La guerra del Ártico: Rusia calienta también el norte

Hace algunos años, pocos, conocí a un veterano guardacostas de la Marina de Estados Unidos con amplia experiencia en Alaska. Tenía una mirada dura, pero tranquila. Con la piel ajada por el viento, el sol, el agua y el salitre acumulados durante varias décadas a bordo de un sinfín de embarcaciones, el tipo parecía sacado de la tripulación del Pequod.

Le pregunté por el Ártico. Me interesaba saber más sobre la última frontera de la Tierra. Respiró hondo, incómodo, y me respondió: "No tengo ni idea de las causas y en realidad tampoco me importa, pero ahora hay sólo agua donde antes sólo había hielo. Esto lo cambia todo".

Que el Círculo Polar Ártico (todo lo comprendido a partir del paralelo 66 norte) se derrite es una evidencia. En apenas tres décadas, su superficie de hielo se ha contraído un 60%. Que sea por el cambio climático o por los propios ciclos climáticos de nuestro planeta es un debate que no pone de acuerdo ni a la comunidad científica.

Pero, como decía el marinero, y también Conan, esa es otra historia.

Aunque aquel tenía toda la razón. En 2001, sólo cuatro cargueros surcaron la Gran Ruta del Norte (NSR por sus siglas en inglés). El año pasado fueron 86.

Lo que sí es una certeza es la obvia importancia de la zona ártica en las agendas de las grandes potencias, que llevan años tejiendo una compleja maraña de intereses y acciones que, tarde o temprano, desembocará en un conflicto internacional. Conflicto que lleva décadas calentándose, valga la paradoja.

Hoy es Ucrania. Mañana Taiwán. Pero pasado será el Ártico. No lo duden.

Mas, ¿a quién le interesa un continente de hielo derretido? Pues, básicamente, a todo el mundo. Porque debajo de ese hielo yace un tesoro natural de valor incalculable.

Se estima que el 13% de las reservas mundiales de petróleo y el 30% de las de gas se esconden allí. Un potosí todavía no explotado que hace salivar a más de uno y que se complementa con importantes cantidades de recursos como oro, carbón, diamantes, cobre, níquel, cinc, platino, bauxita, molibdeno, manganeso, plomo y estaño.

Hace ya tiempo que unos y otros se quitaron la careta. Todos quieren el Ártico, aunque el Ártico no sea de nadie, o más bien de todo el mundo. Así lo estipula vagamente la Convención Internacional de Derecho del Mar, aunque en puridad no existe un marco legal, a diferencia de su primo Antártico.

De ahí que la partida de ajedrez entre los Arctic Five y otros autoinvitados a la fiesta sea encarnizada y creciente en tensión.

Pero ¿quiénes son los Arctic Five? Bajo este nombre de grupo mod británico sesentero se agrupan oficiosamente los cinco países limítrofes con el Ártico: Canadá, Rusia, Estados Unidos, Noruega y Dinamarca. De entre todos ellos, hasta la fecha, los más activos son, ¡sorpresa!, los rusos.

La ambición de Moscú se remonta a 2001, cuando el mismo Vladímir Putin presentó ante la ONU una reclamación formal de territorialidad sobre más de la mitad del Ártico. En líneas generales, las demandas rusas (rechazadas, pero aún mantenidas) consisten en que se reconozca su soberanía sobre las crestas de Lomonosov y Mendeleev. Según Moscú, ambas están conectadas a la plataforma continental siberiana.

Rusia, habitualmente conchabada con Noruega en estos temas, pretende a toda costa ampliar su Zona Económica Exclusiva (ZEE) y para ello no ha escatimado en gastos para relanzar puertos por donde ya transitan cargueros, rompehielos (Rusia cuenta con la flota más grande del mundo) y navíos militares.

Pero, fiel a su naturaleza de gigante con pies de barro, dentro de las ambiciones putinescas existen enormes temores. Y es que el deshielo es una oportunidad de negocio e influencia, pero también una seria amenaza de seguridad, pues defender tanto territorio sería inviable en una guerra.

De ahí también las prisas del gran oso en desplegar cada vez más soldados y equipos en el norte, convirtiéndose de facto en el primer ejército del mundo que actúa en la región. La Flota del Norte está compuesta por portaaviones, cruceros nucleares, fragatas, drones y submarinos de nueva generación. Ha restaurado antiguas estaciones y aeródromos soviéticos, y desplegado fuerzas de defensa aeroespacial con radares por todo el norte y el este siberiano.

A Rusia, además, le toca presidir el Consejo Ártico, un club diplomático con estética de campaña de Benetton compuesto por naciones con intereses en la región. Desde allí, la propaganda rusa asegura que los intereses del país están justificados por el respeto al medioambiente. "Nada de tiros y bombas, en realidad nuestro ejército está para salvar focas" (sic).

En cualquier caso, las amplias demandas rusas son incompatibles con la de otros países. Por ejemplo, Canadá no está dispuesta a renunciar a la cresta de Lomonosov. El gran gigante blanco es el segundo país más grande y con más litoral en la región y tras la apariencia amable propia de una estrella del pop de Justin Trudeau se esconde uno de los Estados más pujantes y ambiciosos en esta carrera.

Canadá también se escuda en el respeto al medioambiente y a las comunidades nativas de la zona. Concretamente los inuits, que moran en zonas ricas en recursos energéticos y agua de Canadá y Groenlandia, pero que no se fían de Ottawa.

Por otra parte, los canadienses tienen una disputa con Dinamarca y la propia Groenlandia, quienes a su vez también andan a la gresca entre ellos desde hace años. Los daneses tienen claro que su futuro en la región pasa por la enorme isla, así como por las Feroe. Además, hacen de punta de lanza de la UE, que no quiere quedarse fuera del reparto del pastel.

Por su parte, Groenlandia, fuera de la Unión desde 1985, porfía por una independencia total reforzada tras el descubrimiento reciente de importantes yacimientos de petróleo y gas en la isla, lo que implica una mayor autonomía energética.

Estados Unidos, acuciado por su galopante crisis energética, cree que su salvación está en extender el litoral de Alaska, pues los expertos estiman que la producción nacional de crudo se dispararía, sobrepasando incluso la de países de Oriente Medio.

Pero Washington se encuentra frente a un notable obstáculo, y es que no ha ratificado la Convención del Mar de la ONU, lo que le impide realizar cualquier tipo de reclamación oficial.

A pesar de todo, los Arctic Five no tienen el monopolio del interés en la región. China o Japón han manifestado su decidido interés en participar en la fiesta. Sobre todo Pekín, que se declaró unilateralmente "estado ártico" y desde entonces construye tanto rompehielos de propulsión nuclear como portaviones ad hoc. China está obsesionada con liberarse del estrecho de Malaca y reforzar aún más su megaproyecto One Road, One Belt.

Así, esta compleja y multitudinaria ensalada internacional de intereses económicos, energéticos y militares en constante cambio va a formar parte del menú diario en los próximos años. El frío norte se calienta. Literal y figuradamente.

Andrés Ortiz Moyano es periodista y escritor.

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