La guerra por la civilización

Phyllis Chesler, psiquiatra (GEES, 01/12/05).

¿Estamos ganando la guerra contra el terror, o más precisamente, contra el culto a la muerte ideológico de odio extremo que emplea el terror como una de sus armas? América, Gran Bretaña e Israel, todos han comprometido cifras significativas de dinero a responder militarmente y a garantizar la seguridad civil. Sin embargo, tenemos que librar otra guerra muy activa, una en la que en última instancia tendremos que decidir si la civilización occidental vive o muere. Esta es la guerra que no estamos ganando y algunos argumentan que es una guerra en la que ni siquiera hemos empezado a luchar.

Hablo de la Guerra Cultural, la guerra que debe librarse para oponerse a la campaña de mentiras y propaganda que islamistas y estalinistas occidentales iniciaron contra Occidente, empezando por Israel, discutiblemente en algún momento desde hace 40 a 70 años.

La Guerra Cultural es una guerra muy activa: no hay prisioneros y no se muestra clemencia. Y ahora hay penalizaciones por intentar decir la verdad acerca del peligro de la jihad o acerca de la naturaleza patológica y bárbara del Islam militante hoy.

De hecho, si usted intenta debatir el apartheid islámico religioso y de género y su peligrosa proliferación dentro de Europa y Norteamérica (por ejemplo, ha habido matanzas de honor en Cincinnati, St. Louis, Chicago, Jersey City y Toronto, así como por toda Europa y el mundo musulmán), esto es lo que le ocurrirá: si usted cuenta estas verdades en el mundo árabe y musulmán, será decapitado, probablemente torturado, ciertamente encarcelado y exiliado si tiene suerte. Muchos disidentes musulmanes y cristianos han sufrido exactamente este destino. Ya no quedan más judíos allí, puesto que el Califato Islamista convirtió en Judenrein todo el Oriente Medio árabe. Intente decir esto en Europa y puede ser cortado en pedazos, como Theo Von Gogh, o simplemente encarcelado en purdah, amenazado o vigilado, forzado a esconderte o asesinado por honor como tantas mujeres y niñas musulmanas.

Intente contar la tragedia moral que representa Naciones Unidas, o incluso la tragedia aún mayor que la palabra “Palestina” ha llegado a representar objetivamente — y por lo tanto, de modo políticamente incorrecto — en los campus europeos y norteamericanos, o en los medios cada vez más dominados por la izquierda progresista, y puede que no sea asesinada en directo, pero será difamada y llamada “racista” y “fascista”. A mí me han llamado ambas cosas.

Si usted es un intelectual norteamericano, puede que no sea encarcelado o decapitado, pero será interrumpido, ridiculizado y evitado. Puede que necesite seguridad para dar conferencias. Si eres feminista, ya no serás tomada en serio como intelectual ni serás “escuchada”.

Denuncie la intifada permanente contra la civilización occidental y contra los judíos y será demandada y llevada al exilio como Oriana Fallaci, o demandada y tendrá prohibido viajar a determinados países, como Rachel Ehrenfeld. Le demandarán y será silenciada en todos aquellos lugares donde una vez se la publicaba, incluso adoraba. Atrévase a decir que el tirano torturador y genocida, Saddam Hussein, es juzgado hoy solamente debido al sacrificio de América y de Irak y su destacada visión de democracia, y será llamada reaccionaria, embustera, loca, y el peor epíteto de todos: conservadora.

Tanto izquierdistas occidentales como islamistas blanden muchas herramientas contra América e Israel en esta guerra. El primer arma es el uso erróneo y sistemático del lenguaje. Los diarios importantes de izquierdas escriben acerca de “insurgentes”, no de “terroristas”, a quienes describen como “mártires”, no como “asesinos', y como “luchadores de la libertad”, no como “hombres perversos con formación”.

Los manifestantes antiamericanos y anti-Israel, que están clara y visiblemente llenos de odio e ira, son descritos como “activistas de paz”. El antisemitismo es legitimado mientras que la menor crítica al Islam es prohibida debido al rechazo a la “islamofobia”. Decir la verdad se ha convertido en una ofensa que no es amparada por las doctrinas de la libertad de expresión, que en su lugar protegen el contar mentiras.

Una vez estuve cautiva en Kabul, Afganistán. Experimenté, de primera mano, cómo es la vida en un país musulmán, uno que nunca ha sido colonizado por Occidente. Aprendí que hacer romanticismo sobre países del tercer mundo es tan demente como peligroso. Y aprendí de primera mano que el mal y el barbarismo existen a priori, y que no están causados por el imperialismo o el colonialismo occidentales, o por la “entidad sionista”. Allí es donde aprendí también a rechazar la doctrina del multiculturalismo, que enseña que todas las culturas son iguales, las culturas colonizadas con anterioridad incluso más aún. Esto lleva al aislacionismo y al anti-intervencionismo y a condenar a millones de civiles a la tortura, al terror y al genocidio islamistas.

Aunque, para crédito suyo, un grupo reducido de activistas y periodistas han hecho sonar la alarma, una vez que América invadió Afganistán, estos mismos activistas, operativos del Partido Demócrata todos, se opusieron con rapidez al derrocamiento militar de los talibanes. ¿Y por qué? Porque la expedición no había sido emprendida aparentemente con las mujeres en mente. Es como si pensasen que el terrorismo de bin Laden no mata también mujeres.

Responsabilizo a la academia occidental, miembros feministas incluidos, que ha sido completamente palestinizada, de no denunciar y condenar las realidades del apartheid islámico de género. Conozco a licenciadas feministas que están ocupadas “deconstruyendo” el velo, la poligamia y los matrimonios concertados como posibles expresiones del poder feminista o del poder de la mujer — no distintas del bikini. Nadie ha felicitado al Presidente Bush por su excelente elección de Condolizza Rice como secretario de estado, y nadie le ha concedido el menor crédito por sus discursos pro-mujer, pro-derechos humanos y pro-Israel.

La cifra de mentiras que se cuentan en la academia occidental y entre los activistas occidentales está literalmente más allá de toda credibilidad. He aquí una: Mahoma era realmente estupendo con las mujeres, especialmente con una, Safiya bint Huyay, con la que se casó incluso siendo judía. Sí. Pero antes decapitó a su padre y a su marido y exterminó a toda su aldea. Y después forzó a la pobre Safiya a convertirse al Islam antes de casarse. Esta campaña de desinformación me deja sin habla.

Nuestra propia comunidad — nuestros profesores — son tan políticamente correctos y tan multiculturalmente relativistas que rechazan llamar “barbárico” al acto de apedrear a una mujer hasta morir porque fue violada o porque rehusó casarse con su primo mayor. Tampoco denunciarán someter a las mujeres a la mutilación genital o la violación en grupo en público como “barbárico”. Tampoco los presentadores de los medios americanos que lo mostraron llamaron 'barbárico' al linchamiento palestino de dos reservistas israelíes en Ramala en el 2000 al describir el suceso, que reprodujeron una y otra vez.

La elite intelectual tampoco describió lo que se nos hizo el 11 de Septiembre como “barbárico”. De hecho, sé de intelectuales americanos y europeos que están convencidos de que América e Israel son los mayores bárbaros de todos, y que nos merecíamos el 11 de Septiembre. Según los islamistas y los periodistas y académicos occidentales, Bin Laden no es un “islamo-fascista”. Para ellos, el Presidente George W. Bush y el Primer Ministro Ariel Sharon son los “fascistas Nazis”.

Y después está la enorme industria de grabaciones y películas propagandísticas de masacres, de financiación y distribución palestina, de la Liga Árabe y de Naciones Unidas, incluyendo falsos intercambios de fuego y la muerte simulada de niños palestinos a manos israelíes y judías. Nuestros oponentes islamistas emiten esta propaganda sin parar por todo el mundo.

Como propagandistas, son mucho más sofisticados que Goebbels, y mucho más pacientes. No podemos permitirnos subestimar su destreza en contar grandes mentiras. Los islamistas comprendieron que si financiaban madrazas en Oriente e institutos de Oriente Medio en Occidente — y si financiaban la total palestinización de Naciones Unidas y de todo grupo internacional de derechos humanos — en cuestión de 30 a 50 años habrían lavado el cerebro a generaciones para que vieran las cosas a su manera.

El Islam es sagrado — no puede ser insultado. Los desaires imaginados son tan importantes como los desaires reales. Las mentiras tienen tanto peso como la verdad. Si las fuerzas militares norteamericanas tiraron el Corán por el retrete o no, no importa. Lo que importa es que los musulmanes pensaron que lo hicieron. No hay penitencia lo bastante buena para saldar este crimen.

A millones de personas se les ha lavado el cerebro sistemáticamente contra América, contra Israel, contra los judíos, contra las mujeres, y contra el concepto occidental de verdad, objetividad, sinceridad y pensamiento independiente. Todo está bajo sitio.

Tenemos en nuestro entorno una quinta columna seria, que ha hecho causa común con los islamistas contra nosotros y que ha sido abundantemente financiada por billonarios árabes del petróleo durante más de 40 años. Y por George Soros también — una quinta columna general que, por un amplio abanico de motivos, está a la cabeza de la guerra cultural contra Occidente. Son tontos, pero son tontos peligrosos. ¿Piensan que estarán salvados por ser tan políticamente correctos? ¿Creen que disfrutarán de la misma libertad de expresión en La Meca o Teherán de la que disfrutan en Occidente?

¿Qué debemos hacer frente a esta amenaza tiránica? Debemos rescatar el lenguaje. Tiene que apoyar alguna relación entre verdad y moralidad. No todo es relativo. No todo es “Rashomón”[1].

No debemos permitir que nuestros medios y nuestros académicos continúen insistiendo en que el Islam no es el problema, sino que incluso si lo es, no podemos decirlo, con el fin de no ser llamados racistas. Tenemos que enseñar la historia de la jihad contra los infieles, y la historia de cómo eran tratados los infieles (judíos, cristianos, hindúes, budistas, zoroastros...) bajo el Islam. Tenemos que insistir en que la crítica a América e Israel sea equilibrada, no patológica, obsesiva y sectaria como lo es hoy. Tenemos que insistir en el civismo en el discurso público. Tenemos que modelarlo para las futuras generaciones.

Debemos financiar con seriedad un esfuerzo colectivo por combatir la demonización y las mentiras vulgares, la propaganda contra nosotros que ha lavado el cerebro de incontables generaciones.

Necesitamos un esfuerzo táctico para contrarrestar las grandes mentiras. Necesitamos que los canales de radio y televisión internacionales eduquen a la gente. Necesitamos enseñar a la gente tolerancia y diversidad intelectual.

Este país ha dado a luz a dos oleadas significativas de feminismo. Ahora tenemos que globalizar esa visión feminista. Necesitamos que nuestra política exterior contenga provisiones serias acerca de los derechos de la mujer en el extranjero. De otro modo, la democracia no podrá evolucionar y no evolucionará ni florecerá en los países musulmanes.

Del modo que yo lo veo, todo está en peligro. Éste es un momento en el que todos tenemos que ser héroes. Tenemos que levantarnos frente al mal de nuestra vida. Tenemos que reconocer que el terrorismo islamista es perverso y que no tiene justificación. Tenemos que enseñar esto a nuestros hijos. Tenemos que apoyar a los disidentes árabes y musulmanes en su lucha contra la tiranía islámica y el apartheid de género.

Podemos hacerlo. Debemos hacerlo. Si no, moriremos, y nuestra historia y nuestros valores y todo nuestro estilo de vida morirán con nosotros. Si fracasamos, traicionaremos todo aquello en lo que creemos como gente libre.


[1] Rashōmon, es un relato corto de Akutagawa Ryūnosuke que Akira Kurosawa llevó al cine. En él se narra la historia de la violación y asesinato de una mujer desde 4 puntos de vista distintos, de modo que al final es imposible saber lo sucedido. La obra gira entorno a los límites del relativismo intelectual y sus consecuencias.