La guerra en Afganistán

Somos muchos los ciudadanos españoles que nos interesamos por la política exterior que el Gobierno de España trata de realizar. Me refiero, por ejemplo, a la presencia de España en Afganistán y al aumento de tropas que, al parecer, piensa efectuar en aquel país.

Cuando se trata de la guerra hay que ser lúcido y audaz, pues las guerras de invasión y ocupación resultan siempre injustas y tremendamente crueles y devastadoras. El mundo no está para imperialismos basados en la fuerza de las armas. Ya es sintomático que EEUU consuma anualmente en gasto militar más que el resto del mundo (700.000 millones de dólares), y que a mantener su hegemonía actual contribuyan las más de 140 bases militares extendidas por todo el mundo.

Esa superioridad económico-militar se ha construido a costa de sacrificar la dignidad y la igualdad de otras naciones invadidas, expropiadas de sus bienes y administradas desde fuera por el poder de EEUU. Y si esas naciones invocan el derecho a ser soberanas, sufren entonces la represión y la condición de ser sometidas al yugo de un poder extranjero. No son estos la letra ni el espíritu de la carta de derechos universales de la ONU que, aleccionada por las espantosas experiencias del pasado, decidió no volver nunca más a esta barbarie y resolver pacíficamente los conflictos entre las naciones.

No vale, por tanto, disfrazar la razón de la guerra con la alianza de grupos regionales o continentales, ideológicos o raciales, económicos o geoestratégicos, porque nunca tales alianzas pueden sobreponerse al sagrado valor de la vida, de la cultura, de la historia y de la soberanía de los pueblos. La vida y la historia de las naciones deben construirse sobre el pilar de la igualdad, del respeto, del diálogo y de la cooperación, sustentado siempre en la convicción de la igualdad e idénticos derechos que cohesionan a todas las naciones. La ética de la convivencia humana no puede ser disyuntiva: nosotros o ellos, sino que ha de ser conjuntiva: nosotros y ellos.

Me parece una monstruosidad que se siga alentando la división de los pueblos bajo el mentecato dualismo de buenos y malos (los del eje del mal), civilizados y terroristas (los que no aceptan la dominación), y que tal división sea establecida por quien más responsabilidad tiene en el quebranto y sufrimiento de una política de sometimiento. Y a quienes, con toda legitimidad, tratan de defender su propia libertad e independencia, se les denomina –sin definir previamente qué es el terrorismo– terroristas.

Son cosas elementales en base a las que cualquier ciudadano normal un poco informado considera errada e interesada la actual guerra de EEUU en Afganistán. Esa es una guerra imperialista, de ocupación, contra todo derecho, injustificada e hipócritamente presentada como medio para asegurar la democracia, las libertades, la reconciliación y el bienestar del pueblo. Una democracia que pronto dejará de tener sujeto con qué construirse, pues la indomable voluntad de independencia de sus habitantes la están pagando con un deliberado exterminio, el genocidio.

Antes que nada, hay que preguntarse si es necesaria y justa esa guerra y tiene razón de ser: origen, causas y razones de su existencia. Son muchos los que piensan que la presencia española –y de otros países– en Afganistán no se justifica argumentando que estamos allí por cuestión de asistencia humanitaria, contención del terrorismo, seguridad de unos y de otros y para evitar las catastróficas hostilidades internas. Este es un argumento difícil de creer, pues para evitar los efectos devastadores, a los que decimos estar atendiendo en parte, no hay como negar la guerra misma y a quien la apadrina. Los riesgos de las hostilidades internas –innegables– habrá que ver en su momento cómo se afrontan desde el derecho internacional y desde la carta de las Naciones Unidas, sin caer en el abismo de la actual crueldad.

Estados Unidos no puede soportar en soledad la vergüenza de una guerra tan desalmada y busca exonerar su crimen aduciendo el apoyo de otras naciones. La complicidad de otros gobiernos, que no pueblos, indica hasta qué punto las llamadas democracias occidentales han procedido en su política con miedo y no con libertad y según derecho. Medrar y recabar políticamente favores a base de dimitir de los principios es deshonor y servidumbre. Un mayor progreso y éxito políticos con servidumbre es maldito, y es preferible un progreso ético con libertad, aunque sea menor.

Se puede seguir con reconocimiento en no pocas cosas la tarea del Gobierno español actual y alentarle a proseguir en ella. Pero en este punto, duro y complejo, va a necesitar un plus de coraje y radicalidad, para tender a la meta deseable, logrando que de una vez por todas nos liberemos de la locura de la guerra. Si se cree en la igual dignidad de todo ser humano y en la soberanía de las naciones, no es posible resignarse a que grupos idólatras del dinero y del clasismo dominen el rumbo de la humanidad y la sometan a aventuras suicidas. Un principio básico de la convivencia es la hermandad universal, que humaniza, libera y jamás somete ni explota.

Benjamín Forcano, sacerdote y teólogo.