La hidra socialista

El socialismo es como la hidra mitológica, el monstruo que por cada cabeza que se le cortaba, hacía renacer dos. Imposible eludir la metáfora cuando se observa el ascenso de Bernie Sanders en las primarias demócratas de Estados Unidos. Sanders se define a sí mismo como socialista y, efectivamente, lo es, empezando por los modelos a los que se remite. El patrón socialdemócrata europeo de la década de 1960 tal como se puso en práctica en los países escandinavos, Francia y Alemania es su proyecto para Estados Unidos. Probablemente el candidato actúe movido por cierta nostalgia de su juventud; la socialdemocracia estaba en su apogeo cuando él era un muchacho.

Esa misma nostalgia, entreverada de ignorancia, puede explicar sus comentarios positivos sobre el régimen de Fidel Castro. Sanders declaraba que no podía rechazar un gobierno que enseñaba a su pueblo a leer y escribir. La violencia de Castro no solo no le inspira rechazo, sino que además el político desconoce los hechos: el pueblo cubano ya estaba educado antes de que Castro tomase el poder. Su admiración por el revolucionario revela un gusto por la estética de la violencia ampliamente compartido por los izquierdistas.

Paradójicamente, los fundamentos de su plan para Estados Unidos son las instituciones socialistas de las que estamos intentando librarnos en Europa porque se ha demostrado que sus costes son insostenibles desde el punto de vista financiero y demasiado restrictivos para las libertades. En esencia, lo que Sanders pregona es barra libre para todos, excepto para los muy ricos: un sistema de salud gratuito y enseñanza gratuita. ¿Y quién lo va a pagar? ¿Los ricos? Una idea vaga sin cifras que la acompañen.

Puede que todo esto le suene atractivo a un millennial estadounidense, pero ya se ha probado antes. En los países europeos en los que tenemos sistemas de salud y pensiones públicos, los resultados han sido más bien desastrosos. La carga financiera no recae sobre las espaldas de los ricos porque no tenemos suficiente gente acaudalada. El hecho es que el sistema nacional de salud lo pagan todos los contribuyentes. En Francia, la Seguridad Social, que incluye la atención sanitaria y las pensiones, se financia con un impuesto del 40 por ciento sobre el salario. En consecuencia, el país tiene una tasa de desempleo permanentemente alta, que ronda el 10 por ciento, porque el coste de la mano de obra es demasiado elevado, lo cual desincentiva la contratación de nuevos empleados.

Cuando un ciudadano francés va al médico, la impresión es que el servicio es gratuito. El paciente no paga de su bolsillo porque ya ha pagado antes a través de los impuestos. Estos sistemas públicos de salud exigen que exista un control sobre lo que van a cobrar los médicos y otros trabajadores de la sanidad. En Francia, por una consulta de medicina general se pagan veinticinco euros.

Es fácil predecir lo que pasará a continuación. Muchos médicos no querrán aceptar unos honorarios tan miserables, y los pacientes, además de los impuestos, pagarán la diferencia de su bolsillo, o contratarán un seguro privado además del seguro público que ya pagan. En resumidas cuentas, no existe ningún sistema nacional de salud sensato desde el punto de vista financiero y seguro desde el punto de vista médico. Todos los países europeos intentan escapar de este galimatías permitiendo una competencia creciente de los hospitales y el sector de los seguros privados.

Los estudios superiores gratuitos siguen el mismo principio que el sistema público de salud: cuando los estudiantes no pagan, los contribuyentes lo hacen en su lugar. ¿Y quiénes son los contribuyentes? La clase media. Ellos son los únicos a los que se puede presionar. Los pobres son demasiado pobres, y los ricos están en otro sitio. Si se considera que una educación superior es la mejor de las inversiones, significa que el retorno de la inversión irá a parar a los licenciados, mientras que la inversión en sí la han costeado los contribuyentes. ¿Les parece justo? En Europa este era un principio común, pero cada vez lo es menos. Ahora se pide que los estudiantes paguen tasas anuales, y las mejores escuelas de Administración de Empresas del continente cobran unas matrículas que están a un nivel comparable al de sus equivalentes estadounidenses.

Así que, precisamente ahora que los europeos estamos intentando reducir la distancia que nos separa de Estados Unidos porque el socialismo no funciona, Bernie Sanders intenta parecerse a Europa. El candidato demócrata va con cincuenta años de retraso. La misma incoherencia se puede achacar al llamado impuesto sobre el patrimonio. En Francia tuvimos uno implantado por un Gobierno socialista en la década de 1980. El gravamen armonizaba con todos los instintos demagógicos, pero no reportó demasiados ingresos a las arcas públicas. No teníamos suficientes potentados para pagar todas las extravagancias socialistas. Es más, los ricos lograban esquivar el impuesto sobre el patrimonio utilizando la contabilidad creativa o trasladándose a Bélgica. El Gobierno actual, presidido por Macron, lo ha abolido. El beneficio simbólico tenía un precio demasiado alto: la pérdida de los empresarios que se exiliaban.

¿Y qué pasaría si Bernie Sanders supiese que, en Europa, su programa ha sido un fracaso? Significaría que lo que persigue en realidad no es implantar la sanidad o la enseñanza gratuitas, sino una transformación más profunda de la sociedad estadounidense. A lo mejor odia la sociedad de mercado. Puede que quiera remplazarla por otra socialista e igualitaria, y por la «tiranía de un gobierno benéfico».

Uno se pregunta por qué los votantes estadounidenses iban a sentirse atraídos por esta retórica socialista. Las razones son las mismas que dieron popularidad al socialismo en Europa: el amor a la igualdad por encima de la libertad individual, la ilusión de una vida segura garantizada por un estado caritativo, la transferencia de la responsabilidad personal a una niñera pública. Todos ellos son factores psicológicos poderosos. El principal argumento que se puede contraponer con éxito al socialismo es la realidad. El socialismo no funciona, pero hay que pasar por él para convencerse.

Guy Sorman

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