La historia de Aisha

Agosto parece pedir sol y playa, pero este año viene cargado de dramas humanos: las noticias de miles de refugiados huyendo de la guerra, la violencia, las hambrunas o la miseria de sus países, desesperados por encontrar cobijo en Europa, nos golpean día tras día. Detrás de cada uno hay situaciones tremendas que, al menos de vez en cuando, bien haríamos en dejar entrar en nuestra conciencia para no perder humanidad. Historias como las narradas por Martín Caparrós en El hambre ayudan a ello. Por ejemplo, la de Aisha, una mujer de unos 30 años que vive en una aldea de Níger. Todos los días, o mejor, todos los días que puede, come una bola de harina de mijo, algo que ella misma cuenta con sus ojos de tristeza e incluso de vergüenza. Entonces alguien le pregunta: «¿y si apareciera un mago al que pudieras pedir cualquier cosa, la que quisieras?». Y tras un rato pensando contesta: «una vaca que me dé mucha leche para hacer buñuelos y venderlos. Con eso me arreglaría». «¿Seguro? Mira que el mago puede darte cualquier cosa que desees». «Entonces dos vacas. Con dos nunca más voy a tener hambre». Tan poco y tanto para quien no tiene absolutamente nada.

NIETO
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Pero la historia de Aisha, como la de una mujer llevando a cuestas a su hijo muerto de vuelta a casa desde el hospital, es solo una de tantas que el autor describe tras su recorrido por diferentes pueblos de la India, Bangladesh, Sudán, Madagascar…, o incluso por Argentina y Estados Unidos. Porque el tema no es el hambre, sino las personas que la padecen, por encima de nacionalidad, color de piel o condición sexual (es verdad que mayoritariamente tiene rostro de mujer). Se trata de una desoladora radiografía del fracaso de la humanidad. El hambre es lo más desgarrador que existe; la representación de la lucha contra uno mismo, del cuerpo contra el propio cuerpo; la ejemplificación de que las fuerzas de la naturaleza triunfan sobre el esfuerzo por sobrevivir. El hambre habla de pobreza extrema, de pobreza mortífera e implacable. De hambrunas derivadas de catástrofes inesperadas y también del hambre radical y cotidiana que conduce a la muerte a ciento cuarenta mil personas cada semana en todo el mundo.

Pero nos queda lejos. A veces, ver a esos niños famélicos en la tele nos da una punzada interna, pero la incomodidad suele durar poco, casi como un pellizco. La «cultura de la virtualidad real» ayuda a que la punzada sea leve, igual que ayudan los juegos del lenguaje, pues llamarle «desnutrición» o «inseguridad alimentaria» suaviza mucho el impacto. Acaso nuestra mayor vergüenza esté en la capacidad que tenemos de tolerar lo intolerable como algo que ya forma parte de la normalidad en el funcionamiento del mundo; la de asumir que poco podemos hacer porque se escapa de nuestras manos y que el sistema tiene unas leyes que nada ni nadie pueden quebrantar.

Sin llegar normalmente a tales extremos, también hay pobreza en nuestros barrios y vecindarios y se lleva por delante proyectos e ilusiones de muchas personas y familias. Desde luego, pobreza no es igual a hambre, pero sí su puerta de entrada, el camino hacia esa forma de carencia radical que se expresa en la muerte de aquellos que no pudieron vencer en su combate contra la nada. Esas son las muertes más injustas, las derivadas de una mala distribución, las evitables, convertidas en víctimas de una cultura y de un sistema que toleran el descarte (Papa Francisco), el resultado trágico de un mundo que es capaz de generar no solo desigualdad y exclusión, sino empobrecidos y hambrientos.

Por eso son de agradecer y valorar todos los esfuerzos por hacernos conscientes y reaccionar ante unas y otras miserias, sean las obras de Caparrós o sea el documento Iglesia, servidora de los pobres de la Conferencia Episcopal Española, publicado hace unos meses, que para el conjunto de los medios ha pasado sin pena ni gloria, quizá porque buscan lo inhabitual y extraordinario, y la pobreza parece condenada a ser la eterna compañera que convive a nuestro lado y que intentamos evitar y hasta ocultar, si podemos. Pero ahí está.

Nuestros obispos han escrito un documento valiente y directo, crítico y animante, sin especulaciones ni complacencias ante el sufrimiento generado por la grave crisis económica, social y moral que tan bien conoce por experiencia Cáritas. Presenta un agudo análisis de la situación actual dando así voz a los nuevos rostros de la pobreza: familias golpeadas, jóvenes desempleados, niños y ancianos indefensos…, y, por supuesto, inmigrantes y refugiados, a los que llama «pobres entre los pobres». Además, no escatima palabras de dureza contra ese «mal moral» que es la corrupción, un grave pecado derivado de la codicia y la avaricia, que perjudica mucho sobre todo a los más necesitados.

Pero, y lo que me parece más importante, menciona dos elementos esenciales que están en la raíz de esta situación que sitúa a tantas personas en el marco de la pobreza o al borde de la exclusión. El primero es el «empobrecimiento espiritual», que tiene que ver con la pregunta sobre en qué decidimos sustentar la vida: en la honesta libertad que nos permite abrirnos a los demás y ser felices compartiendo, o en la idolatría del dinero o del poder que nos convierte en esclavos de lo que no es más que relativo. El segundo es la consolidación de una «estructura de pecado» constituida por el triunfo de un modelo social centrado en una economía de lo inmediato y en la pura lógica mercantil, acabando con ello por negar en la práctica la centralidad y primacía que ocupa la persona. «¡No a una economía de la exclusión!», afirma el documento.

Ciertamente los obispos conocen el sentido de la vocación política y reconocen su nobleza. Pero saben que la política no es únicamente el arte de gobernar, sino también el de establecer prioridades y jerarquizarlas. Y si existe un objetivo fundamental, ese debería ser el de eliminar las causas que provocan la pobreza, pues ésta no es consecuencia de un fatalismo inexorable sino de mecanismos concretos que generan «desechos». No por casualidad ése ha sido también el primero de los objetivos del milenio marcados por la ONU para el 2015.

Decía hace unos meses el Papa Francisco en un discurso a la FAO que «el hambriento no pide limosna, sino respeto a su dignidad». En aceptar o no esta afirmación está el cómo uno se sitúa ante los pobres de la tierra. La lucha contra pobreza que daña a las personas afecta a lo esencial de los derechos humanos y, por tanto, en ella nos jugamos el respeto a la dignidad humana, no solo la de los pobres sino la de todos. Por eso es una lucha que siempre brota del corazón del Evangelio. Hasta que los «civilizados europeos» no sintamos una indignación frente la pobreza de tantos, similar a la que la mayoría sentimos frente a la tortura de uno solo, nos quedará mucho por crecer en humanidad y muchísimo por hacer. Ojalá no sea tarde.

Julio L. Martínez, rector de la Universidad Pontificia Comillas ICAI-ICADE.

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