunda y de monumentalidad artística desconocida, a su dictado, que sería coronada por el arco de L’Etoile (1805) y presidida a fin de siglo por la Torre Eiffel (1889). El memorable XIX francés queda incorporado urbanísticamente a la Historia. Ambos modelos urbanos, diferentes dadas sus distintas génesis, Londres multirracial, París foco galorromano desde su origen, amueblarían sus centros con empeño encomiable sin abdicar de su singular primacía. Se multiplicarían sus nuevos barrios residenciales, museísticos y de negocios, pero su orgullosa adicción histórica seguirá inconmovible ubicada en su amplio corazón, centro de centros.

Madrid, en contraste, ha desatendido tanto el suyo cuanto el de su anatomía autonómica. A la que, sin embargo, ha enriquecido con un sistema de vías circunvalatorias –M30, 40, 45, 50 (Fomento, Ayuntamiento y Comunidad)– que han posibilitado la penetración a cualquier punto de su cuerpo urbano desde el exterior sin profanar su centro. Este debería, en consecuencia, acoger solo a quienes lo tengan por destino evitando a los que lo usan como atajo.

La tecnología tuneladora actual, puntera en España, perforaría los bajos de la Gran Vía desde la Plaza de España hasta Cibeles, incorporando el tramo de Alcalá. Tal túnel se acompañaría de 2.500 plazas de aparcamiento necesarias, base fundamental de la financiación, y canalizaría el flujo de automóviles transeúntes recuperando la dignidad de intemperie. Las aceras, hoy escasas y repletas de lumpen y mendicidad donde otrora paseaban las estrellas, se ajardinarían ennobleciendo a la arteria ayer orgullosa, hoy cordialmente dolorida. Solo se actualizaron Oriente, Gobernación-Sol y Correos-Cibeles (Manzano y Gallardón); en curso, Canalejas (Botella). Si la Castellana, desde Calvo Sotelo a Neptuno, protagoniza los brazos cruciales Nordeste-Sudoeste para encontrarse en Cibeles con los procedentes del Oeste camino, Alcalá adelante, del Sureste, la cruz descrita dotaría a Madrid de un sistema circulatorio estructurador y eficiente que haría honor a las atracciones turísticas crecientes.

París y Londres rondan los diez millones de habitantes, mientras que el casco madrileño se mueve alrededor de los tres, sin contar su área autonómica, con la que llegaría a los siete. París centro tiene cada 12 habitantes una plaza de automóvil; Madrid centro, cada 81.

Cuando el sector de más intensa palpitación es el núcleo gravitatorio de una desmesurada invasión motorizada, hay que servirla y atenderla so pena de desencantar a los atraídos y desterrarlos hacia un nuevo destino. Con la creación de nuevas conurbaciones, seducidas por el gran aeropuerto e Ifema (exitoso centro comercial), se ha constituido un deshilachado complejo de edificios presumidos y egocéntricos; sustitutos del centro abandonado, carecen de entramado, planta baja coloquiante, sin erigirse en tejido urbano; desequilibran hacia Levante y Norte la armonía centrípeta de la capital.

El deseo de plantear un manifestódromo extrarradial es otro despropósito: los que aplauden o gritan quieren ser oídos por el poder que habita en el centro. La liberada superficie resultante de Gran Vía (Cibeles, Neptuno, San Jerónimo) sería su escenario deseado.

Viajeros: tanto Hong Kong como Singapur repiten desde su modernización el patrón neoyorquino; bosque de rascacielos y edificios firmados, concede las dos plantas radicales inmediatas al suelo (convertidas, a menudo, en una sola ennoblecida en su doblado empaque) a la andancia, al intercambio locuaz cultural y creador del ambiente generador de nostalgias memorables. De tal trama peripatética, cubierta por superficies planas semicontinuas, emergen las torres singulares. La circulación rodada queda para taxis, transporte público y suburbano, esporádicamente para el privado.

Otro desaire sufrido por Madrid ha sido la despedida de Eurovegas. ¡Qué error el animarla a decir adiós! El desequilibrio físico y formal mencionado podría haberse corregido. Tanto el aeródromo –Navalcarnero-El Álamo– como el metro, que, sirviendo distintas paradas, intercomunicaría al importantísimo desarrollo con Madrid centro, han quedado en «stand by». Además, una comunidad de enjundia judaica se incorporaba a nuestra capital amistándonos con un sector sabio del mundo macrofinanciero. Pero los celos políticos –sí, también hubo otras causas– que adjudicaban la llegada, inversión y dedicación del equipo Sheldon –de Sheldon, en concreto– a la seducción políglota y desinhibida de una esperanza, súbitamente distanciada, fueron determinantes. Queda pendiente –otra vez más– la armonización geográfica orientada ahora hacia Poniente. ¿Resurgirá aquella Esperanza convertida en realidad?

De todo lo expuesto aquí, se ofreció muestra documentada con planos y perspectivas a quienes correspondía elegir los rumbos urbanísticos de nuestra ciudad querida. La crisis facilitó su respuesta: «No toca». Hoy, la enfermedad anatómica de Madrid llama a gritos a un sanador para que la enmiende. ¿Hay tiempo? Sí, si Madrid se convierte en lucero de Europa.

Miguel de Oriol e Ybarra, doctor arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes.

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