La guerra ha cumplido cinco años

Por Gregorio Morán (LA VANGUARDIA, 16/09/06):

Las guerras suelen comenzar con una derrota. En la declaración formal del inicio de una guerra es inevitable que haya un vencedor y un derrotado. Luego la reconstrucción de los hechos y las aportaciones historiográficas lo complican y tienden a justificar siempre el punto de vista de quien al final triunfa, pero en el comienzo siempre está alguien que logra una victoria y alguien que ha de admitir, aunque sea sólo en su fuero interno, que ha sido derrotado. Así sucedió con los atentados del 11 de septiembre en el corazón de Estados Unidos.

En el momento en que su hegemonía sobre el mundo era más indiscutible, en que ningún estado del planeta tenía capacidad alguna para cuestionar, ni siquiera para cuestionar, esa hegemonía de Estados Unidos, un grupo militante con base en uno de los países más pobres de la tierra, como era y sigue siendo Afganistán, logra derrotar a quien sólo estaba preparado para vencer. Y consigue una victoria conforme a fórmulas que jamás habían sido utilizadas en la forma y el volumen que se usaron. Objetivos civiles con procedimientos de terrorismo masivo. La frívola estupidez de las teorías conspirativas de la historia, según las cuales los hechos no fueron lo que fueron y se trató de gigantescas manipulaciones viene a abonar, en el fondo, una verdad incontestable; la gente prefiere la fantasía a la realidad, porque de la fantasía no es responsable nadie más que los magos – los magos modernos, es decir, los grandes servicios de espionaje y manipulación-, pero la realidad obliga. La realidad hay que afrontarla; la realidad nos hace responsables y nos fuerza a analizar lo que en principio nos parece imposible. Derribaron las Torres Gemelas de Nueva York, entre otras cosas, y dejaron tres mil muertos civiles en el ataque. Es la primera guerra que yo recuerde en la historia de la humanidad en que la primera batalla se da contra ciudadanos indefensos. Y eran ciudadanos indefensos porque tenían confianza absoluta en la indiscutible hegemonía del poder de su gran nación, Estados Unidos.

Párense a pensarlo un momento. No tenía nada que ver con nada y no había precedente alguno como no sea traído por los pelos.

Ni los bombardeos de Conventry, ni los de Dresde, ni Vietnam, ni siquiera la matanza militar planificada y resuelta por el alto mando que ejecutó a las poblaciones de Hiroshima y Nagasaki. No estoy hablando del volumen de la matanza, estoy hablando de la modalidad de la matanza. Y he aquí que una vez declarada la guerra, una guerra de características sin precedentes que exigía como mínimo algo sin precedentes, aunque sólo fuera en la manera de abordarla, la respuesta es absoluta y completamente convencional, tan simple como la reacción de un militar chusquero. El país más poderoso de la tierra, con un ejército de lujo por tierra, mar y aire, decide invadir al más pobre con el objetivo de liquidar al estado mayor del enemigo, Bin Laden y los suyos, y no sólo no lo logra sino que hace el ridículo más espantoso, porque no lo encuentra. ¿Se imaginan ustedes que los aliados cuando entran en Berlín no consiguen saber qué fue de Hitler y los suyos? ¿Y que se les pierden y se les escapan por las montañas bávaras o de la Selva Negra? ¿Y que no se pueden montar los Tribunales de Nuremberg porque no han encontrado a nadie? ¿O, en el peor de los casos, que secuestran a unos pringados de menor cuantía de los que tienen sospechas, – o pruebas o lo que quieran- pero que los encierran en campos de concentración para torturarlos hasta que cuenten incluso lo que no aciertan a entender? El sueño de todo terrorista político es obligar al Estado a que haga aquello mismo que le reprocha a él. Se llama la teoría de la escalada acción-represión y es más vieja que Franz Fanon, que ya lleva dando ortigas casi medio siglo.

Fracasada en todos sus objetivos la guerra en Afganistán y obsesionados por una victoria estruendosa, se lanzan a una operación que ni la mente más estúpida hubiera sido capaz de imaginar. Invadir Iraq. ¿Por qué Iraq? Pues porque la liquidación de Sadam era un viejo proyecto inacabado con el que se mataban varios pájaros en una sola guerra: recomponer el mapa de la región y resituar la política de Israel, auténtico pivote sobre el que se asienta toda este batiburrillo geopolítico que ha convertido el mundo en un barril de dinamita. Y de nuevo otro fracaso, pero en este caso agravado porque se buscaron dos aliados para lo que iba a ser un cambio trascendental en la zona, la Gran Bretaña de Blair y la España de Aznar. El apoyo del presidente Aznar a la operación de invasión de Iraq es una de las aventuras políticas más alucinantes de nuestra política exterior y sólo puede entenderse desde la perspectiva de quien ha perdido el norte de puro soberbio; por su gesto me recuerda la propuesta atribuida al general mallorquín Valeriano Weyler durante la guerra con Estados Unidos, en 1898, de invadir Nueva York a la bayoneta calada. Lo único que no contemplaba era la derrota, que es lo que ocurrió, y la reacción del enemigo que golpearía Madrid en una sangrienta ofensiva que le habría de costar la derrota a él, un precio discreto si tenemos en cuenta los centenares de muertos.

Y entonces llegamos a la pregunta del millón, ¿cómo es posible que un mundo cada vez más delicado, en su peligroso equilibrio, tenga cada vez más irresponsables como líderes? Votados por la ciudadanía. ¿Se acuerdan de aquellas frases orondas de nuestros analistas cuando señalaban que Clinton había perdido el apoyo de sus ciudadanos por mentir en un quítame allá esa becaria? Los anglosajones no soportan que sus políticos mientan a la sociedad, aseguraban.

Para morirse de la risa. La desvergüenza de nuestros comunicadores no tiene límite. Los señores Bush y Blair han mentido hasta la saciedad, se han saltado las leyes, han violado las convenciones y no pasa nada. ¿Cómo íbamos a cambiar de líderes si estamos en guerra? Lo piensan pero no lo dicen, porque no se quiere admitir dos evidencias. Que estamos en guerra y que la estamos perdiendo. Porque a mí, como a la mayoría de los ciudadanos conscientes, nos gustaría poder decir que están en guerra y que la están perdiendo, y limitarnos al análisis. Pero eso es una de las cosas que han cambiado en esta nueva, cruel e implacable guerra que se desató el 11 de septiembre de hace cinco años; que por el hecho de ser ciudadano occidental me he convertido en objetivo, militar o terrorista, me da lo mismo la terminología por imprecisa que sea. Todo terrorista es un supuesto soldado al que le importan un bledo las reglas de la guerra, pero esta brillante definición exige que los militares respeten las reglas de la guerra.

En el más optimista de los análisis podríamos decir que ninguna de las batallas que se iniciaron desde el 11 de septiembre de 2001 han terminado: todas siguen y no tienen visos de un final a corto plazo. Admitamos que no se han perdido, pero sí hemos perdido en vidas humanas y en seguridad y en libertad. Si de la guerra siempre se ha dicho que es el más suculento, y arriesgado, de los negocios, el resultado tiene que ser apabullante, porque estamos viviendo una sangría permanente a la que nadie le ve fin, y la gente aguanta con un volumen de protesta modestísimo.

Y es que ha ocurrido un fenómeno muy curioso. La defenestración de Aznar y la inminente de Blair – tan diferentes y tan similares- se producen en un momento en el que todo estaba preparado para gozar de una nueva situación de giro general a la derecha, bajo la ola benéfica del neoconservadurismo. Se habían preparado para este cambio de ciclo histórico. Y cuando las baterías estaban relucientes esperando la gran descarga artillera, el efecto de la guerra de estos cinco años se va torciendo y estamos ante la paradoja de un ciclo conservador en quiebra antes de que pudiera surgir nada nuevo. Se abortó el proyecto porque el volumen de dificultades es muy superior al de capacidades dirigentes. Y aquí es cuando aparece esa cirugía plástica del análisis de los comunicadores. Lo hacen bajo la forma de advertencia: no caigamos en los análisis simplistas sobre la política de Estados Unidos o de Israel.

Es precioso. Llevan cinco años de simplificaciones mostrencas sobre cualquier referencia al adversario que nos está acosando y sometiendo a una erosión permanente, incluso con derrotas palmarias, y ellos, que tenían ya el piñón fijo para marchar por la amplia avenida neoconservadora, están atascados. Cómo van a cometer la simpleza de reconocer que el presidente de Estados Unidos es una vergüenza nacional, o que Blair es un payaso cuya credibilidad no alcanza ni a la pista de su propio circo. De Aznar sí, porque es árbol caído.

Ellos que estaban preparados para adaptar los neocon a nuestra singularidad, mediterránea o hispánica, me da igual, y que ponían notas a pie de página a la tercera vía del gran Blair. “Nuestra superioridad moral”, decían, si es que alguna vez tuvo sentido tal expresión, ahora un tanto ajada cuando el paraguas de Estados Unidos está anegado de sangre y mierda, y cuando el estado de Israel parece dispuesto a cumplir al pie de la letra el mismo destino que selló la Sudáfrica del apartheid.

Estamos atrapados en un juego de idiotas que cada día nos cuesta más muertes, más riesgos y menos autoridad ética para poder decir que estamos siendo derrotados en todo aquello por lo que luchamos. Ni siquiera nos queda el recurso de Antígona, la piedad ha sido desterrada porque la gente tiene miedo de sentir piedad. Además, quién carajo se acuerda de Antígona.