La guerra fresca de Putin

Luego de abrumar con severas advertencias a los secretarios de Estado y de Defensa de EEUU, Condoleezza Rice y Robert Gates, respectivamente, el presidente Vladimir Putin salió de su dacha moscovita para trasladarse a Teherán en una visita que resume los crecientes desacuerdos entre Washington y Moscú en medio del deterioro imparable de la situación internacional. El periodo de cooperación que se abrió entre EEUU y Rusia tras la extinción de la URSS en 1991 parece que llega a su fin.

El presidente ruso se mostró irascible ante los enviados de Bush para subrayar su más enérgico rechazo a la decisión estadounidense, respaldada por la OTAN, de instalar en Polonia y Checoslovaquia los misiles defensivos que forman parte del llamado escudo galáctico que debe proteger a Europa y las bases norteamericanas de un eventual ataque procedente de Asia, y concretamente de un Irán nuclearizado. El corolario de este desencuentro es que están en entredicho los tratados sobre la reducción de las fuerzas convencionales y de las cabezas nucleares a ambos lados de las fronteras de la guerra fría. Queda reabierta, por tanto, la carrera armamentista.

Antes de buscar un consenso sobre cómo instalar un escudo antimisiles en algún lugar de la Luna --ironizó Putin ante Rice y Gates, en referencia a la nueva versión de la costosa guerra de la galaxias--, "no deberíamos perder la oportunidad de llegar a algunos acuerdos concretos entre nosotros". Al menos en público, ante el enjambre de los periodistas rusos y estadounidenses, las calurosas relaciones anudadas entre los dos países en la época de Yeltsin quedaron a la intemperie y corren el riesgo de congelarse hasta que un nuevo presidente se instale en la Casa Blanca en enero del 2009.

La desenvoltura y hasta la descortesía del presidente ruso ante los enviados de Bush --a los que hizo esperar 40 minutos-- reflejan igualmente la fatiga y los límites de la hiperpotencia. La diplomacia de EEUU está debilitada por el atasco militar en Irak, las divergencias políticas internas, exacerbadas por la precampaña electoral, y las incertidumbres económicas derivadas de un endeudamiento aparatoso, en el mismo momento en que arrecia la polémica sobre cómo responder al desafío de los ayatolás de Teherán sin sucumbir ante el dilema de la bomba (iraní) o la guerra (los bombardeos israelís y/o norteamericanos).

En su visita a Teherán, la primera de un líder del Kremlin desde la que efectuó Stalin en plena guerra mundial para entrevistarse con Roosevelt y Churchill (1943), Putin reiteró su rechazo de más duras sanciones de la ONU contra Irán, para forzarle a detener el programa de enriquecimiento de uranio, y advirtió contra el empleo de la coerción militar. Bajo la batuta de Moscú, los cinco estados ribereños del mar Caspio firmaron una declaración en la que se comprometen a no prestar su territorio para una operación bélica contra Irán, en alusión apenas velada a EEUU.

El hecho de que Vladimir Putin acepte sin pestañear la afirmación de su homólogo iraní, Mahmud Ahmadineyad, de que el programa nuclear en curso no pretende otra cosa que la utilización pacífica de la energía del átomo, confirma hasta qué punto la diplomacia de Moscú está propulsada por unos intereses estratégicos y económicos cuyo objetivo último no es desenterrar la guerra fría, fuera de su alcance, sino inaugurar la guerra fresca, el hostigamiento permanente contra la hegemonía norteamericana, ya se trate del Caspio, del Cáucaso o de las repúblicas asiáticas exsoviéticas, el "extranjero próximo" de los estrategas del Kremlin por el que fluyen el petróleo y el gas.

No está nada claro hasta dónde está dispuesto a llegar Putin en su respaldo indirecto de los sueños nucleares de la república islámica, habida cuenta las contradicciones históricas entre ambos países y el legado de sospecha que persiste desde que el Irán monárquico, bajo influencia anglosajona, era una de las avanzadillas del Pentágono para escrutar el territorio soviético. No cabe duda, sin embargo, de que la ambición nuclear de Teherán, que se propaga como la pólvora, constituye uno de los factores que delimitan nuestro futuro y que amenaza con incendiar una región en pie de guerra desde hace más de medio siglo.

La otra realidad geoestratégica es que Rusia y China aprovechan su pertenencia a la Organización de Cooperación de Shanghái, en la que cortejan a las repúblicas asiáticas ex soviéticas, ricas en hidrocarburos, y extienden su influencia por toda Asia, a la espera de una coyuntura favorable para la adhesión de India, Pakistán y Mongolia. En contraste con los escenarios bélicos de EEUU, en Afganistán e Irak, que demuestran los límites de la superioridad técnica, Moscú y Pekín se promocionan como árbitros o mediadores para dinamitar el mundo unipolar dirigido por Washington.

Como si nos adentráramos en un nuevo mundo caracterizado por la pérdida de poder y prestigio por parte de EEUU, la apocalíptica proliferación nuclear, la decadencia demográfica y militar de Europa, la emergencia económica y geoestratégica de China e India y la resurrección de Rusia como interlocutor inesquivable y problemático de Occidente, cuando no concurrente peligroso, como se comprueba en Irán, en la frontera convulsa entre el Occidente y los países emergentes. También del terrorismo y de los estados fallidos o antimodernos en los que florece.

Mateo Madridejos, periodista e historiador.