La historia en la enseñanza

He tenido la oportunidad de participar en unas jornadas organizadas por profesores de educación secundaria de Andalucía dedicadas a la enseñanza de los nacionalismos hispánicos en las aulas. Esta iniciativa es el fruto del interés de la activa asociación Hespérides, preocupada por la necesidad de saber plantear sin distorsiones los orígenes y la realidad de esta compleja cuestión y como reacción a las pretensiones “renacionalizadoras” de los planes de estudio del ministro Wert. Algunos de estos profesores señalaban que se estaba produciendo en las aulas un fenómeno nuevo: el incremento del interés de los alumnos por las cuestiones políticas –cosa impensable hace tan sólo unos pocos años–; pero este saludable deseo se veía afectado por la intoxicación política y las voluntades de adoctrinamiento que generaban no pocas tertulias y programas televisivos.

Con los planes del ministro Wert el profesorado se está encontrando en una nueva batalla sobre qué historia hay que enseñar. Es evidente que se trata de una respuesta política del Gobierno del PP a la eclosión de las diversas identidades autonomistas de los últimos cuarenta años y a la reafirmación de los sentimientos catalán, vasco y gallego. Eso es visto como una grave amenaza al predominio de un determinado nacionalismo español, aquel que siempre ha tenido voluntad de exclusividad. Es por eso que el ministerio intenta forzar la función nacionalizadora que puede tener la enseñanza de la historia para enderezarlo. Y cree que el mejor procedimiento es con una ley y unos programas dirigistas que no dejen lugar a varias interpretaciones, dado que el mismo ministerio controla el 100% de los contenidos de las pruebas de la nueva “reválida” que ha creado. Ante la supuesta pérdida de la identidad española, el ministerio presenta unos currículos cerrados, exhaustivos y detalladísimos e imposibles de ser tratados en las aulas. Ante esta amplitud de contenidos, el alumno sólo podrá memorizar fechas y hechos, no podrá aprender a razonar ni a entender los porqués de las cosas. Este arcaísmo metodológico, este retorno a cronologías y temáticas rescatadas del túnel del tiempo del franquismo acompañan a una descarada voluntad nacionalista. Con los planes de Wert no se trata de analizar los grandes problemas de las sociedades, formar a los alumnos para que tengan un pensamiento autónomo y crítico, sino de adoctrinar, de huir de toda reflexión que cuestione unas ideas preestablecidas presentadas como verdades incuestionables. Afortunadamente está en manos del profesorado contrarrestar esta ofensiva ideológica. Frente de la historia identitaria y dirigista de los planes de Wert, los enseñantes andaluces defienden una historia abierta que ayude a los alumnos a pensar por ellos mismos.

MESEGUER
MESEGUER

Por eso los profesores andaluces estaban notablemente interesados en saber cómo explicar a sus alumnos qué pasa en Catalunya, cómo se ha llegado a la actual situación de desencuentro. Se me atribuyó el reto de explicarlo y para hacerlo pensé que el procedimiento más adecuado era presentar problemas, plantear cuestiones y hacer reflexionar sobre algunas paradojas. Algunas muy evidentes, como, por ejemplo, ¿cómo es que Catalunya en la época contemporánea, a pesar de ser el territorio más desarrollado, más moderno socialmente y también el más conflictivo, casi no tiene influencia en la política española? ¿Por qué se frustraron los proyectos catalanes de cambiar el sistema político y el modelo de desarrollo económico en los siglos XIX y XX? ¿No eran, todos ellos, proyectos para construir una España mejor, más moderna y más europea? Y también había que repasar las reticencias generadas, desde un primer momento, por el mismo modelo industrialista catalán –visto como socialmente peligroso– y ver cómo después vinieron las resistencias por los partidos españoles a toda propuesta catalana de reforma modernizadora del Estado –porque tenían miedo a perder poder– y finalmente las vehementes reacciones ante cualquier proyecto autonomista, dado que, según el gobierno de turno, aquello rompía “la sagrada unidad de la nación”.

Los únicos momentos en que los proyectos catalanes pudieron tener un cierto éxito coincidieron con graves crisis españolas. Las tres oportunidades catalanas han tenido lugar en 1898, en 1931 y en 1977. El desastre de 1898 posibilitó que, ante la ausencia de un proyecto español de auténtica regeneración de España, el catalanismo hiciera una espectacular irrupción en la política española. Porque, como había dicho Almirall, el problema era España y Catalunya podría ser la solución. La ruptura política de 1931 llevó al pacto entre las izquierdas españolas y catalanas que culminó con la Generalitat republicana, al primer gobierno catalán desde 1714. Los acuerdos de la transición, con una importante presencia de las derechas exfranquistas condujeron a un sistema generalizado de autonomías, en el cual la catalana perdió especificidad, y que actualmente está yendo a la quiebra. Ahora bien, también los últimos años se ha reforzado de tal manera el sentimiento de identidad propia o compartida con la española en el resto de comunidades autónomas que hoy sólo hay una de ellas donde sentirse español sea realmente mayoritario: la Comunidad de Madrid. A los profesores de historia nos corresponde explicar a los alumnos las causas de todo eso. Algunos políticos, como Wert, tendrían que ser más prudentes y no ignorar el pluralismo identitario de la sociedad actual. Porque en una sociedad democrática las identidades no se pueden imponer. Forman parte de los sentimientos personales y estos sólo se pueden respetar y reconocer.

Borja de Riquer, historiador.

1 comentario


  1. Hay que tener mucha cara o ser un sinvergüenza para lanzar precisamente desde Cataluña críticas sobre la enseñanza de la Historia. Justo allí donde no es que se manipule sino que se miente descaradamente, pretenden dar lecciones a los demás.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *