La Guerra Fría que reconforta

Las relaciones occidentales con Rusia pocas veces han sido peores de lo que son hoy, luego de la intervención del presidente ruso, Vladimir Putin, en Ucrania y la decisión de anexar Crimea. Sin embargo, el presidente norteamericano, Barack Obama, ha intentado asegurarle al mundo que éste no es el comienzo de una nueva Guerra Fría.

Aun así, los liberales y los conservadores de línea dura de Estados Unidos están comparando el liderazgo de Obama de manera desfavorable frente a presidentes supuestamente más duros como Dwight Eisenhower y Ronald Reagan. No importa que Eisenhower no hiciera nada para impedir que los tanques soviéticos aplastaran el levantamiento húngaro en 1956, o que Reagan no tuviera ninguna intención de respaldar a los activistas de Solidaridad cuando se levantaron contra el régimen comunista de Polonia.

En muchos sentidos, la Guerra Fría les facilitó las cosas a los presidentes norteamericanos. Había solamente dos grandes potencias -China, en verdad, recién hace poco comenzó a cobrar relevancia- y sus esferas de interés estaban claramente definidas. La ideología gobernante de la Unión Soviética era igualmente clara: una versión estalinista del comunismo.

En realidad, el estalinismo, al igual que el maoísmo en China, era profundamente conservador y estaba destinado principalmente a consolidar el poder del régimen fronteras adentro y su dominio sobre los satélites en el exterior. El enemigo ideológico era el mundo capitalista, pero los enemigos inmediatos eran los “trotskistas”, los “revisionistas” y otros “elementos reaccionarios” dentro de la esfera soviética. En tiempos de crisis, el nacionalismo ruso de la vieja escuela se movilizaba al servicio de los intereses soviéticos.

China era similar. Mao no era un expansionista imperial -nunca se preocupó ni siquiera por pedirles a los británicos que les devolviera Hong Kong-. Mao también centró el nacionalismo chino casi enteramente en el nuevo mundo valiente del comunismo.

Sin embargo, todo cambió después de la muerte de Mao y el colapso de la Unión Soviética. El comunismo, como ideología gobernante, desapareció en Rusia y se ha diluido tanto en la China capitalista que apenas quedan sus adornos simbólicos -y un partido leninista con un monopolio en el poder.

Esto dejó un vacío en ambos países, en el que el gobierno de Rusia se esfuerza por justificar una autocracia electa y la dictadura de partido único de China busca una nueva fuente de legitimidad. Repentinamente se revivieron las viejas tradiciones desacreditadas. Putin cita a filósofos casi olvidados en un esfuerzo por demostrar la superioridad espiritual del alma nacional de Rusia. Los funcionarios chinos ahora se refieren al confucianismo como la base de una nueva identidad política.

Gran parte de esto está mal concebido, en el mejor de los casos. La mayoría de los chinos, incluidos los funcionarios del gobierno, tienen un conocimiento apenas limitado de los clásicos confucianos. Tienden a elegir citas que respaldan la manera en que ellos entienden el poder, destacando virtudes “tradicionales” como la obediencia a la autoridad y olvidándose de mencionar que el pensamiento confuciano defiende el derecho a rebelarse contra los gobernantes injustos.

Los filósofos favoritos de Putin son una mezcla de nacionalistas místicos que concebían a Rusia como una comunidad espiritual basada en la fe ortodoxa, pero cuyas ideas son demasiado oscuras y demasiado diversas en otros sentidos como para ofrecer una ideología coherente. Tampoco sus ideas están siempre en línea con las de Putin. Putin considera que el colapso de la Unión Soviética es una calamidad importante; sin embargo, cita libremente a Ivan Ilyin, quien se convirtió en un feroz opositor del régimen soviético y fue deportado por Lenin a Europa occidental en 1922.

Puede ser que Putin crea genuinamente que Rusia es un bastión espiritual contra la decadencia de un mundo occidental que fue corrompido por el materialismo y la homosexualidad. También es posible que los gobernantes actuales de China, cuyas familias se enriquecieron gracias a favores políticos, sean estudiantes convencidos de la filosofía confuciana. Pero los gobiernos en Rusia y China están guiados por algo con lo que resulta mucho más difícil lidiar: el nacionalismo basado en el resentimiento.

El dogma maoísta en China ha sido en gran medida remplazado por algo llamado “educación patriótica”, manifestada en libros de texto escolares, museos de historia y una variedad de monumentos. Los chinos crecieron con la idea -no del todo errada- de que China fue profundamente humillada por los extranjeros durante más de cien años, especialmente durante las Guerras del Opio del siglo XIX y las brutales invasiones japonesas. Sólo una China fuerte, bajo el firme liderazgo del Partido Comunista, puede proteger a su pueblo de futuras depredaciones.

En Rusia, Putin también está manipulando viejos reclamos y una sensación tradicional de que el malvado Occidente está predispuesto a minar la unidad rusa y destruir su alma. Como sucede con los líderes de China, Putin acusa a Occidente de aliarse contra Rusia.

Se puede llamar a esto paranoia, pero no es completamente irracional. Después de todo, tanto Rusia como China están rodeadas por países aliados con Estados Unidos. Y, al presionar a la OTAN hasta las fronteras rusas, Occidente ha sido escasamente sensible a las preocupaciones de seguridad rusas.

El problema con el nacionalismo basado en el resentimiento es que dificulta la diplomacia, que se basa en el toma y daca. Las críticas rápidamente se ven como un signo de hostilidad o una falta de respeto. Las acciones mal acogidas de políticos norteamericanos o japoneses son tildadas oficialmente de “insultos al pueblo”.

Por supuesto, gran parte de esto está destinado al consumo interno -una manera de movilizar a la opinión pública detrás de gobernantes autoritarios-. Pero el nacionalismo resentido de estas autocracias poderosas hace que resulte mucho más difícil lidiar con ellas que con sus antecesores comunistas más brutales pero menos impredecibles.

Dado que la confrontación militar sería extremadamente peligrosa, la mejor fórmula tal vez siga siendo la trazada por el diplomático norteamericano George Kennan en 1947. Si no se puede tratar a China y a Rusia como amigos, el conflicto se puede manejar reconociendo sus intereses diferentes, mediante una constante vigilancia y manteniendo la fuerza de nuestras propias instituciones democráticas. Si, pace Obama, estamos en los albores de una nueva Guerra Fría, que así sea. El objetivo de la Guerra Fría era asegurar que se impidiera una guerra caliente.

Ian Buruma is Professor of Democracy, Human Rights, and Journalism at Bard College. He is the author of numerous books, including Murder in Amsterdam: The Death of Theo Van Gogh and the Limits of Tolerance and, most recently, Year Zero: A History of 1945.

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