La Habana y Washington, campos de fuerza conservadora

El periodista cubano Abraham Jiménez. PABLO DE LLANO
El periodista cubano Abraham Jiménez. PABLO DE LLANO

La semana pasada, el periodista cubano Abraham Jiménez fue interrogado por la Seguridad del Estado durante casi cinco horas. Lo desnudaron, lo pusieron de cara contra una pared, lo esposaron y lo metieron en un auto con la cabeza gacha para conducirlo hasta Villa Marista, el cuartel general de la policía política del castrismo.

A sus 31 años, Abraham es columnista de opinión en The Washington Post en español, y lo reprimen y buscan intimidarlo para que desista de ejercer su profesión sin el consentimiento del Estado, pero esa es la única manera en que se puede ejercer el periodismo en Cuba.

Conozco a Abraham desde que teníamos 19 años y él quería convertirse en relator de deportes de la emisora de radio de La Habana. Todavía no le interesaba escribir, que es lo que ha venido haciendo sin interrupción desde entonces, contando a través de decenas de artículos y reportajes la vida de su país y la suya propia: qué significa ser negro en Cuba, qué significa ser periodista independiente, qué significa que un poder autoritario te acose y vigile.

En ese período, hemos sido los amigos más cercanos. Jugamos siempre en los mismos equipos de béisbol, tanto en La Habana como en Villa Clara y Holguín, y luego fundamos El Estornudo, una revista censurada que molesta a los cancerberos ideológicos y funcionarios culturales cubanos, lo que justifica con creces su existencia.

Digo todo esto para que sepan que sé de quién estoy hablando. Desde una óptica cercana, he visto cómo en cuestión de unos pocos días se han puesto en marcha las rotativas de la propaganda, sus viejos trucos retóricos, la manera en que determinada ficción política empieza a actuar sobre un individuo y las partes de cierto relato histórico vigente –el relato histórico de la Guerra Fría– se coordinan de modo mecánico e impersonal, con asombrosa prontitud.

Se trata de una construcción uniforme, como una casa ensamblada. El aura industrial de este procedimiento son los intereses de los poderes fácticos, y la casa es el cuerpo ideológico cerrado que conforman esos intereses una vez se articulan entre sí. Adentro de la casa no vive nadie, porque no hace falta tampoco que nadie viva, sino que aparente vivir. Más que casas, como vemos, se trata de fachadas.

La detención arbitraria de Abraham fue denunciada, entre tantos otros, por Mike Pompeo, secretario de Estado de la Administración Trump. Su pronunciamiento interesa particularmente, porque permite entrar en el orden de las representaciones. La policía política dice que Abraham responde a los intereses de un gobierno extranjero. Pompeo escribe un tuit en su defensa, y entrega la evidencia del vínculo que la policía política necesita. Están deteniendo a Abraham por una cosa que va a suceder después. Lo interrogan para que su delito ocurra.

Ha sido esta una práctica usual en Cuba. Por ejemplo: expulsan a alguien de un puesto laboral porque supuestamente quiere emigrar. Luego ese alguien, que ha sido desplazado y condenado a una muerte cívica, emigra. No le ha quedado más remedio. Entonces la institución que lo expulsó, asiente satisfecha. Se dice a sí misma que tenía razón. Su mirada previsora vio venir los acontecimientos. Pero la mirada previsora, más bien, indujo los acontecimientos, o, incluso, la mirada previsora aconteció.

La destrucción del orden civil de los hechos, el quiebre de su dialéctica sencilla, permite la invención e imposición del tiempo político del Estado, y esto es lo que revela el rasgo totalitario del mismo. Todo poder padece dicha tentación, la tentación de amasar su eternidad, pero el grado de incumplimiento de ese deseo es también su grado de legitimidad presente.

La carga solidaria del pronunciamiento de Pompeo viene por su identificación con el sujeto oprimido, al que, hasta cierto punto, le cubre las espaldas y protege de manera efectiva, y la dosis de cálculo reside en que se trata de un sujeto oprimido funcional a sus propósitos. Cuba es una dictadura y esto justifica moralmente las sanciones económicas impuestas por Washington, aun cuando nadie haya podido demostrar en décadas el recrudecimiento del embargo frene la represión en la isla o la vuelva un sitio ligeramente menos estalinista. En última instancia, la política de asfixia no es, como dice ser, un misil que se dirija al corazón del régimen, sino una reacción ejecutiva y legislativa que en el orden político La Habana sabe conducir.

Este caso ilustra cómo dos fuerzas conservadoras, opuestas en apariencia, tiran hacia la misma dirección, actúan de modo previsible, y hacen lo que cada una espera y necesita de la otra. Tal juego de roles cuenta con otro actor silencioso, nocivo, que habla desde el mutismo: la institución realmente existente de la izquierda latinoamericana. Incapaz de expresar con contundencia su apoyo a los periodistas y actores políticos reprimidos en Cuba, esa izquierda casposa le entrega el capital simbólico del gesto comprometido a la Casa Blanca, y luego su conciencia duerme tranquila en la práctica de la estrategia ineficaz, a remolque, que conocen: no hacerles el juego a los gringos, aunque no se sepa bien ya lo que eso significa. Por pura malcriadez sentimental, por puro melodrama histórico, Latinoamérica le ha entregado Cuba a Estados Unidos, y Venezuela también.

Esa madeja finamente trenzada convierte a Abraham en un instrumento, objetualiza las causas y las personas. Lo que quiero decir es lo siguiente: las palabras, actuando en el vacío histórico, dibujan un espejo de realidad. El individuo es ese espejo, y las fuerzas reaccionarias se miran en él. Hay ahí una respuesta plausible a la pregunta de por qué tantos cubanos apoyan a Trump.

Arrojados a esa suerte de hueco afectivo, los cubanos son el cómputo triste de las ideologías muertas que actúan sobre él. Otros pueblos tienen su desastre particular. Ese es el nuestro. A pesar de la represión y el acoso al que ha sido sometido, Abraham debe volverse un espejo que no refleje aquello que ahora se supone tiene que reflejar. Creo que él lo sabe. Como nosotros, tiene por delante la ardua tarea de la libertad.

Carlos Manuel Álvarez

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