La guerra miope

Conocen bien el significado y efectos de sus acciones, dirigidas a provocar el mayor número posible de bajas civiles y a atacar símbolos de nuestra economía –World Trade Center–, de nuestra democracia –Charlie Hebdo– o de nuestra forma de vida –un concierto de música, un partido de fútbol, la terraza de un café–. Ponen al descubierto nuestras debilidades y amplifican su éxito, a través de canales de televisión, libros, revistas, páginas web y vídeos bien editados. Todo un arsenal, financiado con el menguante dinero del petróleo y difundido gracias a la inestimable ayuda de internet.

El pasaporte sirio encontrado en París, en una de las escenas del crimen, no era precisamente cuestión banal, pues se trataba de la prueba que podía provocar efectos perversos: cierre de fronteras y rechazo a los refugiados, explicable porque el pavor de los ciudadanos reabría el dilema de conciliar esfuerzos antiterroristas con libertades civiles.

Tiempo después de que un puñado de psicópatas, cargados de odio y dispuestos a morir, perpetrara una escabechina entre inocentes, se han sucedido cientos de registros y detenciones en el lugar de los hechos y en el inaudito escondite de los terroristas, se siguen bombardeando posiciones sirias, se han declarado –sin aspavientos– estados de emergencia y se ha requerido –sin éxito– ayuda solidaria a los socios europeos.

En el intermedio de esta prolongada misa de réquiem, sin mayores consecuencias, al menos visibles, hemos comprobado, con melancolía, la afección de los franceses a sus símbolos, sin distinción de orígenes.

Pero, entre el ruido de los extremos y la falta de concreción sobre el modo más eficaz de combatir la embestida, seguimos en la esquizofrenia en la que estábamos. Y mientras los más moderados ofrecían sus condolencias, el combustible originario del complejo religioso-industrial seguía fluyendo hacia los extremistas, sin que se cuestionen las alianzas estratégicas con quienes han roto con la tradición islámica clásica.

A esta contradicción, Kamel Daoud –novelista argelino bajo la lupa de los ortodoxos y columnista de Le Quotidien d’Oran– se refiere como “la ilusión del equilibrio”, evidenciando que es imposible mantenerlo con quienes ostentan la jefatura ideológica de esa cultura, desbocada en un radicalismo mesiánico que se traduce en leyes religiosas que permiten despeñar homosexuales o apedrear adúlteras hasta la muerte.

El eterno cantar –la división de los países árabes– hace imposible derrotar al verdadero enemigo, al no poder identificar con exactitud contra quién hay que luchar. Y así, a Arabia Saudí lo que más le preocupa es conservar la hegemonía en su querella con Irán, y lo acaba de expresar ejecutando a un clérigo radical chií; Turquía –dispuesta a todo y con paraguas financiero y militar– quiere acabar con el separatismo kurdo; Iraq –sin acabar de cerrar las heridas de la pesadilla– preservar sus equilibrios imposibles. Y prácticamente todos, quitarse de en medio a El Asad, que lleva quince años gobernando Siria con el apoyo de Rusia, país que no suele abandonar a sus aliados, y el oftalmólogo es uno de ellos.

Una certeza: hasta que no se entienda que es imprescindible un objetivo compartido, se ganarán batallas pero la victoria en esa guerra, que parece interminable, no estará más cerca.

Las democracias tienen que hacer frente a la amenaza –ya tan cercana y presente– sin cargarse valores innegociables –ahora y sobre todo, la libre circulación de personas e información– y quieren hacerlo sin bajar al terreno. Entretanto, la presión de la clerigalla mantiene –sin ofrecer cuartel– la producción de leyes religiosas, campañas de prensa y agresivas políticas editoriales.

Para Daoud, aquí reside la trampa. Porque la ilusión del equilibrio desemboca en una guerra miope, al perseguirse los efectos en lugar de las causas. Se desconoce si, tras la carnicería del Bataclan, el complejo habrá dejado de financiar mezquitas, imanes y grupos paramilitares que dan combustible a los extremistas. Cabe pensar que no, por lo que resulta previsible que sigan muriendo yihadistas, adosados a cinturones de explosivos, que serán sustituidos por generaciones futuras educadas en los mismos libros.

La ansiedad de los gobernantes por dar inmediata respuesta a una opinión pública aterrorizada, que reclama protección inmediata –no cabe la demora para evitar la sensación de descontrol– está reñida con la reflexión serena sobre las medidas que tomar. Así, el refuerzo de los poderes ejecutivos resulta inevitable, como demuestra el recurso urgente a medidas radicales, incluido el estado de excepción.

El mundo está entre las garras de un grupo bien engrasado, que toma como rehenes a élites y países enteros y golpea con saña, en cualquier sitio, en cualquier momento. La penúltima ofensiva ha alcanzado comercios y pequeños restaurantes de una ciudad –esta vez Siria– con un saldo de 135 civiles muertos y 400 secuestrados.

De ahí que no parezca saludable confundir los efectos con las causas, porque en eso consiste justamente la miopía que nos ha traído hasta aquí.

Luis Sánchez-Merlo fue secretario general del presidente del Gobierno (1981-1982).

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