La historia interminable

«Hace tres años que vivimos en desaforada discordia. Media Catalunya maldice de la otra mitad. El antagonismo partidista toma proporciones fantásticas. Hay entre nosotros una ferocidad que da miedo. Es puro balcanismo, puro iberismo, puro africanismo, y la falta de elegancia moral, de discusión inteligente, entra en nuestras trapatiestas en proporción muy superior a los motivos realmente profundos que puedan dividirnos. Estamos hartos de insultos, de calumnias, de vejaciones mutuas, de zancadillas y toda otra suerte de barbaridades». Este párrafo pertenece a un artículo de Agustí Calvet, ‘Gaziel’. Lo publicó en ‘La Vanguardia’ el 18 de mayo de 1934, pero lo podía haber escrito ayer.

Los atentados del 17 de agosto han sacado a la luz lo peor de lo que se venía incubando en la sociedad catalana desde hace tiempo, una ferocidad, como decía Gaziel, una fractura, un odio, un desprecio y una descalificación del contrario que solo pueden llevar al pesimismo y a la melancolía al comprobar que será muy difícil a partir de ahora hacer algo juntos. El enfrentamiento verbal y escrito –en las redes sociales– ha alcanzado unos límites que ni siquiera la tragedia y el dolor producido por los atentados han sido capaces de acotar. Al contrario, el desgarro y el drama provocados por los ataques yihadistas han sido utilizados para engrasar la máquina del fango, y por eso es mucho más grave.

Los hechos, cualquiera que sean, ya no cuentan, solo existen para interpretarlos cada uno a su manera y para sacar rédito político de ellos. Los ejemplos de estos días son múltiples, como múltiple es el rifirrafe a la vez entre los propios catalanes y entre una gran parte de estos y los representantes de lo que ahora llaman «el Estado», confundiendo Gobierno y Estado para mejor dejar claro que ese Estado es de los otros, no de los nuestros.

Inmediatamente después de los ataques, desde el Govern y los círculos independentistas se acusó a Madrid –el concepto incluye desde el Gobierno del PP hasta los medios de comunicación privados– de mezclar los atentados y el procés con la intención de frenar al soberanismo. En muchos casos, la acusación era cierta, pero perdió todo su valor después de la ocupación por el independentismo de la manifestación del paseo de Gràcia. Y no solo por la presencia extemporánea de las estelades y por los abucheos al Rey y a Rajoy, sino porque las consignas, las pancartas fabricadas, estaban destinadas a unos fines –contra la islamofobia, contra la venta de armas, ninguna contra los autores de los crímenes– que han asombrado a Europa. Un diario tan ponderado como ‘La Repubblica’ tituló: ‘El nacionalismo sin solidaridad’. Sí, porque el ‘No tinc por’ o los deseos de paz son muy loables, pero los grandes olvidados de la marcha fueron los muertos.

Pese a los intentos de contención cara a la galería, la procesión cainita iba por dentro. Cada parte iba a lo suyo y solo destacaba lo malo de la otra. Si las autoridades españolas vienen, se les reprocha que vengan porque nos coartan el autogobierno; si no vienen, se las acusa de abandonar a los catalanes y de no tratarlos igual que a los demás españoles. Desde el otro bando, si el Govern lo hace bien, es porque quieren ser un Estado; si lo hace mal, es porque no nos piden ayuda.
Explotación de agravios; incomprensión secular

Unos se ufanan de lo que han hecho hasta la autocomplacencia, pese al boicot del ‘enemigo’; los otros menosprecian los éxitos y resaltan los fallos. Esto es particularmente cierto en el caso de la actuación de los Mossos. Su papel ha sido digno de elogio, pero no ha sido ninguna sorpresa para quienes conocían la seriedad y la preparación del cuerpo, incluso en la época del ‘conseller’ Saura, tan denostado por quienes ahora no admiten ni una crítica a la policía autonómica. Nunca creyeron, como dicen ahora los independentistas para abonar la refriega, que los Mossos fueran «una policía de ‘fireta’».

Por un lado, todo es la permanente explotación de agravios; por el otro, la incomprensión secular de siempre. Si el ‘conseller’ Forn distingue con evidente intención víctimas «catalanas y españolas», inmediatamente sale el ‘indepe’ de guardia a recordar que Susana Díaz dijo una vez «el andaluz y las otras víctimas», cuando evidentemente no es lo mismo la separación nacional que la preferencia regional. Cuando ya Pep Guardiola había conseguido hacer ruedas de prensa en catalán y castellano sin problema alguno, ahora reaparece Mayor Oreja afirmando que «los españoles merecían que se les explicaran los atentados en español».

Los ejemplos son interminables, tanto como la incapacidad para entendernos. Pero no solo entre Catalunya y el resto de España. También, más de 80 años después de la advertencia de Gaziel, entre los mismos catalanes.

José A. Sorolla, periodista.

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