La hija de Stalin

Siempre he pensado que las mejores biografías son las anglosajonas. Hago excepciones para incluir a Stefan Zweig, a Henri Troyat, a algunos otros, pero me quedo con los trabajos en lengua inglesa. Leer de vez en cuando una gran biografía inglesa es como practicar un acto de higiene mental. Por el rigor intelectual predominante, por la calidad de la investigación, por la indiscreción bien calculada. Los franceses y los alemanes no lo hacen tan mal, pero prefiero a los ingleses. En lengua española existen biografías y seguirán existiendo. Algunas son excelentes. Me acuerdo, sin ir más lejos, del Hernán Cortés del mexicano Juan Luis Martínez. Pero lo nuestro es la indiscreción oral y la discreción excesiva, autocensurada, temerosa, en la lengua escrita. Las grandes figuras del mundo hispánico han provocado el interés de los ingleses, los franceses, los norteamericanos, más que el de los autores de lengua española. Un amigo español, persona bien intencionada, me dijo un día que los norteamericanos no saben absolutamente nada de nosotros. Me quedé pensativo un rato y después le respondí: «Te aseguro que en las universidades de los Estados Unidos siempre existe alguien que conoce a Miguel de Cervantes, a Quevedo, a José Ortega y Gasset, a Vicente Pérez Rosales y Alberto Blest Gana, mejor que todos nosotros». Mi amigo, a decir verdad, estaba pensando en el imperialismo norteamericano, en los abusos del norte contra el sur, en el capitalismo salvaje, en esas generalidades. A mí me gusta el pensamiento particular, analítico, justificado con argumentos sólidos, desprejuiciado. Donald Trump, para dar un ejemplo preciso, representa muy mal a su país. Nunca ha comprendido el pensamiento de los Padres Fundadores y supongo que nunca se ha dado el trabajo de leerlos. Y mi amigo, por su lado, suele tener reacciones confusas y siente una extraña admiración por Podemos y movimientos parecidos.

La biografía escrita por Rosemary Sullivan, historiadora y poeta, nacida en Montreal, Canadá, en 1947, sobre Svetlana Allilúieva, la hija de José Stalin, es una obra maestra en su género. El tema parece anacrónico, pero no lo es. En una serie de fenómenos recientes, en el castrismo, en la llamada revolución bolivariana, en las extremas izquierdas y, por raro que parezca, en algunas extremas derechas de estos años, existen huellas de las convicciones desviadas, perturbadas, del estalinismo. La biografía de Rosemary Sullivan no lo explica todo, pero ayuda a comprender mucho. La hija del secretario general, Svetlana, y su hijo, Vasili, «Vasia», fueron víctimas del sistema que manejaba su padre, víctimas desorientadas, aplastadas, patéticas. Svetlana era inteligente, escribía con talento, estudió temas de la cultura rusa en el Instituto Gorki de Moscú, pero escapó de la Unión Soviética años después de la muerte de su padre, desesperada. No entendió para nada al llamado «Mundo Libre», que la trató con la máxima frialdad y trató de usarla como peón en el tablero de la Guerra Fría, y murió en la pobreza extrema, en algo muy parecido a la nada. Vasili, su hermano, incurrió en un error grave y lo pagó caro: trató de aprovecharse de los privilegios de ser hijo del dictador, se convirtió en un borrachín, un conocido en los bajos fondos moscovitas, en los antros del vodka; estudió, sin embargo, para ser piloto de guerra y combatió contra las tropas invasoras de Hitler. Fue capturado por los alemanes, su padre se negó a intercambiarlo por otro prisionero importante, con la idea de que ser hijo suyo no podía representar una ventaja de ninguna especie, y desapareció en un campo de concentración nazi.

Las historias terribles, productos del rumbo que adquiría la historia contemporánea, son interminables. José Stalin, por un lado, se parece a muchos padres autoritarios, caprichosos, celosos de sus hijas, groseros, vociferantes. Lo extraño es que gente de notable talento, de cultura avanzada, hiciera elogios suyos enteramente desmesurados. A través de lecturas diversas, llego a la conclusión de que existieron dos Stalin: el sátrapa revolucionario, desmesurado, partidario del terror como arma de lucha política, y el héroe militar, que organiza la defensa de su país con eficacia extraordinaria, recuperando tradiciones nacionales, religiosas, incluso imperiales, pero sin consideración por nada ajeno a esos fines y sin el menor escrúpulo ideológico. En resumen, un enigma humano e histórico y, en definitiva, un asesino serial, celebrado en prosa y en verso por algunos de los humanistas, ¡contradictorios humanistas!, del siglo XX. En el libro de Rosemary Sullivan vemos una fotografía de familia del cumpleaños de Stalin del año 1934. La mayoría de los personajes que aparecen en la fotografía, abrazados con el Padre de los Pueblos, cantando el equivalente ruso del «cumpleaños feliz», fueron enviados al Gulag o directamente asesinados. El jefe supremo no podía permitir que los ciudadanos del paraíso comunista pensaran que su familia tenía privilegios. Podían ser torturados y fusilados, después de escuchar el timbre fatídico de las cinco de la madrugada, como cualquier otra persona. A pesar de haber actuado en la guerra como un héroe nacional, heredero de Pedro el Grande o de Iván el Terrible, Stalin, Ióssif Vissariónovich Dzhugasvili, desarrolló en sus años finales un delirio paranoico, irracional, con fuertes matices de antisemitismo, como si hubiera asimilado algunos de los rasgos de sus enemigos hitlerianos. Denunció un supuesto Complot de los Médicos, en su mayor parte de origen judío, y los mandó encarcelar y «confesar» sus culpas mediante tortura. Cuando sufrió un ataque cerebral, los agentes de la KGB iban a la cárcel a consultar la opinión del doctor Jacobo Rapoport, uno de los mejores especialistas del país, encarcelado por órdenes del enfermo.

La historia es siniestra y altamente instructiva. La lectura de esta biografía demuestra que su hija, Svetlana, la comprendió mejor que muchos, y dedujo casi todas las consecuencias. Pero no pudo sobreponerse: fue víctima hasta el final, y lo fue con lucidez, a diferencia de su desgraciado hermano Vasili. Me pregunto, por otro lado, si nosotros la hemos comprendido. Tengo serias dudas a este respecto.

Jorge Edwards, escritor.

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