La hiperrealidad de España

España no es un problema, como dijeran los noventayochistas. España es, a lo más, una novia tóxica. No importa en qué momento o bajo qué circunstancia te asomes a ella porque siempre volverá a decepcionarte a pesar de sus encantos. La única manera sana de relacionarnos con ella sería dejarla en paz, huir hacia delante y olvidar cualquier esfuerzo por enmendar nuestra propia naturaleza. Pero es difícil. Heráclito decía que la guerra es el padre de todas las cosas, pero yo creo que de quien de verdad fue padre es de todos nosotros. El de Éfeso es nuestro patrón en la sombra.

Por medio mundo corre el clamor del disenso y la polarización, pero en esta España nuestra el enfrentamiento trasciende incluso la pura oposición de ideas. No es que debatamos o confrontemos los valores con respecto a los cuales queremos ordenar la realidad: es que no somos capaces de ponernos de acuerdo ni siquiera en qué es lo real que debe ser interpretado. Durante algún tiempo podríamos haber pensado que este letargo solipsista y alucinado podría revertirse con una cura de abrupta facticidad. Al igual que el golpe de adrenalina nos hace recuperar la lucidez cuando estamos borrachos, la realidad en su forma más cruda podría hacernos despertar de la mazmorra ideológica.

Los clásicos nos recordaron aquello de que in claris non fit interpretatio, es decir, que sobre cuestiones demasiado evidentes no hace falta interpretar nada. Hay sucesos que podrían decirse «hiperreales» por cuanto no admiten una hermenéutica demasiado holgada. Son lo que son y ante su craso acontecimiento, generalmente doloroso, sólo cabe asentir y atestiguar su rotundidad sobre un acuerdo tácito. En ocasiones, como ocurre en Alemania con el Holocausto, incluso se proscribe el disenso con respecto a ciertos hechos y su interpretación moral. Esos pactos, a veces forzosos, son el fundamento sobre el que se asienta una comunidad. Son, de hecho, su condición misma de posibilidad.

Nuestros consensos políticos derivan de la amenaza de algunos riesgos ciertos e incuestionables: la guerra, la muerte o la miseria son tres formas privilegiadas de esta verdad terrible. En democracia aprendimos a protegernos de ellos con algunos acuerdos fundamentales como son el imperio de la ley, la custodia y protección de los derechos civiles, la separación de poderes o la condición vinculante de los contratos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, estas verdades del barquero parecen haberse situado en un terreno en disputa. Prueben a pasear estos cuatro principios básicos entre sus amistades o, mejor, entre sus hijos, a ver qué ocurre.

No sólo los optimistas sino cualquier persona más o menos templada habría confiado en que una catástrofe humana como la que ha generado la pandemia tendría, forzosamente, que ponernos de acuerdo. La desgracia tiende a reforzar los lazos sociales y el dolor compartido es siempre un elemento agregador en las relaciones humanas. Ni siquiera el sufrimiento de todos nuestros próximos o el esfuerzo denodado de tantos ha servido no ya para que dejemos de odiarnos sino para que, al menos, seamos capaces de darnos una tregua. La opción de salir más unidos parece ya una provocación macabra y muchos nos conformaríamos con no adentrarnos en una desafección irreversible.

Los sucesos del Capitolio de Washington son otra muestra más de cómo la rotunda atrocidad de un hecho no basta para conformar una interpretación razonablemente coincidente. Más allá de la reprobación incuestionable, en España pronto comenzamos a trazar analogías para distinguir a quién podríamos imputar una mayor semejanza con Trump. A toda velocidad rapiñamos en el estercolero de la historia inmediata para encontrar cualquier chatarra afilada y cortante para arrojársela a nuestro supuesto enemigo. A ser posible, y como siempre, a la cara o a las partes blandas.

Todo es posible en un contexto en el que las narrativas de impugnación global se hacen cada vez más presentes y en el que un creciente número de personas (sobre todo las más jóvenes) están dispuestas a ver el mundo arder. Enmendando el título de Paul Ricoeur cabría recordar que todo conflicto es siempre el conflicto de una interpretación. Cosa seria esto de la hermenéutica. Cuando dos visiones del mundo resultan inconmensurables, es decir, cuando se rompen las reglas que determinan hasta el puro ejercicio del disenso, el conflicto interpretativo corre el riesgo de convertirse en una confrontación violenta. Revisen la historia y verán que no exagero.

En este 2021, si nadie lo remedia, seguiremos abonando nuestra desafección civil a fuerza de castigar el único aglutinante que tenemos: el espacio de deliberación compartido, las razones comunes y el anhelo coincidente por una legítima autoridad de la realidad y sus nombres. En eso creo que estamos peor que nunca. Hace casi un siglo nos matamos en un contexto en el que los fascistas se confesaban como tales y en el que a los comunistas se les respetaba el nombre. Prueben a ver ahora. Hoy ya todos somos fascistas o demócratas, sólo depende de a quién le preguntes. Lo dramático es que, sean quienes sean, hasta los nuestros mienten.

Diego S. Garrocho Salcedo es profesor de Ética de la Universidad Autónoma de Madrid y presidente del consejo académico de Ethosfera.

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