La guerra de Ucrania también se libra en el espacio exterior

Estamos en 1967, en plena Guerra Fría. Franco ha ilegalizado Comisiones Obreras, el Che es fusilado en Bolivia, muere Azorín, nace Julia Roberts y Elvis se casa con Priscilla. En enero de ese mismo año, en la sede de Naciones Unidas, se firma el Tratado sobre los principios que regirán las actividades de los Estados en la exploración y utilización del espacio exterior, incluyendo la Luna y otros cuerpos celestes (OST, por sus siglas en inglés).

132 países del mundo, incluidos enemigos irreconciliables como China, Reino Unido, la Unión Soviética, Estados Unidos, Corea del Norte o Cuba, se comprometen a garantizar que la futura exploración y explotación espacial sea siempre en pos del bien de la humanidad y los intereses de "todos los países". Se respira la euforia propia de una época boyante en lo tecnológico a pesar del pesimismo generalizado por los horrores de la guerra de Vietnam. La carrera espacial entre las dos superpotencias ha alcanzado velocidad de crucero.

Cuando uno lee el OST se imagina a un puñado de buenistas cogidos de la mano cantando el Cumbayá, Señor. Porque es difícil explicarse cómo, en la década más salvaje de la Guerra Fría, el consenso generalizado fuera el de que el espacio exterior sólo puede utilizarse con fines pacíficos en beneficio "de toda la humanidad".

El OST prohíbe las reclamaciones de exclusividad o soberanía "mediante el uso y la apropiación o por cualquier otro método". Es decir, nadie, ni Estados, ni particulares, ni organizaciones, puede arrogarse la soberanía sobre el espacio. Más aún, todos los firmantes tienen la obligación de ayudar a los demás países, siempre que sea necesario y posible, a cumplir sus sueños allende los cielos.

O quizá la realidad fuese mucho más prosaica y la razón real del seráfico tratado no fuera esa efervescencia espacial ut supra, sino el convencimiento de que la colonización de las estrellas se produciría tan lejos en el tiempo que, cuando hubiera que preocuparse de verdad, los firmantes ya estarían muertos.

Pero el problema ya ha llegado. A pesar de las continuas revisiones del OST que se han acordado en las últimas décadas, llevamos años viendo flagrantes violaciones por parte de los grandes ahora que la tecnología nos acerca a ese eterno océano negro. La mayoría de las partidas se dedican a proyectos científicos, pero las militares se han multiplicado, como evidencia la proliferación de pruebas de misiles antisatélite por parte de Estados Unidos, Rusia, China o la India.

Tanto es así que la mayoría de los países ha incrementado el presupuesto de sus programas espaciales en los últimos seis años. Algunos, como Alemania (2.400 millones de dólares), de manera discreta, pero constante. Otros, como China (8.840 millones), Japón (3.320 millones) o Francia (4.040 millones), de forma mucho más escandalosa, pues han doblado, triplicado o incluso cuadruplicado el presupuesto previo.

Pero la palma se la lleva Estados Unidos, que ya partía de una destacadísima primera posición dada su histórica inversión espacial y que en 2020 dispuso de un presupuesto global de 47.700 millones. Casi un 150% más que en 2014.

Ya bajo el mandato de la Administración Obama, concretamente en 2015, se aprobó en Washington la Ley de Competitividad sobre Lanzamientos Comerciales al Espacio, saltándose el OST y preparando el terreno al jugoso negocio del turismo espacial.

Los yanquis han sido especialmente groseros con el tratado, ya que lejos de quedarse cortos, en 2019 aprobaron la creación de la US Space Force, que además de tener nombre de serial de ciencia ficción, cuenta con 16.000 efectivos entre militares y civiles, una flota compuesta por 77 naves, una amplia y creciente red de satélites y un presupuesto para 2022 de 18.192 millones de dólares. Y todo en menos de dos años, pues la USSF fue inaugurada por orden ejecutiva del presidente Donald Trump en abril de 2020.

Los estadounidenses, efectivamente, parecen hiperactivos, pues acaban de firmar este mismo enero un acuerdo con Israel para reforzar el programa Artemis de exploración lunar. Se trata del heredero natural del popular programa Apolo de misiones a nuestro satélite. Se divide en tres fases cuya culminación es el establecimiento de una base de operaciones, investigación y alunizaje en la Luna. En este proyecto, eminentemente científico, cooperan también (bajo el paraguas de Washington) Canadá, Reino Unido, Japón, Italia, Australia, Luxemburgo y los Emiratos.

El dinamismo estadounidense no sienta demasiado bien a sus rivales habituales, como es lógico. Sólo un día después del anuncio del Artemis, China presentó su alianza con Rusia para iniciar la construcción de su propia estación lunar. El objetivo de la agencia espacial China, la CNSA, es que esta esté operativa en 2035, en el polo sur de nuestro satélite, precisamente donde también pretende establecer su base la NASA.

La actividad de Pekín se ha multiplicado también respecto al espacio exterior. Aunque todavía lejos de los niveles americanos, China es considerada por la USSF como su gran rival en esta nueva carrera.

No en vano, el general David Thompson, el vicejefe de Operaciones Espaciales de la USSF (o sea, el segundo de a bordo) declaró a la cadena Fox en mayo de 2021 que "no creo que China termine siendo el líder en el espacio exterior, pero lleva un ritmo increíble. Una de las principales razones para crear la USSF fue, precisamente, tenerlos controlados".

Con los rusos las relaciones van peor. En abril de 2021, la Roscosmos, la agencia espacial rusa, anunció que Moscú (el único "grande" que ha reducido su presupuesto: 3.580 millones de dólares, un 23% menos respecto a 2014) no renovaría el acuerdo de cooperación con Washington en lo referente a la gestión de la Estación Espacial Internacional, posiblemente el emblema más conocido de las sinergias espaciales entre naciones.

Los roces no paran de sucederse. En noviembre del año pasado, la destrucción con misiles de un antiguo satélite soviético por parte de Rusia generó un campo de escombros que obligó al personal de la EEI a tomar medidas excepcionales de seguridad, lo que provocó las iras públicas de Estados Unidos.

Sin ir más lejos, los expertos explican que uno de los puntales de la estrategia americana en la crisis de Ucrania consiste en retrasar todo lo posible el conflicto en tierra y aire a la vez que se clavan cuchillos en el espacio exterior, en satélites de seguridad, inteligencia y redes de comunicación.

"Pero esto también lo sabe Rusia", señalan desde el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, una organización sin ánimo de lucro. "El espacio exterior es otro campo de batalla y es un objetivo claro para ambos bandos. Muchos se rieron del anuncio de la USSF hace dos años y ahora veremos su potencial en una guerra real".

Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.

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