La guerra de los mercados

El 16 de junio de 1940 el Parlamento del Reino Unido aprobó una muy singular propuesta del primer ministro Winston Churchill, líder de un Gobierno de concentración. El acta del Diario de sesiones resume la resolución aprobada: crear la Unión entre Francia y Reino Unido. Dejarían de ser dos naciones distintas. El Parlamento británico aprueba, por acuerdo de liberales, progresistas y conservadores, crear con Francia una única nación, con un único pueblo soberano que elegiría un Parlamento común y un Gobierno común. Fue la apuesta clarividente del pueblo británico a la invasión nazi sobre toda Europa, incluida Francia. La guerra necesitaba unidad. Francia rechazó la propuesta. Y Churchill, manteniendo la unidad de los grandes partidos británicos, logró el auxilio de EEUU para desalojar al nazismo del continente europeo.

Tan importante como desconocida iniciativa fue una respuesta muy seria a la mayor crisis vivida en Europa. Hoy las naciones del Viejo Continente no se enfrentan con las armas. Afortunadamente sus discrepancias sólo se manifiestan en política económica. Pero la falta de una seria respuesta de unidad la hacen frágil y débil ante la crisis que vivimos. La guerra de los mercados no derrama sangre, pero provoca una sangría insoportable en muchas zonas de Europa, arrastrando al paro y la miseria a millones de ciudadanos y poniendo en peligro el mayor logro de la unidad europea: el euro.

A Europa le está haciendo más daño su falta de unidad y liderazgo que su propia realidad económica. Y basta con mirar a los fundamentales de ambas economías. En efecto, el déficit público de la zona euro es la mitad que el de EEUU o el Reino Unido, su deuda pública es inferior y su saldo exterior es sustancialmente más favorable. Sin embargo los mercados exigen unos costes de financiación a Europa muy superiores de lo que exigen a cualquiera de esos dos países. Esta cuestión, que puede parecer académica, tiene una importancia crucial para nuestra capacidad de garantizar bienestar. A nadie que haya creado tan solo un puesto de trabajo se le escapa que la relación entre costes de financiación y crecimiento es clara y directa.

Las cifras del reciente presupuesto español son un claro ejemplo. A lo largo de 2012 el Tesoro español habrá emitido papel, deuda para financiarnos, por más de 186.000 millones de euros. Espera hacerlo a un tipo de interés medio de casi el 4% y un vencimiento medio de casi seis años. Si estas emisiones pudieran hacerse al tipo medio de la deuda de la Euzona, en torno al 2%, el ahorro de dinero público durante los próximos seis años sería de más de 20.000 millones de euros. Súmense la deuda que emiten otras entidades públicas (Comunidades Autónomas, Ayuntamientos, etcétera) y expándase a los próximos ejercicios, y la cifra crecerá exponencialmente. Si añadimos el efecto análogo que ello tendría sobre la financiación de la deuda privada en España, que es superior en cantidad a la pública, puede entenderse fácilmente por qué el eje principal de la política económica debe ser la recuperación de la credibilidad internacional para financiarnos a menor coste.

Algunos economistas han estimado que existe una relación directa entre la prima de riesgo y el crecimiento en el PIB español. Es decir, que una reducción del 1% en nuestra prima de riesgo generaría un crecimiento del 1% en nuestro producto interior bruto. Es fácil definir el círculo virtuoso que este cambio impulsaría en todas las magnitudes macroeconómicas y, sobre todo, en la capacidad de financiar a quienes crean o mantienen empleo en España.

No vale la cínica actitud de decir que los mercados son malos, que millones de ciudadanos que cotidianamente deciden donde poner su dinero y que opinan sobre qué economías son fiables y cuáles no, son voraces depredadores injustos. La realidad es que las bienintencionadas economías que gastaban mucho más de lo que producían han vivido del crédito que le han dado los mercados. Éstos fueron durante mucho tiempo extremadamente generosos, financiando gastos superfluos y excesivos. Pero la situación ha cambiado. Algunos no querían enterarse. Y otros le echan la culpa a los antipáticos que han gastado menos de lo que producen y han financiado con sus ahorros la fiesta de quienes gastaban más de lo que tenían. El hecho es que la ausencia de liderazgo claro y consistente en la UE ha generado una disyuntiva irracional y muy dañina. Unos han decidido que se abandone en manos de Alemania la solución de todos los males. Otros, cada vez más, han optado por que se culpe a Alemania de todas las desgracias. Ambas respuestas ignoran una solución concertada y son igual de peligrosas.

Los mercados no han decidido hundir a España, a Europa o a sus economías. Simplemente quieren hacer lo que es de sentido común y lo que siempre se hace: apostar por poner sus ahorros donde encuentran confianza, capacidad de asumir responsabilidades y devolver lo que se presta. Alemania tiene en el euro un gran activo. Aumenta sus exportaciones, mantiene su competitividad y utiliza una moneda de referencia mundial. Estas razones son más que suficientes para que apueste por conservar el euro. Sin embargo ahora está estirando la cuerda de ahogar a quienes gastaban demasiado. Pero si estira demasiado la cuerda y ahorca a esos países, Alemania lo pasará muy mal. Merkel lo sabe. Es posible que sus votantes no lo sepan, y por eso las dudas en la posición alemana que salen tan caras a todos.

Por otro lado, España, Italia, Irlanda y Portugal están haciendo los deberes. Nuestro país ha acometido con decisión y sacrificio políticas que ajustan el gasto e incrementan los ingresos. Pero aún le queda un trecho para recuperar la confianza perdida. Eso exige una agenda política clara y consistencia en su implementación, lo que requiere mantenerla en sus aspectos esenciales al margen de la confrontación partidista. Algunas páginas inmediatas de esa agenda deberían ser devolver la confianza a las cuentas públicas, sacar la contabilidad nacional del debate partidista o el nombramiento de una persona de acreditada competencia profesional como gobernador del Banco de España.

Pero estas naciones sin política monetaria propia, sin poder devaluar, sin política arancelaria y sin banco central prestamista de última instancia de su moneda no pueden salvarse por sí mismas por mucho que hagan. Las reformas en estos países son necesarias. Pero no suficientes. Hace falta también una respuesta de Europa. Es necesario que sea Europa, una Europa unida y fuerte, y no sólo Alemania, la que fije una economía de sindicación de la deuda, de consolidación fiscal, de hacer de la moneda virtual que es hoy el euro una moneda real, con una autoridad monetaria y una unión económica real que la respalde.

Ésta es precisamente la respuesta a la pregunta antes formulada: los costes de financiación en la zona euro son muy superiores a los de Estados Unidos o Gran Bretaña porque los mercados no creen que Europa tenga una voluntad inquebrantable de seguir unida. Pero la situación actual es insostenible. No es posible vivir con el corsé que impone una unión monetaria y a la vez tener unos costes de financiación cercanos a los que se tendrían fuera de esa unión. Y Alemania, que es una gran beneficiada del euro, es la primera interesada en que la moneda única sobreviva. Eso sí: sin aceptar más borracheras de gastos no respaldados por ingresos en los países y administraciones de los Estados miembros.

Ahora como en 1940, la respuesta a la guerra, hoy la guerra de los mercados, sólo puede ser una: más unidad interna y más Unión Europea. Lamentablemente hoy, a diferencia de 1940, no hay una situación que permita a Estados Unidos remplazar esa unidad europea. La alternativa, en un mundo globalizado, es la de sálvese el que pueda para que todos acabemos pereciendo. Incluida la hoy todopoderosa Alemania.

José María Michavila es ex ministro de Justicia, doctor en Derecho Bancario y miembro del Consejo de Estado. Daniel de Fernando es ex managing partner de JP Morgan y BBVA. Son fundadores de MdF Family Partners.

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