La guerra civil molecular

En 1994, el poeta y ensayista Hans Magnus Enzensberger publicó su conocido ensayo titulado Perspectivas de guerra civil. El intelectual alemán diagnosticaba la guerra civil molecular que, a su decir, había estallado en las metrópolis de las sociedades desarrolladas. No se trataba –decía– ni de una revuelta juvenil, ni de las consecuencias de la denominada crisis de valores. Se trataba –esa era su conclusión– de una violencia autorreferencial sin contenido político o ideológico. Una suerte de rito de paso que reflejaba la tendencia autodestructiva de los nuevos vándalos y asimilados. Con posterioridad, el autor editó El perdedor radical (2007) en donde, más allá del subtítulo del libro, Ensayo sobre los hombres del terror, nuestro intelectual remarcaba la energía destructiva que genera la frustración de aquellas personas que no consiguen hacer realidad sus ideas, programas o proyectos. Una frustración que tiene culpable: el Otro. Sea quien sea, el Otro, asociado al Mal, es el culpable por definición de quienes van de decepción en decepción. ¿Cómo afrontar la frustración? Transgrediendo el orden existente o violentando –así se canaliza la energía destructiva– la figura del Otro. Vale decir que el perdedor radical manifiesta un comportamiento distinto al del fracasado, la víctima o el derrotado. Si el fracasado se resigna, si la víctima reclama reparación, si el derrotado se prepara para el nuevo asalto; el perdedor radical «se aparta de los demás, se vuelve invisible, cuida su quimera, concentra sus energías y espera su hora».

La guerra civil molecularEl perdedor radical suele ser «imprevisible», «es extremadamente susceptible», considera que es él quien «sufre todos los atropellos» y «puede estallar en cualquier momento». Y, volviendo a Hans Magnus Enzensberger, la guerra civil molecular estalla de la mano del perdedor radical. Por ejemplo: en la ciudad, contra la autoridad y la propiedad rompiendo escaparates, quemando contenedores, destrozando mobiliario urbano, ensuciando fachadas, interrumpiendo la circulación viaria y ferroviaria, ocupando viviendas y «expropiando» bancos o haciendo las necesidades fisiológicas en público sin olvidar los enfrentamientos «lúdicos» con las fuerzas del orden; en el hospital, cuando no es atendido con la rapidez que él exige, insulta o agrede a los profesionales sanitarios; en el estadio, contra el árbitro o el equipo contrario y sus aficionados; en el lugar de trabajo, contra el propietario o la máquina que supuestamente le conducen a la desocupación; en la aula o el patio de la escuela, contra el profesorado que le suspende o los compañeros a los cuales tiene manía; en el hogar o la calle, contra los familiares y personas a quienes detesta. Una violencia rutinaria –añadan resentimiento, aversión, odio– que anuncia un futuro inquietante.

En la personalidad del perdedor radical, la tendencia autodestructiva se complementa con el narcisismo. Sacando a colación al doctor Freud de la Introducción al narcisismo, puede afirmarse que el perdedor radical padece una suerte de narcisismo primario semejante al del niño que carga toda la libido sobre su excelsa persona. El perdedor radical, como el niño, es un narcisista que se toma como modelo y objeto de amor de los demás al estar convencido de la bondad de sus ideas, programas o proyectos. Por eso –parte y notario–, provoca y filma unos altercados –rito paso, sello de distinción, afán de notoriedad, diversión, performance– que difunde a través de la Red con la esperanza de que adquieran la categoría de virales. Por eso, busca que el altercado tenga su cuota mediática en la prensa escrita, en Twitter y, sobre todo, en la televisión. De hecho, el perdedor radical existe en la medida en que sus actos se publicitan en la globosfera. Si en las sociedades antiguas se medían las fuerzas enfrentándose a dificultades diversas –el animal, el bosque, el desierto, la sed o el hambre–, ahora se miden enfrentándose al Otro. Al conciudadano.

El perdedor radical es un problema de orden público que evidencia el rousseaunismo que se ha instalado en buena parte de nuestra civilización contemporánea occidental. Ese rousseaunismo que se opone a toda constricción artificial que corrompería la naturaleza humana y considera que la norma –la civilización occidental, en la terminología del filósofo ginebrino– debilita y reprime indebidamente al ser humano. Un rousseaunismo ingenuo que concibe el hombre como un ser cargado de buenos instintos que ha sido malogrado por la sociedad. Que ha sido pervertido por el Capital. Por el Sistema. De ahí, la tolerancia de un progresismo reacio a reprimir –prefiere «pactar» con los nuevos vándalos– la guerra civil molecular que se percibe espasmódicamente en algunas de nuestras ciudades. Una concepción grosera de la tolerancia que recuerda al Herbert Marcuse (La tolerancia represiva, 1965) que afirma que «la tolerancia es un fin en sí misma» que ha de promover «una sociedad en la cual el hombre no sea esclavo de las instituciones que desde un principio ya restringen su autodeterminación». Concluye: «Incluso los movimientos progresistas acaban por convertirse en su oponente en función del grado de aceptación de las reglas del juego».

La figura del perdedor radical adquiere una nueva dimensión cuando, como señala Hans Magnus Enzensberger, «supera su aislamiento, cuando se socializa y encuentra una patria de perdedores con cuya comprensión e incluso reconocimiento puede contar, un colectivo de congéneres que le dé la bienvenida, que lo necesite». Es entonces cuando «la energía destructiva encerrada en él se potencia», cuando «el deseo de muerte y delirio de grandeza» propicia un «sentimiento de omnipotencia calamitoso». En otros términos: la guerra civil molecular se «politiza» y «legitima». Y vuelve a estallar dotada de un relato explicativo y justificativo: que si la resistencia organizada frente a la democracia formal y la explotación capitalista, que si la justificada desesperación de los jóvenes y los perdedores sociales, que si la revuelta de «los muchos» frente al poder y la ficción del contrato social, que si la defensa de un planeta al borde de la devastación, que si la lucha contra un mundo que se presenta como una cárcel amenazante, que si el «nosotros» de la multitud frente al «ellos» del poder, que si producir interferencias en el sistema desde sus bordes para abrir sus paredes de cristal, que si recuperar el sentido emancipador, que si yo me rebelo y nosotros existimos, que si el cumplimento del sueño.

La guerra civil molecular que se percibe en nuestras sociedades avanzadas brinda un ejemplo de la pulsión de muerte de Sigmund Freud y el nihilismo de Fiódor Dostoyevski que alimentan el desorden y la metástasis social. Freud o el impulso primario de los seres vivos de volver a lo inanimado en donde domina una desintegración que coexiste con el impulso secundario que busca el reconocimiento bajo la forma de la agresión destructiva (El malestar de la cultura, 1930). Dostoievski o la lógica de la brutalidad y la destrucción iluminada del Nikolai Stavroguin de Los demonios (1872), que no tiene ningún código ético y se erige en juez supremo que decide sobre los demás a través de unos actos gratuitos. Una violencia rutinaria –añadan resentimiento, aversión, odio– que anuncia un futuro inquietante.

Miquel Porta Perales, escritor.

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