La guerra contra el terrorismo después de Irak

Joseph S. Nye, autor de La paradoja del poder norteamericano (2003, Taurus Ediciones) y ex subsecretario de Defensa estadounidense, es decano de la Kennedy School of Government de Harvard (EL PAIS, 22/06/03).

Las deslumbrantes victorias militares en Afganistán e Irak podrían confundirnos en lo que a la guerra contra el terrorismo se refiere. Si fuera meramente cuestión de países rebeldes, podríamos pensar que se ha avanzado. Pero el progreso tecnológico está poniendo en manos de grupos e individuos degenerados unas capacidades destructivas en otro tiempo limitadas básicamente a gobiernos y ejércitos. Aun cuando la eliminación total de incidentes terroristas resulte imposible, reducir su frecuencia y su capacidad letal supondrá una gran diferencia en el impacto que éstos pueden tener sobre nuestras sociedades. El mundo necesita una estrategia múltiple que deslegitime los ataques contra civiles como método de conflicto; que disuada a los Estados de proporcionar recursos o refugio seguro a quienes utilicen dichos métodos; que refuerce nuestros objetivos internos; que niegue a los terroristas el acceso fácil a las armas de destrucción masiva, y que reduzca los incentivos para usar el terrorismo.

Las medidas militares quizá no solucionen la mayor parte del problema, pero a veces son esenciales. Privar a Al Qaeda de su refugio en Afganistán no era suficiente, pero sí necesario. El número de países que patrocinan el terrorismo ha disminuido en la última década. La diplomacia respaldada con una amenaza militar puede reducir aún más dicho número. Algunos Estados fracasados están tan caótica-mente organizados que no es posible disuadirlos de que proporcionen un paraíso a los terroristas. En tales casos, la ayuda militar puede ser importante; en otros, quizá sea necesaria la intervención. Compartir los servicios de espionaje y cooperar en el ámbito policial es a menudo el frente de defensa más eficaz. Debido a la sensibilidad de las fuentes y a los peligros que comporta revelarlas, buena parte de este trabajo se lleva a cabo mediante acuerdos bilaterales. La cooperación multilateral es posible en el seguimiento de los flujos financieros, lo cual puede ayudar a privar a los terroristas de recursos y, asimismo, proporcionar información útil. También se puede compartir mejor la información dedicando más recursos a organizaciones escasas de fondos como Interpol.

Trabajar para elevar los umbrales que los terroristas han de superar exige un planteamiento sistemático, ya que tapar un agujero puede hacer que los terroristas busquen otro. Nuestras sociedades son tan vulnerables como lo sea el eslabón más débil. No tiene sentido aumentar la seguridad aeroportuaria en Londres si un terrorista puede penetrar fácilmente en el sistema, por ejemplo, en Roma o Lagos. Dado que las vulnerabilidades de las sociedades modernas son similares, cada país tiene mucho que aprender de los errores y los aciertos de los demás. Los Gobiernos deberían establecer contactos regulares entre organismos responsables de los aspectos técnicos y políticos de la seguridad interior. La seguridad interior es una cuestión internacional. Se puede utilizar la ayuda y la asistencia para reforzar las capacidades de los países pobres que participen en estos sistemas trasnacionales. Tales inversiones son un claro ejemplo de coincidencia entre el interés propio y la caridad. Un importante tipo de asistencia es ayudar a otros países a ampliar su capacidad para enfrentarse a las armas de destrucción masiva. En el caso de los agentes biológicos, la salud pública mundial se ha convertido en una cuestión de seguridad. Los terroristas pueden obtener microbios y virus de laboratorios extranjeros inadecuadamente protegidos, o sobornar a científicos mal pagados en los restos del sistema de biología bélica rusa, o de fuentes naturales. La Organización Mundial de la Salud ha creado una red mundial de laboratorios nacionales para llevar a cabo un trabajo de detección precoz, y recibe un escaso presupuesto anual de aproximadamente 400 millones de dólares.

Otra área de asistencia crucial es el proyecto de Reducción Cooperativa de la Amenaza, que proporciona fondos para ayudar a mejorar el control y la destrucción de materiales para armas nucleares en países ex soviéticos. También estos programas andan escasos de fondos, aunque en la cumbre del G-8 celebrada el año pasado en Canadá se alcanzó un principio de acuerdo entre 10 países para proporcionar una cantidad adicional de 10.000 millones de dólares a lo largo de los próximos 10 años. Algo más controvertida es la cuestión de si la ayuda al desarrollo constituye un importante instrumento antiterrorista. Los partidarios afirman que es una herramienta crucial para “drenar los pantanos”. Pero los escépticos dudan de que la pobreza esté en la raíz del terrorismo. Señalan que la mayoría de los terroristas que atacaron Estados Unidos en septiembre de 2001 eran ciudadanos de clase media, procedentes de un país relativamente rico. Si tenemos que esperar a que la ayuda al desarrollo saque al mundo de la pobreza para responder al terrorismo, para entonces estaremos todos muertos.

Ambas partes de la discusión llevan algo de razón. Los horizontes temporales de la política de desarrollo no coinciden con los horizontes temporales del antiterrorismo, pero a menudo los grupos terroristas están guiados por pervertidos sin problemas económicos que (como Osama Bin Laden) señalan las injusticias del mundo para reclutar seguidores. La ayuda de los países ricos al desarrollo puede ayudar a privar a los líderes terroristas de dichos argumentos, al demostrar que las políticas coinciden con las aspiraciones a largo plazo de los pobres. Es importante proporcionar la perspectiva de esperanza, tanto en el aspecto material como en nuestras políticas respecto a conflictos recalcitrantes como los de Oriente Próximo y Cachemira. El éxito militar estadounidense en Irak ha sido abrumador, pero la metáfora de la guerra es equívoca. No habrá equivalente a la caída de Bagdad, ni bala de plata en la lucha contra el terrorismo. Para tener éxito es indispensable invertir en una amplia gama de instrumentos. Pero, mientras que Estados Unidos dedica sólo aproximadamente un 1% de su presupuesto federal a los asuntos exteriores, la estrategia antiterrorista eficaz no puede divorciarse de todos los demás aspectos de la política exterior.