La guerra del alfabeto

Por Andoni Unzalu Garaigordobil (EL CORREO DIGITAL, 10/07/08):

Hay un dicho en castellano que dice ‘de Guatemala a Guatepeor’. Quiere decir que, a veces, queriendo salir de una mala situación terminamos en otra mucho peor. Esto de las políticas lingüísticas aplicadas por el Gobierno vasco, que supuestamente apoyan el euskara, nos está creando muchos problemas. Lo peor que nos puede pasar a los vascos es que a consecuencia de políticas desmesuradas, y algunas veces irracionales, consigan enfrentarnos en dos comunidades lingüísticas, abriendo la guerra entre los que defienden el euskara y los que defienden el castellano. Si se inicia esta guerra es suicida para todos: para la convivencia social y para los euskaltzales que quieren seguir hablando en euskara. Y poco va a importar decir: tú has iniciado la trifulca, porque desde los dos lados se utilizará este argumento.

Vayamos por partes: ¿las políticas que está aplicando el Gobierno vasco crean indefensión y desigualdad de oportunidades para las personas que no saben euskara? Para todo aquél que mira sin prejuicios es obvio que sí. Es obvio que las personas que no saben euskara tienen menos oportunidades en Euskadi que las que saben euskara. Para miles de jóvenes que hacen de las empresas de servicios y grandes superficies su primer acceso, muchas veces precario, al mundo laboral, el anuncio del decreto al respecto debe de ser desolador.

Pero la pregunta más importante es la siguiente: estas medidas del Gobierno que discriminan a parte importante de la población vasca, ¿sirven realmente para fomentar el euskara? Yo respondo que no. Sirven para otras cosas; para fortalecer el sentimiento nacionalista, para proteger a miembros, sobre todo, de la comunidad nacionalista para que tengan mejores oportunidades sociales que los demás. Pero no son fundamentalmente para el fomento del uso del euskara. Me estoy refiriendo a las medidas que mayor desigualdad crean. Hay ciertamente algunas que sí, que ayudan a los vascoparlantes a que puedan seguir hablando en euskara o que les sea posible el acceso a productos en euskara. Pero las medidas que crean desigualdad no fomentan el uso del euskara, lo que hacen es que unos vascos tengan mejores opciones que otros vascos. Nada más.

Por ello lo primero que tenemos que hacer es identificar correctamente el problema. Aquí no se trata de guerras entre idiomas: eso es una locura que no tiene sentido. Lo que tenemos es un Gobierno vasco que crea desigualdades entre los ciudadanos vascos: el idioma, el euskara, es sólo una excusa. La raya fundamental que crea esa desigualdad es la pertenencia o no a la comunidad nacionalista, sepas euskara o no. Somos un país pequeño. Sólo tenemos que mirar a nuestro alrededor y ver quién ocupa qué puesto y dónde. Quiénes son tratados con atención especial y quiénes son desdeñados.

Y en esto sí tenemos un problema serio en Euskadi. Nuestro Gobierno no fomenta la igualdad de oportunidades para todos sus ciudadanos. Cualquier esfuerzo que hagamos para denunciar esto, bienvenido sea. Cualquier medida política que potenciemos para corregir esta situación es la vía correcta.

Pero lo de los idiomas es otra cosa. En Euskadi somos los que somos. Y seguiremos siendo los mismos. Hay gente que sólo habla castellano, la mayoría, y otros que hablamos además euskara, y nos gustaría seguir hablándolo, y que otros en el futuro puedan seguir hablándolo, además. Claro que los que sólo hablan castellano también quieren seguir hablándolo y desean que en el futuro otros vascos hagan lo mismo. Esto es lo que hay. Es la dura realidad y no va a cambiar mucho, a corto plazo al menos.

¿Cuál de los dos grupos tiene razón? Pues los dos tenemos razón. Y a esta afirmación hay que añadir otra: nadie debe ser discriminado por pertenecer a un grupo u otro. De estas dos afirmaciones debe surgir cualquier propuesta de futuro en Euskadi. No podemos aceptar que nadie diga: pues que aprendan todos euskara y así arreglamos el problema. No, así no arreglamos el problema, lo que hacemos es cumplir el deseo de unos para crear, en este caso a la mayoría, un problema. Tampoco podemos aceptar que se diga: dejémonos de vainas -y aquí utilizo una expresión que oí al señor Ibarretxe el otro día y que me recordó el lenguaje de los coroneles golpistas de la literatura sudamericana-, el castellano lo conocemos todos ¿no?, pues ya está. Si todos los vascos utilizáramos un solo idioma la cosa sería mucho más sencilla. Pero no es así. Parte de los vascos hablamos dos y queremos que así sea.

Desde pequeños, antes al menos, nos decían de forma machacona: mi libertad termina donde empieza la tuya. Es una verdad elemental y básica. Esa afirmación nos indica los límites de la libertad y la necesidad de negociarlos con los demás. Con el idioma pasa lo mismo, pero de forma mucho más visible. Mi derecho a utilizar el idioma que prefiero llega sólo hasta el derecho de otro a utilizar el suyo. No puedo pretender que para que se cumpla mi derecho niegue el del otro. Y este hecho nos remite a la sociedad real donde nada es absoluto. Donde sólo podemos convivir a partir de negociación y acuerdos. Nos remiten a la realidad, donde las soluciones definitivas, que arreglan el problema de una vez por todas, no existen. Una sociedad donde nos tenemos que conformar con apaños razonables.

Los vascoparlantes no podemos sustentar nuestro deseo de pervivencia del euskara en la obligación de todos los demás de aprender euskara. Y no podemos camuflar esta obligación universal recortando las posibilidades de acceso a puestos de trabajo a los que no sepan euskara. Los ciudadanos vascos, todos, debemos tener los mismos derechos y las mismas oportunidades. Y en esta labor todos deberemos renunciar a algunas cosas porque la libertad y la igualdad deben ser fronteras que limitan nuestra acción.

¿Que los últimos decretos del Gobierno vasco no garantizan esto? Ciertamente no lo garantizan. Pues debemos protestar enérgicamente y solicitar su derogación. Pero no en nombre de los idiomas, sino en nombre de la libertad e igualdad de oportunidades.