La Guardia Blanca

¿Qué hacer cuando todo un mundo se desmorona de la noche a la mañana, cuando un código de certezas, tradiciones, lealtades, valores ideológicos y argumentos culturales que han sido transmitidos de generación en generación queda destruido como por ensalmo y los propios guardianes de sus esencias se despiertan desnudos entre las ruinas, mientras a su lado emerge poderoso un orden nuevo basado en el triunfo de cuanto les resultaba ajeno o más bien antagónico?

Ésta es la pregunta que trata de contestar Mijail Bulgakov en la adaptación teatral de su propia novela, La Guardia Blanca, cuyo montaje por el National Theater acabo de tener la suerte de poder ver en una de sus últimas representaciones en el South Bank de Londres. Pero es también la pregunta genéricamente planteada ante una izquierda europea que en los últimos años comprueba impotente cómo una y otra vez el electorado entrega su confianza en medio de la crisis a los partidos conservadores y liberales. Y, muy particularmente, la pregunta que estalló como una granada de fragmentación en el corazón del socialismo español y todos sus entornos progresistas aquel 12 de mayo en que Zapatero sacó bandera blanca, rindió su espada y anunció que emprendería el camino del ajuste bajando el sueldo de los funcionarios, congelando las pensiones, bloqueando la inversión pública y abaratando el despido.

Es decir haciendo todo lo que una, 10, 100 y 1.000 veces había dicho que no haría jamás porque, según él, la recesión era una oportunidad de demostrar la superioridad de las ideas socialdemócratas a través de una salida de izquierdas a la crisis que preservara e incluso ampliara la «protección social» y las políticas de igualdad. Por eso él no podía pactar nada sustancial con Rajoy en materia económica, porque un «abismo ideológico» les separaba. Pues bien, sobre los cascotes de todas estas anteayer altivas presunciones, hoy escombros de una súbita voladura incontrolada, se desarrolla ahora nuestro drama.

La Guardia Blanca transcurre en Kiev, capital de Ucrania y lugar de nacimiento de Bulgakov, durante la guerra civil que, en 1918, enfrentó por un lado a la vieja aristocracia y la burguesía urbana leales al zarismo, respaldadas por el ejército alemán; y por el otro a los bolcheviques, aliados con los campesinos nacionalistas. Aunque hasta su prematura muerte Bulgakov fue siempre tratado por el régimen soviético como un apestado decadente, Stalin sentía debilidad por esta obra -al final no sólo ganaban los suyos, sino que lo hacían imponiéndose a un enemigo digno y respetable- y, además de autorizar su puesta en escena bajo el más aséptico título, eso sí, de Los días de los Turbin, cuenta la historiadora Julie Curtis que él mismo asistió «no menos de 15 veces» a la representación.

Los Turbin son la quintaesencia de la familia numerosa en la que creció Bulgakov y el espacioso piso que ocupan en el centro de Kiev, «un puerto seguro para todos tras persianas de color crema caladas frente a la rugiente tempestad», la propia transposición del confortable apartamento burgués en el que transcurrieron su infancia y adolescencia. La bella Lena -así se llamaba también una hermana suya- es allí el centro de un sistema solar en torno al que giran su marido, el siempre confuso y ubicuo viceministro de la Guerra Talberg, sus hermanos Alexei y Nikolai, oficiales ambos de la Guardia Blanca, y algunos de sus compañeros de armas, entre los que destacan el integrista Alexander y el pragmático Leonid, enamorados ambos de la anfitriona, al igual que su primo Larion, poeta y pacifista.

El momento culminante de la función tiene lugar en la gélida mañana de diciembre en que cae el Gobierno títere del Hetman -un noble investido por los alemanes con ese ancestral título ucraniano- y la artillería nacionalista, respaldada por los bolcheviques, retumba sobre la ciudad nevada. Tanto el Hetman como Talberg huyen vergonzantemente hacia Berlín. Entonces Leonid, ayudante de campo de Su Excelencia, avisa a tiempo desde el palacio presidencial a los Turbin y el coronel Alexei, respaldado por su hermano, adopta una decisión que le honra. Reúne en su destartalado cuartel general a los oficiales y cadetes de la Guardia Blanca, les explica la verdad -que su causa está perdida- y, coherente hasta las últimas consecuencias, decreta la disolución de la milicia zarista. «Iros a casa», les dice. «Eliminad cualquier prueba de vuestra pertenencia a la Guardia Blanca e iros a casa».

Pero eso resulta inaceptable para Alexander: ellos están allí para combatir por el zar y la Rusia eterna, y mientras exista la oportunidad de hacerlo, no permitirá que se consume esa traición. Tras un tenso forcejeo en el que Alexander encañona a Alexei y ordena en vano a su hermano que lo arreste, finalmente convienen en que cada oficial será libre de actuar como desee, pero los cadetes -en realidad niños con escopetas- se irán todos a sus casas. Alexei asume su responsabilidad de ser el último en abandonar el barco que ha ordenado desalojar y muere heroicamente protegiendo la retirada de los demás. Su hermano Nikolai resulta gravemente herido.

Apenas tres meses después, los bolcheviques liquidan a sus aliados nacionalistas y asumen el poder. Leonid se presenta en casa de los Turbin con un astroso abrigo proletario encima de uno de sus elegantes trajes y se jacta de que ahora le llaman «camarada». Le explica a Lena que «todo ha cambiado», que «los soviets gobiernan Rusia», que «éstos son los hechos» y que deben «empezar una nueva vida». Ella le reprocha que se comporte como «un camaleón», pero admite que le toca «despertar del sueño del pasado» y acepta su propuesta de matrimonio.

En ese momento reaparece, sin embargo, Talberg, más equívoco que nunca, pues regresa a Berlín tras haber realizado una visita oficial a Moscú. No se ha detenido en Kiev para recoger a su esposa, sino para transmitir a sus antiguos compañeros de la Guardia Blanca el mensaje de que no pierdan la esperanza. Pero, tratándose de él, no puede ser, por supuesto, un mensaje ni claro ni unívoco:

– Reagrupémonos… Volveremos. Pero es un secreto. Oficialmente no volveremos. Eso es lo que les he dicho a los bolcheviques en Moscú. Se lo han creído. Pero quería decíroslo a vosotros. Y a todos nuestros leales amigos de la Guardia Blanca. No os creáis la línea oficial sobre este asunto, porque el plan es mucho mejor. ¿Básicamente en qué consiste? Hay que reagruparse. Recuperaremos Rusia… Tengo garantías de los alemanes de que cuando las piezas del dominó caigan yo regresaré y les conduciré personalmente hasta Moscú, consiguiendo la victoria final.

En un ataque colectivo de lucidez todos se ponen de acuerdo en echar a Talberg a patadas de la casa. La realidad es la que es. «Los rojos han ganado Ucrania», proclama uno de ellos. «Éste es el preludio de un gran drama histórico», advierte el poeta Larion. «Y el epílogo de otro», admite al fin Alexander. Lena abraza a un impedido y amnésico Nikolai mientras cae el telón. La Guardia Blanca ha dejado de existir.

¿Quién es quién? No es difícil distribuir estos papeles según la conducta que viene caracterizando a las figuras más destacadas de la izquierda española desde que sobrevino la hecatombe. Es obvio que Méndez y Toxo encarnan la reacción agresiva de quien, como Alexander, se revuelve contra la realidad y trata de mantener la cohesión de sus seguidores, aunque sea mediante el autoengaño. Su mente está tan cuadriculada, se sienten tan incapaces de subsistir en otro entorno, que ni siquiera parpadean cuando comparecen públicamente para anunciar que la huelga de funcionarios tuvo un seguimiento superior al 70%. Para ellos mentir por la clase obrera forma parte de un convenio que incluye decenas de miles de liberados sindicales.

En el otro extremo del espectro, hemos visto a Felipe González reaparecer en escena embutido como Leonid en el gabán del adversario ideológico. Y digo gabán, porque a quien trabaja como comisionista para un multimillonario orondo, que encima se llama Slim, los simples abrigos, por muy altas que sean sus hombreras, se le han quedado pequeños. No digamos ya nada de aquella pana proletaria convertida tiempo ha en fondo de armario para mítines.

En todo caso, a juzgar por la soltura con que le oímos defender que la «competitividad» debe ser la regla de oro de la política económica y que los salarios deben quedar vinculados no a la evolución de los precios, sino a la «productividad» de los trabajadores -el que no genere plusvalía no cobra-, cualquiera diría que nunca se ha vestido de otra manera. No me extraña que desde el sentimiento de superioridad de quien se cree partícipe de los arcanos mágicos del capitalismo se sintiera en condiciones de perdonarle la vida al «necio que rectifica todos los días», para regocijo de sus viejos mariachis de aquella bodeguilla de cal viva y uñas arrancadas en la que no se rectificaban ni los secuestros por error.

Mucho más peliagudo es determinar qué papel está representando Zapatero. Aunque dejemos descansar esta semana a Jano bifronte, debo decir que todas sus explicaciones privadas sobre Pearl Harbor y su compromiso por sacar a España adelante, al margen de cuáles sean las consecuencias electorales para él y su partido -su propia resistencia ante la coacción sindical de trazo grueso-, podrían asemejarle al personaje del abnegado Alexei. Le falta, eso sí, dar el paso decisivo de comparecer ante su Guardia Blanca en un Comité Federal del PSOE o ante el conjunto de los ucranianos a través del Congreso y la televisión, y decirle a la gente tres verdades.

Primera, que al margen de que el G-20 y la propia Unión Europea tengan que cambiar las reglas para impedir nuevos abusos, como los que hicieron posible la crisis financiera que desde hace ya casi tres años nos azota, y al margen de que España tenga que cambiar mucho o poco su modelo productivo, lo único indiscutible es que dos y dos siguen siendo cuatro. Es decir, que pretender salir de la crisis a crédito, incrementando el déficit para alardear de gasto social, era una quimera de la que él es directo responsable y por la que debe pedir perdón a los engañados.

Segunda, que cuando se forma parte de una moneda única las decisiones de política económica de cada socio repercuten en los demás y que, por lo tanto, la Ley de Dependencia, el PER, las televisiones autonómicas, las embajadas catalanas o los coches oficiales -incluido ése del alcalde socialista de Sevilla que viaja más de 1.000 kilómetros de vacío para pasear al señorito por Barcelona- ya no se pagan con la vieja pólvora del rey, sino con la nueva de Merkel y Sarkozy. Y eso significa que en la actual Eurozona nadie podrá hacer política de izquierdas mientras sea la derecha la que gane en los países grandes y la estabilidad presupuestaria se anteponga -como debe ser- a casi cualquier otra consideración.

Tercera y última, que es cierto que ha sido esa Unión Europea la que nos ha impuesto los actuales recortes y reformas -pronto vendrá la de las pensiones- porque después de un cuarto de siglo subvencionándonos tenía derecho a hacerlo. Y que incumplir dicho mandato imperativo, como pretenden los sindicatos que hagamos, nos impondría tutelas más duras y nos situaría en la disyuntiva de tener que abandonar el euro y entrar en una deriva en la que probablemente España dejaría de ser pronto una democracia.

Comprendo que para hablar así de claro cuando se preside un gobierno y un partido en el que las pijas todavía levantan el puño hay que terminar de creérselo. Los términos confusos y embarullados con que Zapatero ha entrecerrado la reforma laboral, indican que más bien podría estar haciendo la goma -Rajoy sabe bien de lo que hablo- y, en todo caso, le alejan del idealismo heroico de Alexei y le acercan de nuevo al chapucero Talberg, cuya mejor frase en toda la función es aquélla en la que aclara que él «no huye», sino que «sólo se escapa».

Bien, al menos que no se llame a engaño. Si hemos superado a flote la primera mitad del que él mismo considera como el «junio más importante de nuestra historia reciente» es gracias al salvavidas que, a punto del ahogamiento, nos echaron el jueves. Pero nadie adjuntó a ese flotador ni vituallas ni repelente contra los tiburones.

Pedro J. Ramírez, director de El Mundo.