La guerra mediática de Bin Laden

Por Fawaz A. Gerges, profesor de la cátedra Christian A. Johnson de Oriente Medio y Asuntos Internacionales del Sarah Lawrence College, Nueva Jersey, EE. UU (LA VANGUARDIA, 11/11/05):

Hace unas semanas, el Gobierno estadounidense hizo pública una carta, previamente interceptada, de Ayman Al Zawahiri, lugarteniente y hombre de confianza de Ossama Bin Laden, al comandante en jefe de Al Qaeda en Iraq, Abu Musab Al Zarqaui; la misiva ilustra provechosamente acerca de la mentalidad y los objetivos de Al Qaeda. Al Zawahiri reprocha mansamente a Al Zarqaui la difusión de imágenes del degollamiento de prisioneros secuestrados en televisión e internet, así como el asesinato de chiíes musulmanes – gente corriente- y los ataques contra sus mezquitas. El más veterano Al Zawahiri recuerda al archifanático Al Zarqaui que la opinión pública musulmana se siente desconcertada ante tales métodos propios del terror que “nunca serán de su agrado”; en otras palabras, a su juicio no son aceptables. Al Zawahiri – el ideólogo y cerebro de Al Qaeda- concluye, a continuación: “Insisto: estamos en guerra y buena parte de este combate se libra en el campo de batalla de los medios de comunicación, donde luchamos por conquistar los corazones y los espíritus de nuestra umma (comunidad mundial de los musulmanes). Pese a nuestros recursos en ese campo de batalla, nunca llegarán a igualar los enormes medios de que dispone el reino de Satán (Estados Unidos) en guerra contra nosotros. Podemos matar a nuestros prisioneros de un disparo, con lo que podemos conseguir nuestros propósitos sin exponernos a indagación alguna… a la que, por otra parte, no tenemos por qué someternos”. El médico egipcio reseña acto seguido una lista de sus publicaciones más recientes -por escrito y en medios audiovisuales- apremiándo a Al Zarqaui a publicarlas en su “sagrado sitio en internet, remitiendo copia si es posible”.

Aunque Al Zawahiri no parece ser precisamente un experto en la red, sería una temeridad hacer caso omiso del asunto. La guerra de Al Qaeda en los medios de comunicación reviste tanta importancia – si no más- como su campaña armada. Bin Laden y Al Zawahiri saben que su supervivencia depende del respaldo y favor de la opinión pública musulmana. A lo largo de su carta, Al Zawahiri previene contra el peligro y la equivocación de “separarse de las masas” y malquistarse con los iraquíes y árabes de a pie: “Nuestros propósitos deben tratar de implicar a las masas musulmanas en el combate, acercando además el movimiento muyahidín a las mismas”. En el transcurso de los últimos tres años, ganarse los corazones y los espíritus de los musulmanes ha adquirido visos de renovada urgencia por lo que a Al Qaeda se refiere, sobre todo después de sufrir los efectos de ataques demoledores y de perder bases operativas y escondrijos en Afganistán. Al Qaeda ha dejado de existir en tanto que movimiento centralizado a las órdenes de un mando decisorio en el puesto de control para convertirse en un proyecto coordinado de largo alcance en el plano ideológico mundial. En este nuevo contexto, las emisiones en televisión y los sitios en internet constituyen elementos esenciales de propaganda destinados a esparcir el mensaje de Al Qaeda y a animar a los jóvenes musulmanes a unirse a su red descentralizada de agentes, miembros y células locales.

Los nuevos medios de comunicación, asimismo, hacen las veces de campos de entrenamiento de Al Qaeda al presentar detalladamente en sus soportes las distintas técnicas de fabricación de explosivos, asesinato de personas e incluso talleres para enseñar a entrar subrepticiamente en sitios secretos estadounidenses en la red. En una palabra, permiten a Al Qaeda combatir desde lejos sin tener que arriesgarse en la gestión minuciosa de todos los frentes abiertos en esta guerra global. Al Qaeda ha demostrado ser poseedora de recursos e imaginación en los medios de comunicación: recientemente lanzó un telediario – Voz del Califato- de actualización periódica semanal que promueve el reclutamiento de nuevos agentes en todo el mundo – también en Gran Bretaña- mediante variedad de medios: revistas, folletos, internet, cintas audiovisuales… En una emisión de vídeo después de los atentados del 7-J en Londres, Al Zawahiri asumió la responsabilidad de incitar a tal acción a los cuatro terroristas suicidas británicos. Merced a otra innovación realmente atrayente, un sitio en internet vinculado a Al Qaeda colgó un anuncio para cubrir una serie de puestos de trabajo en medios de comunicación para informar de ataques y atentados de la insurgencia en Iraq, complementados con noticias (por televisión vía satélite) sobre las actividades de militantes islamistas y de sus operaciones en Palestina, Iraq y Chechenia. Como en un eco de las solicitudes de empleo de la CIA, el anuncio de Al Qaeda adjuntaba la solicitud de intérpretes con dominio de árabe e inglés hablado y escrito.

También figuraban solicitudes relativas a programadores y sabuesos periodísticos sobre temas musulmanes en todo el mundo. El Global Islamic Media Front, portavoz mediático de Al Qaeda, afirmó que su departamento de relaciones públicas efectuaría el seguimiento de las ofertas presentadas y se comunicaría con los interesados/ as vía e-mail. Aunque tal anuncio tiene más de propaganda que de base real, resulta instructivo y esclarecedor sobre un aspecto de la cuestión. Para Al Qaeda, el combate parece haberse trasladado del campo de batalla a los medios de comunicación. No obstante, la Administración Bush, acompañada en menor medida del Gobierno Blair, sigue librando una guerra equivocada con medios inadecuados. La previamente denominada guerra contra el terrorismo ha sido rebautizada como guerra contra el extremismo islámico. Su estrategia de fondo -la famosa Hearts and Minds, según la frase de Lyndon Johnson en la guerra de Vietnam antes empleada por el segundo presidente de EE.UU. John Adams (1735-1826) en el intento de ganarse al enemigo con lo que cabe calificar de erróneas o fracasadas operaciones militares- descansa en una diplomacia oficial henchida de ruido y furia, huera de toda sustancia y contenido. Pese a la abrumadora evidencia, los políticos de la Administración Bush difícilmente reconocen que su eufórica guerra contra el terrorismo ha perjudicado y dañado la imagen, posición e intereses de Estados Unidos en el seno de la comunidad internacional. En mi libro The far enemy: why yihad went global (Cambridge University Press, 2005) (El enemigo distante. Por qué la yihad se globalizó) muestro que, a diferencia de la opinión comúnmente admitida, la respuesta preferente a Al Qaeda en el mundo musulmán fue notablemente hostil y escasos activistas -no hablemos de musulmanes corrientes-aprobaron y suscribieron su yihad global. En este aspecto, Bin Laden y sus partidarios han perdido ciertamente la guerra ideológica, es decir, el combate para atraerse las mentes y espíritus musulmanes. Ytal fue el factor al que los políticos estadounidenses prestaron escasa o nula atención, que dirigieron, por el contrario, hacia Al Qaeda y mentalidades afines sin apreciar en sus justos términos la fractura abierta entre las filas yihadistas y la enorme oposición social a la yihad global. De haber fijado su atención en las luchas y diferencias intestinas que aquejan tierras musulmanas, habrían reflexionado mejor sobre lo que representa la expansión militar de su guerra contra el terrorismo y habrían caído en la cuenta de que Al Qaeda es una reducida organización marginal. Ysi hubieran escuchado las numerosas críticas lanzadas contra Al Qaeda por parte de clérigos e influyentes creadores de opinión musulmanes habrían encontrado respuestas a su reiterada pregunta: ¿dónde están los musulmanes moderados? Si hubieran analizado en detalle las palabras y obras de los islamistas habrían constatado que el movimiento de la yihad se ve desgarrado y que Al Qaeda no representa ni habla en nombre de los islamistas o de la opinión pública musulmana. Los analistas y políticos estadounidenses habrían caído en la cuenta, asimismo, de que la derrota interna de Al Qaeda en su frente interno -el mundo musulmánera y es el modo más eficaz de remachar los clavos de su ataúd. En este sentido, Estados Unidos y la comunidad internacional podrían haber encontrado recursos inteligentes y sagaces para alimentar, reforzar y respaldar las fuerzas internas opuestas a ideologías extremistas como las de la red de Ossama Bin Laden. La adecuada manera de obrar no se cifraba en librar una guerra mundial contra un enemigo paramilitar y no convencional, dotado de escasa o nula base social de apoyo, ni intentar marcar tantos con viejos dictadores en la región… Y ésta es precisamente la senda que Bin Laden y sus más estrechos colaboradores confiaban que Estados Unidos emprendería: lanzar su poderío militar contra la umma. Como declaró recientemente Al Seif Al Adal, máximo mando militar de Al Qaeda, “los norteamericanos mordieron el anzuelo y cayeron en la trampa”.