La guerra del cliché

Nunca se había hablado tanto de Europa como en los últimos tiempos de angustiosas noticias en el campo de la economía. De forma sorprendente, cuando todos creíamos que la palabra languidecía monótonamente, entre bostezos y legajos burocráticos de Bruselas, la más famosa secuestrada de la Historia fue rescatada. Custodiada de forma mecánica y diligente por una Babel de traductores parlamentarios y otros tantos cientos de funcionarios y representantes políticos que cuidaban de mantener en vida la débil llama de su ilusión, o romántico espejismo, como aquellos alquimistas del callejón de Praga de Kafka que cuidaban de que el sueño y empeño de sus fórmulas áureas no se apagara jamás, la desvalida y arrinconada palabra de tan poco atractivos ropajes que la hicieran seductora, o posible de ser deseada, de nuevo ocupó un lugar. Es decir, una presencia y foco de atención en un imaginario común que una y otra vez había posado los ojos en ella, sin apenas percatarse de su existencia.

Con este repentino renacimiento de Europa en portadas, comentarios, crónicas, frases extraídas a diario aquí y allá, con un movimiento en ocasiones cercano a lo obsesivo, a lo neuróticamente recurrente, que roza la histeria, como sucede con todas las recuperaciones súbitas producto de algún tipo de amenaza o catástrofe latente, llegaron, cómo no, sin remedio, los clichés, las ideas aproximadas o apresuradamente recibidas, no se sabe bien de dónde ni en qué momento. Clichés temerosos, autodefensivos, que, en el peor de los casos, enunciaban una desconfianza hecha prejuicio puro y duro: ese tópico humillante y negligente que no solo reduce, empobrece e idiotiza al que lo enuncia, sino que condena y entierra en el submundo de lo inapelable y la opresión de una condena sin posibilidad alguna de réplica al que lo sufre. En su magnífico diálogo con Semprún (L’homme européen), el antaño primer ministro francés, y notable intelectual europeo, Dominique de Villepin escribió sobre ese miedo, «maestro de Europa», que habitó desde siempre en el continente y que es un conocido demonio «que resurgía en los momentos de más grandes angustias, cuando los puntos de referencia se borran y una bruma espesa parece adueñarse de las conciencias». Evidentemente, ya no estamos en el momento de las guerras, los enfrentamientos y querellas religiosas o imperiales, con millones de muertos abonando y envenenando tristemente caminos, fronteras y ciudades de un territorio que, como dijo George Steiner, tiene en común que «inventó los cafés literarios, desde San Petersburgo a Lisboa». Pero sí estamos en la guerra contra el cliché, contra la tiranía esclavizante de lo imaginario. También lo recordó en su libro La guerra contra el cliché el enfant terrible de las letras británicas, Martin Amis, hijo de un no menos irreductible provocador contra el acomodaticio establishmentde su día, la época de la segunda posguerra mundial, Sir Kingsley Amis: «Toda
escritura es una campaña contra el cliché. No solo los clichés de la pluma, sino los de la mente y los del corazón».

Porque de esas murallas profundamente arraigadas, difíciles de derribar, las de la mente y el corazón, es de las que hablamos. En ese diálogo robado, descompensado, que humilla y sentencia, todo pasa a ser de repente una vulgar obra fantaseada, de ficción, donde personajes, lugares, paisajes congelados con dos o tres trazos veloces y distraídos dejan de tener nombre, entidad propia, y se convierten tan solo en arquetipos, en más de un caso, grotescos, risibles.

El escritor francés Flaubert, que odiaba, social y mentalmente hablando, lo insípido, la vulgaridad y planicie biempensante, así como el ramplón adocenamiento y materialismo de los burgueses de su época, dejó escrita una genial sátira, que aparecería de forma póstuma, sobre la futilidad del saber humano y la terca presencia de la mediocridad. La obra, Bouvard y Pécuchet, iría seguida o completada, según se supone, de otra cáustica compilación de idioteces o «catálogo de opiniones elegantes», con las que Flaubert quiso retratar los endémicos clichés y refinada falta de cultura de la sociedad francesa bajo el Segundo Imperio. Lo tituló Diccionario de las ideas recibidasy en él volcaría tanto tópicos hacia los solteros, una institución mirada de forma sospechosa, a la que él mismo pertenecía («Desenfreno: causa de todas las enfermedades de los solteros»), como aforismos que aludían a motivos religiosos, que hoy serían observados como políticamente intocables («Corán: libro de Mahoma. Solo habla de mujeres»), hechos históricos del pasado sobre los que era obligado opinar en los salones parisinos («Feudalismo: no tener ninguna idea precisa del mismo, pero criticarlo»), prácticas o modalidades militares teñidas de humor negro («Fusilar: es más noble que guillotinar. Es una alegría para el individuo al que se concede este favor») o mordaces ironías con las que ya desde entonces se encasillaba automáticamente a las mujeres («Histeria: confundirla con ninfomanía»). Pero había una entrada de su pérfido diccionario que inmediatamente llama la atención a cualquier habitante de un sur de Europa soleado y siempre festivo, según los cánones: «Indolencia: resultado de los países cálidos».

Como vemos por tan sarcástica frase, nada se ha inventado. Cuando los vientos familiares europeos empezaron a soplar a contrapié en los últimos años, enseguida volvió a soplar de forma feroz el viento burdo de los clichés. Expresiones fulminantes con las que descalificar, si no a contrarios, sí a compañeros de patio que habían hecho mal los deberes, que «no generan confianza», que irritan a causa de supuestas culpas congénitas o «pecados originales», difíciles de extirpar, ya que lo llevan inscrito en los genes. Es decir, la vieja letanía de pequeños mohínes de desprecio del norte sobrio, responsable y trabajador, contra el sur, bañado pecaminosamente de sol y tumbado sin posibilidad de rescate en la bartola. ¿Nos conoceremos los europeos en alguna ocasión, más allá de las cuatro o cinco pinceladas groseras y aproximativas extraídas de viajes apresurados de fin de semana a emblemáticas ciudades-museo, como se sabe en decadencia, o a resplandecientes calles y playas donde nunca parece ocultarse el sol, pero, como igualmente se sabe, llamadas a la indisciplina y la apatía laboral? ¿Hasta cuándo oiremos chistes de mal gusto sobre los griegos y su doble contabilidad endémica, los españoles perezosamente instalados en vacaciones infinitas o los italianos demasiado aficionados a votar, hasta el fin de los tiempos, a personajes inmoralmente adictos al bunga-bunga? Contra la ignorancia, contra las interesadas y malévolas aproximaciones, contra la deificación de unos únicos ídolos materiales, sociales y políticos posibles, la economía y la tecnología, solo cabe la cultura, el respeto y profundización del otro, a través del ingente patrimonio que poseemos y del que todos venimos: el milenario mercado común cultural europeo. Lo acaba de decir no hace mucho, en el Congreso Europeo de Cultura recientemente celebrado en la ciudad de Wroclaw, el sociólogo Zygmunt Bauman, autor de Modernidad y Holocausto y Modernidad líquida: «El futuro de Europa depende de la cultura, es nuestro principal recurso económico, como lo sería el petróleo para otros».

Por Mercedes Monmany, escritora.

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