La guerra, hasta el momento

Por Edward N. Luttwak, miembro directivo del Centro de Estudios Internacionales y Estratégicos de Washington (EL PAIS, 27/03/03):

Los informes sobre las bajas en combate estadounidenses y británicas caídas en emboscadas y escaramuzas, los soldados capturados de una unidad de mantenimiento extraviada, la destrucción de un cazabombardero Tornado de la fuerza aérea británica por un misil Patriot estadounidense, el ataque con granadas por parte de un soldado de la 101 Airborne contra sus propios mandos y otros incidentes similares son simplemente eso, incidentes ocurridos al margen del acontecimiento principal: el casi imparable avance de las fuerzas estadounidenses hacia Bagdad y de las fuerzas combinadas británicas y de EE UU a ambos lados de Basora. Todas las muertes en combate son una tragedia infinita para los propios individuos y para sus familias y amigos, pero, dada la escala de esta guerra, el número de muertes sólo puede describirse como insignificante. La razón es evidente: haciendo caso omiso de los planes de guerra, las órdenes y las exhortaciones de Sadam Husein, las divisiones iraquíes con sus cientos de tanques y miles de soldados no están librando batallas divisionales para enfrentarse a la ofensiva completa que se dirige hacia Bagdad, y las brigadas y los regimientos no están usando su fuerza conjunta para mantener sus posiciones. La supremacía aérea británica y estadounidense no explica esta ausencia de resistencia organizada, ya que, aunque la precisión fuera perfecta, inutilizar las grandes formaciones iraquíes que hasta el momento han sido rebasadas habría costado semanas de ataques aéreos y no unos días.

Incluso las pequeñas divisiones de la Guardia Republicana tienen cerca de 600 vehículos blindados y 50 piezas de artillería, cada uno de los cuales sólo puede ser destruido individualmente, con un misil lanzado desde un avión que sólo puede soltar dos por misión, es decir, dos al día. Con muchos otros blancos prioritarios y no más de 700 cazas disponibles, no ha habido tiempo para destruir al ejército iraquí. Está claro que las formaciones rebasadas hasta ahora -aproximadamente una tercera parte del ejército- no han sido derribadas por ataques aéreos. Simplemente se niegan a luchar. En cambio, algunos pequeños destacamentos de la Guardia Republicana y de seguridad -suníes del norte aislados en territorio hostil chií, donde no se pueden dispersar entre la población-, fragmentos de unidades del Ejército comandadas por valientes oficiales, circunstanciales y entusiastas milicianos no cualificados (los “mártires de Sadam”), presentan resistencia aquí y allí, sorprendiendo de vez en cuando a alguna unidad en pleno avance apresurado, preparando emboscadas a vehículos aislados, incluso lanzando ataques desesperados contra columnas en avance, que no tienen más que hacer un pequeño descanso para deshacerse de ellos.

A falta del material habitual sobre la guerra en el desierto -las batallas con tanques, la infantería mecanizada y la artillería que abren o cierran caminos de avance, causando cientos de muertes todos los días incluso en el bando victorioso-, los informes de los medios de comunicación se han centrado en episodios aislados de los contraataques iraquíes y, por una vez, los jefes del Pentágono no se pueden quejar de una cobertura distorsionada, porque la información militar oficial no es diferente. Pero no es recurriendo a las escaramuzas como se paran las grandes ofensivas y, de hecho, las tropas estadounidenses siguen avanzando: en el momento de escribir estas líneas, la 3ª División de Infantería del Ejército de EE UU se encuentra retenida -por una tormenta de arena, no por la resistencia enemiga- a 80 kilómetros de Bagdad, con la 1ª División de Marina y otras fuerzas del ejército siguiéndole los talones, mientras que en el sureste de Irak los marines británicos y estadounidenses avanzan hacia Almara, a casi 160 kilómetros de Basora, tras haber dejado asegurada hace tiempo la península de Fao, al sur. Está claro que nunca en la historia se había avanzado con tanta rapidez. Ni siquiera las ofensivas en el desierto más famosas y arrolladoras de las guerras pasadas -el avance de Rommel hacia Tobruk, en el norte de África, en 1942, o el avance de los israelíes en el Sinaí en 1967- consiguieron alcanzar ni la tercera parte de la velocidad de la 3ª División de Infantería en su marcha hacia Bagdad (consiguió una fenomenal media de 32,18 km por hora desde Kuwait hasta An Najaf, más de dos tercios de la distancia hasta Bagdad), y hasta la 1ª División de la Marina se ha movido más rápido de lo que Rommel consiguiera nunca (12,87 kilómetros por hora), a pesar de sus claramente inapropiados vehículos anfibios acorazados, diseñados para cruzar playas y no desiertos. Las tormentas de arena y los atascos en los suministros de combustible (con tan pocos combates reales se ha usado poca munición) podrán frenar el avance durante el tiempo que duren, pero no parece probable que las fuerzas iraquíes repentinamente vayan a empezar a luchar en serio a las puertas de Bagdad, es decir, con grandes formaciones y de manera eficaz, en vez de con pequeños destacamentos a la desesperada y sin efecto.

¿Qué ocurrirá cuando las fuerzas estadounidenses alcancen las afueras de Bagdad? Sadam Husein, en su último discurso televisado, ha ridiculizado la ofensiva porque ha pasado de largo pueblos y ciudades en lugar de abrirse paso a través de ellos, alegando que los aliados están muertos de miedo por la posibilidad de enfrentarse en las calles a los valientes iraquíes en combates cuerpo a cuerpo. El hecho mismo de que Sadam Husein pueda seguir levantando la moral y meter miedo a los supuestos disidentes utilizando libremente la televisión y la radio iraquíes es una consecuencia muy adversa de la extrema selectividad de los bombardeos. Los estadounidenses se felicitan por las minuciosas precauciones tomadas para evitar sufrimiento y víctimas civiles, pero uno se pregunta el coste que esto tendrá para las tropas que pronto entrarán en Bagdad. En parte debido a que demasiados civiles viven en los alrededores, y en parte para evitar incomodar a la población interrumpiendo el suministro eléctrico como en 1991, el régimen sigue teniendo en funcionamiento un sistema de mando, de policía y de medios de comunicación. El Ministerio de Defensa, por ejemplo, no ha sufrido el más mínimo ataque; tampoco lo han sufrido muchas comisarías de policía o emisoras de radio y televisión. Hasta los hoteles donde duermen los periodistas son santuarios, y sus recibidores hacen las veces de excelentes puestos de mando.

Un alto coste es que la capacidad del régimen para controlar a la población de Bagdad no se ha visto reducida, lo que excluye cualquier esperanza de una revuelta espontánea ni siquiera en Sadam City, la enorme barriada chií donde, a decir de todos, Sadam es especialmente odiado. Es una política terca: perpetuar el régimen causa más bajas entre las tropas iraquíes de las que jamás causarían los daños colaterales. Luego están las ventajas tácticas permanentes y universales de cualquier defensa callejera. Una es la infinidad de barreras a la visibilidad que suponen una infinidad de muros, que en gran medida anulan el alcance y la ventaja de concentración de la mayoría de las armas, a la vez que reducen la potencia aérea y la artillería a un papel completamente marginal cuando la prioridad dominante es evitar infligir bajas civiles. Otra es la fragmentación que los edificios de muchos pisos imponen a los atacantes si no pueden bombardearlos: la infantería sólo puede controlar el espacio en dos dimensiones, y si debe asegurar edificios piso a piso, necesitaría todo un batallón para hacerse con un par de bloques de oficinas corrientes. Con sólo treinta batallones más o menos en toda la ofensiva estadounidense, y cientos de esos edificios sólo en el centro de Bagdad, la aritmética implica una conquista muy lenta y muy sangrienta. Pero la realidad imperante hasta ahora ha sido una aritmética muy distinta: sólo un pequeño porcentaje de todos los iraquíes en armas -menos del 10% – han resistido hasta el momento, y lo han hecho principalmente de forma torpe y poco eficaz, porque las aptitudes y experiencia de los leales del régimen sólo sirven para aterrorizar a civiles, no para combatir a soldados bien entrenados. De modo que no habrá un nuevo Stalingrado sobre el Tigris, sólo más escaramuzas y tiroteos favorecidos por el paisaje urbano, pero no suficientes como para detener una entrada decidida en Bagdad. Naturalmente, eso no se podrá hacer hasta que las largas y delgadas columnas, que hasta el momento han avanzado tanto y tan rápidamente, doblen al menos sus fuerzas con los refuerzos que ahora están desembarcando en Kuwait. Mientras tanto, podría ser una buena idea revisar la lista de objetivos en Bagdad.

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