La hipocresía de EE UU

Por Peter Singer, profesor de bioética en la Universidad de Princeton. Traducción de Pilar Vázquez (EL PAÍS, 21/02/07):

Al conmemorar, el pasado julio, el 230º aniversario de la Independencia de Estados Unidos, el presidente Bush observaba que los patriotas que lucharon por la independencia creían que todos los hombres nacen iguales y con unos derechos inalienables. Y más adelante declaraba que debido a esos ideales, Estados Unidos “sigue siendo un rayo de esperanza para quienes sueñan con la libertad y un ejemplo resplandeciente para el mundo de lo que puede conseguir un pueblo libre”. Pero al mismo tiempo que hacía esas declaraciones, su Gobierno retenía en la base cubana de Guantánamo a unos 400 prisioneros. Algunos de éstos llevan hoy más de cinco años recluidos, y ninguno ha sido juzgado todavía.

Una fuente de información de la máxima fiabilidad confirmaba el mes pasado que los presos de Guantánamo están padeciendo algo más que detención indefinida. La Oficina Federal de Investigación sacó a la luz documentos que demostraban, entre otras cosas, que un agente del FBI había visto “en varias ocasiones” a detenidos “encadenados por los pies y las manos al suelo, en posición fetal”, sin un asiento, ni comida ni inodoro. En esas condiciones, “la mayoría se veía obligada a hacerse encima sus necesidades”. Así se les dejaba durante 18 o 24 horas, cuando no más.

El agente continuaba diciendo en su informe que en una de estas ocasiones “el aire acondicionado estaba tan alto que el detenido, descalzo, temblaba de frío”. En otra ocasión, la celda carecía de ventilación alguna y la temperatura superaba los 38 grados. El detenido yacía en el suelo casi inconsciente, con un puñado de pelos a su lado: “Al parecer, se los había estado arrancando durante la noche”.

“Tienes que ver esto”, le dijo entre risas un contratista civil a otro agente del FBI. Y a continuación lo condujo a una sala de interrogatorios, donde el agente vio a un hombre de barba y pelo muy largo con una mordaza de cinta adhesiva que “le cubría gran parte de la cabeza”. Cuando preguntó cómo le quitarían la cinta, no recibió respuesta.

Otro agente del FBI informó de que había visto prisioneros que permanecían sujetos con grilletes durante más de 12 horas, también expuestos al frío, que eran sometidos durante horas a unas luces estroboscópicas deslumbrantes y al sonido constante de música rap a un volumen atronador, o forzados a envolverse en la bandera de Israel. El informe del FBI constataba estos incidentes y añadía el siguiente comentario: “No parece excesivo dada la política del Ministerio de Defensa”.

Varios de los detenidos expresaron a los agentes del FBI que no tenían relación alguna con el terrorismo y que no sabían por qué los habían secuestrado y conducido a Guantánamo. Muchos de los prisioneros no fueron capturados en la guerra de Afganistán. Algunos fueron detenidos en Bosnia, Indonesia, Tailandia, Mauritania y Pakistán.

El Gobierno de Bush afirma que los detenidos son “enemigos de guerra”, prisioneros de la guerra global contra el terrorismo -una guerra que se está librando en el mundo entero y que podría durar varias décadas-. El comandante en jefe de las fuerzas especiales destacadas en Guantánamo, el contraalmirante Harry B. Harris, defendía recientemente el trato cruel al que se somete los prisioneros, diciendo que “todos ellos son terroristas; todos son enemigos de guerra”.

Pero la CIA ya ha cometido errores antes. Con Murat Kurnaz, por ejemplo, el turco-alemán que quedó en libertad el pasado agosto después de cuatro años de prisión en la base de Guantánamo. Y el caso de Khaled el Masri, un ciudadano alemán de origen libanés, parece ser otro de esos errores. La CIA lo detuvo en Macedonia, lo trasladó a Afganistán y lo interrogó durante cinco meses, tras lo cual lo dejó en libertad sin cargos. Un tribunal alemán acaba de dictar una orden de detención de los implicados en su secuestro.

Si existen los derechos humanos, el derecho a no ser detenido indefinidamente sin juicio es indudablemente uno de ellos. La Constitución estadounidense hace especial hincapié en ese derecho y establece en la Sexta Enmienda que en todos los procesos criminales, “el acusado disfrutará del derecho a ser juzgado rápida y públicamente por un jurado imparcial”, del derecho a “ser informado de la naturaleza y la causa de la acusación” y del derecho “a encontrarse cara a cara con quienes testifican en su contra”. A ninguno de los reclusos de Guantánamo le han sido otorgados estos derechos, de tal modo que nunca ha quedado probado, conforme a los principios establecidos en la Constitución estadounidense, que sean realmente terroristas.

Pero la Sexta Enmienda no ampara a los presos de Guantánamo porque no son ciudadanos estadounidenses y se encuentran en un recinto que, técnicamente, no forma parte del territorio de Estados Unidos, aunque esté bajo el control absoluto del Gobierno americano.

Al margen de lo que digan los tribunales estadounidenses, andar secuestrando gente por el mundo, encerrarla durante años sin haber demostrado previamente su culpabilidad y someterla a los peores abusos, constituye una violación flagrante de la ley internacional. Y es, además, simple y llanamente una injusticia, cualesquiera que sean los principios de justicia que se consideren.

“Aquel que quiera salvaguardar su libertad tendrá que proteger de la opresión incluso a sus enemigos, pues si no cumple con este deber, estará estableciendo un precedente que se volverá contra él”, escribía Tom Paine, el gran revolucionario estadounidense autor de Los derechos del hombre. Sólo con que siguiera este consejo, Estados Unidos podría ser un rayo de esperanza y un ejemplo resplandeciente. Pero mientras siga reteniendo prisioneros a los que maltrata y niega un juicio justo, esos ideales que dicen profesar los estadounidenses no dejarán de sonar como la mayor de las hipocresías al resto del mundo.