La hiperinflación mediática

Por Román Gubern, catedrático de Comunicación Audiovisual de la Universidad Autónoma de Barcelona (EL PAÍS, 05/02/07):

Desde hace algún tiempo, el ensordecedor griterío que se ha alzado en nuestro reñidero nacional parece haber alcanzado una dimensión patológica y difícilmente soportable. No reconozco, en los países de nuestro entorno, ningún caso que se parezca al que aquí padecemos, por muy sensacionalistas que sean los tabloides británicos o alemanes, o muy vocingleros ciertos programas audiovisuales italianos. Y eso ocurre en un país en el que la cuarta parte de la población confiesa no leer nunca periódicos y sin entrar en matices acerca de si los restantes se limitan a la prensa deportiva o a la crónica de sucesos. ¿Cómo ha podido llegarse a esta situación tan anómala y degradante en una democracia?

El primer problema que se observa no es el de la clásica mezcla de información y opinión, sino el sometimiento puro y simple de la información a las opiniones partidistas de los gestores del medio. De este modo, los textos aparecen esclavizados por una opinión política partidista y militante que conforma su enunciado, sesgando sus datos, sus circunstancias y su sentido y convirtiendo así su texto en arma arrojadiza. Pero el problema no acaba aquí.

En la actualidad, es el ruido periodístico el que dicta la agenda setting a los políticos y no al revés, como debiera ser. Son los políticos los que deben trotar sin aliento a remolque de lo dicho o publicado en los medios. Y de esta situación tan extraordinaria derivan dos consecuencias harto preocupantes. La primera consiste en que la información, que es mero texto o entorno virtual, tiende a reemplazar a la praxis de los sujetos políticos en la gestión de las complejidades de la realidad social. Esta situación parece dar de modo imprevisto la razón al provocativo Jean Baudrillard, cuando definía a la realidad virtual como un crimen perfecto, pues no sólo reemplazaba a la realidad empírica, sino que además borraba las huellas de tal sustitución fraudulenta. En una palabra, el triunfo de lo virtual sobre lo real nos ha hecho retroceder a los días en que el príncipe Grigori Potemkin mostraba a una embobada emperatriz Catalina de Rusia lejanas obras públicas, que no eran más que decorados efímeros plantados en medio del paisaje. En nuestra situación actual, las representaciones hiperestésicas construidas por los medios de comunicación parecen estar robando también protagonismo a la realidad. Y, pese a ello, probablemente muchos ciudadanos se consideran bien informados de cuanto ocurre a través de los medios.

La segunda consecuencia, no menos grave, se ha traducido en la emergencia en el paisaje mediático del periodista-estrella, cuyo estrellato ha sido conquistado a fuerza de vociferar o de calumniar. Bien es verdad que en la historia de la información ha habido antes muchos periodistas-estrella, de merecido prestigio, desde Herbert Matthews hasta Walter Cronkite, pasando por el llorado Ryszard Kapuscinski. Aquellos hombres y mujeres se ganaron merecidamente su prestigio a fuerza de perseverancia, valor y maestría profesional. En el nuevo star-media-system, en cambio, la vanidad del informador energúmeno aspira a usurpar el protagonismo del político. En esta operación narcisista se invierten, como en el caso anterior, la importancia de los roles, pues el informador pasa a ocupar la centralidad del debate político a expensas del sujeto político auténtico, convertido en materia carroñera. O, si se quiere, el protagonismo del comunicador aspira a usurpar el protagonismo del político. Se trata de una nueva forma de periodismo amarillo, esta vez circunscrito a la arena política, pero que busca sobre todo elevar mediante ruido mediático un pedestal para quien fabrica su mensaje vitriólico ante un teclado, un micrófono o una cámara.

Pero todo ello está ocurriendo en un contexto sociocultural muy nuevo, que está erosionando profundamente al que ha sido considerado, durante más de un siglo, el cuarto poder. Entre el 11 y el 14 de marzo de 2004 se evidenció el ascendente protagonismo de las nuevas redes tecnológicas interpersonales -internet y teléfono móvil-, sobre todo entre los estratos más jóvenes de nuestra sociedad. Y volvió a corroborarse más tarde en varias convocatorias de manifestación por parte de la Asociación de Víctimas del Terrorismo. En el mundo actual, más de 2.000 millones de personas poseen teléfono móvil. Y según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, organismo de la ONU con sede en Ginebra, los menores de 18 años dedican 14 horas semanales a los medios digitales, bastantes más que las que dedican a la televisión, la radio, el cine o los periódicos impresos. Y en la escandalosa asimetría tecnológica de la sociedad dual, los jóvenes españoles figuran en la parte alta de esta franja, como se demostró en marzo de 2004.

De manera que las redes tecnológicas interpersonales están desempeñando un nuevo protagonismo en la arena informativa, que está erosionando fuertemente al periodismo de papel y al herziano y limitando su influencia. Tal vez este declive constituye una de las razones que explican precisamente la desesperada algarabía amarillista que ahora denunciamos. Estamos en el alba de la era de los blogs, descendientes informáticos perfeccionados de los tazebaos de la Revolución Cultural china. Bien es verdad que, ante este nuevo fenómeno, hay que repetir que sobreinformación equivale a desinformación, pero su proceso de selección crítica por parte de los usuarios acabará por entronizar a los nuevos líderes de opinión electrónicos, que probablemente demostrarán mayor sensatez que sus antecesores gutengbergianos y herzianos. Es, por lo menos, lo que deseamos.