La guerra vista por un inglés

La guerra a la que me refiero es la Guerra Europea, dándole el nombre que mejor se acomoda a lo que fue: una guerra civil europea; y el inglés es un británico esclarecido: lord Keynes, quien escribió en un texto corto –El doctor Melchior-, publicado mucho después de su muerte (1972), estas palabras: “A veces uno piensa que nadie tiene más responsabilidad por la guerra que Wagner. Es evidente que la concepción que tenía de sí mismo el Kaiser estaba moldeada así. ¿Y qué era Hindenburg, sino el bajo, y Ludendorff sino el grueso tenor de una ópera wagneriana de tercera? ¿Cómo se imaginaban si no en sus sueños y en sus baños?”. A juicio de Keynes, esta representación “de tercera” fue posible porque los europeos habían creído “en un progreso moral continuado en virtud del cual la raza humana la integraba ya gente fiable, racional y decente, influenciada por la verdad y por los valores objetivos”. Los europeos -añade- repudiaban por aquel entonces “todas las versiones de la doctrina del pecado original, así como que hubiese una vena de maldad, demente e irracional, en la mayoría de la gente”. No eran “conscientes de que la civilización era una corteza fina y precaria construida por la personalidad y la voluntad de unos pocos y mantenida sólo por las normas y convenciones hábilmente establecidas y astutamente conservadas”. Esta visión optimista y falsamente racional de la naturaleza humana había conducido a una trivialidad y a una superficialidad, no sólo de juicio, sino de sentimiento, que enervaron la correcta percepción de la realidad e hicieron llegar a conclusiones falsas por no estar fundamentadas en un diagnóstico sólido de la naturaleza humana. En este radical error de percepción se halla, para Keynes, la causa remota pero más profunda de lo que sucedió en 1914 (Mis primeras creencias, 1972). El progreso moral es un espejismo.

Keynes se había formado en Cambridge, en un ambiente filosófico marcado por la influencia de G. M. Moore, empeñado en la doble tarea de buscar una alternativa a la tesis de que un universo sin Dios conduce al caos y de hallar un remedio a la insuficiencia del utilitarismo hedonista. En esta búsqueda surgió el criterio ético de que hay que procurar hacer el bien en lugar de ser bueno, lo que resulta compatible con la búsqueda de la “buena vida”, concebida como la que permite disfrutar de los placeres de las relaciones humanas y del goce que provocan los objetos hermosos. El Keynes anterior a la guerra también participaba del extendido optimismo eduardiano de que el progreso automático iría ampliando paulatinamente las oportunidades de que más y más gente pudiese vivir la “buena vida”. Keynes creía que una gran guerra era una imposibilidad económica y un absurdo: el mundo se había hecho demasiado interdependiente y no podía haber ni vencedores ni vencidos en un sentido racional. En suma, Keynes y sus amigos de Bloomsbury eran racionalistas y creían en el progreso, aunque sabían que fuerzas atávicas al acecho tenderían una emboscada a la civilización, pero creían -escribe Robert Skidelsky– que serían vencidas al fin por el progreso económico automático.

No fue así. Ahora bien, Keynes atribuye la mayor responsabilidad por el estallido de la guerra a los políticos, cuyos posicionamientos públicos fueron “atávicos”, pensando sólo en fronteras y nacionalidades, como corresponde a unos tipos tan “incompetentes como perversos”. Esta crítica perduró terminada la guerra. Virginia Woolf lo vio así: “Keynes está desilusionado (por el) lúgubre y degradante espectáculo de la conferencia de paz, donde los hombres actúan descaradamente no a favor de Europa, ni siquiera de Inglaterra, sino de su propio retorno al Parlamento en las siguientes elecciones”. Keynes sabía que una Alemania empobrecida en medio del sufrimiento de toda Europa Central desataría una guerra salvaje de venganza, como sucedió. Por eso aspiraba a una “buena paz”, no preocupada por fronteras y nacionalidades, sino por la vida futura de Europa, amenazada por una distribución de la renta radicalmente desigual, por el decrecimiento de su participación en los recursos del Nuevo Mundo y por la destrucción de la organización económica europea. La falta de visión de quienes elaboraron el tratado de Versalles hizo que no fueran conscientes de que la principal tarea de los gobernantes es crear riqueza y su reparto según criterios de justicia y conveniencia general que, a fin de cuentas, son lo mismo.

Keynes era conservador, pero un conservador inteligente, por lo que entendía que la única forma de preservar la “buena vida”, como él la entendía, era extender las posibilidades de vivirla de forma parecida a un número cada vez mayor de personas. “Es obvio -afirmó- que una sociedad individualista abandonada a sí misma no funciona bien, ni siquiera de forma tolerable”. Tenía razón cuando afirmaba que es la estupidez y no la maldad la que arruina al mundo.

Juan-José López Burniol

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