La hoguera de las declaraciones hipócritas

Por Amir Taheri, periodista iraní formado en Teherán (GEES, 21/02/06):

“La furia musulmana”, clama el titular de un diario. “La rabia del islam barre Europa”, anuncia otro. “El choque de civilizaciones de camino”, advierte un comentarista. Todo esto alude al conflicto provocado por la publicación de las viñetas del profeta Mahoma en un diario danés hace cuatro meses. Desde entonces se han celebrado un buen número de manifestaciones, sobre todo — aunque no exclusivamente — en Occidente, y las embajadas y consulados escandinavos han sido sitiados.

¿Pero hasta qué punto son representativas del islam esas manifestaciones? La “maquinaria de la ira” fue accionada cuando la Hermandad Musulmana — una organización política, no religiosa — invitó a los simpatizantes de Oriente Medio y Europa a tomar la calle. Se decretó una fatwa por Yusuf al-Qaradawi, jeque de la Hermandad con su propio programa en al-Jazira. Para no quedar atrás, los rivales de la Hermandad, Hizb al-Tahrir al-Islamí (Partido de la Liberación Islámica) y el Movimiento del Exilio (Ghuraba), se unieron al fregado. Creyendo que podrían sacar algo, los líderes Baazistas sirios abandonaron las pretensiones seculares de 60 años de antigüedad de su partido y organizaron ataques contra embajadas danesa y noruega en Damasco y Beirut.

La posición de la Hermandad Musulmana, en palabras de uno de sus militantes más jóvenes, Tariq Ramadán — que también es, inexplicablemente, consejero nacional británico — pueden resumirse como sigue: representar no solamente a Mahoma, sino a todos los profetas del islam, va contra los principios islámicos; y el mundo musulmán no está acostumbrado a reírse de la religión. Ambas afirmaciones, sin embargo, son falsas.

No existe prescripción coránica contra las imágenes, ya sean de Mahoma o de cualquiera. Cuando se extendió por Levante, el islam entró en contacto con una versión del cristianismo que era militantemente iconoclasta. Como resultado, algunos teólogos islámicos decretaron “fatwas” contra cualquier representación de la deidad, en un momento en el que el islam aún tenía teología orgánica. Esa postura fue reforzada además por el hecho de que el islam comprende los diez mandamientos judíos — que incluyen la prohibición de representar a Dios — como parte de su herencia. El tema nunca se ha decidido de un modo u otro, y la afirmación de que la prohibición de las imágenes es “un principio absoluto del islam” es puramente política. El islam sólo tiene un principio absoluto: la Unicidad de Alá. Intentar inventar otros absolutos es, desde el punto de vista de la teología islámica, no es sino sherk [idolatría], es decir, el abandono de Muchos de los atributos del Uno.

La afirmación de que la prohibición de representar a Mahoma o a otros profetas es un principio absoluto del islam también es refutada por la historia. Muchos retratos de Mahoma han sido pintados por artistas musulmanes, encargados a menudo por gobernantes musulmanes. No hay espacio aquí como para proporcionar una lista exhaustiva, pero éstos son algunos de los más célebres:

Una miniatura del sultán Mohammed-Nur Bokharai que muestra a Mahoma montando un buraq, un caballo con la cara de una mujer hermosa, camino de Jerusalén para su M’eraj o viaje final (siglo XVI); una pintura que muestra al arcángel Gabriel guiando a Mahoma a Medina, la capital del profeta, tras huir de La Meca (siglo XVI); un retrato de Mahoma, con la cara cubierta con una máscara, en un púlpito de Medina (siglo XVI); una miniatura de Isfahán que representa al profeta con su gato preferido, Hurairah (siglo XVII); la miniatura de Kamaleddin Behzad que muestra a Mahoma contemplando una rosa producida de una gota de sudor que cayó de su cara (siglo XIX); un cuadro, “Masacre de la familia del profeta”, que muestra a Mahoma contemplando cómo es ajusticiado su nieto Hussain por los Umayyads en Karbala (siglo XIX); un cuadro que muestra a Mahoma y a siete de sus primeros seguidores (siglo XVIII); y el retrato de Mahoma de Kamal ul-Mulk que muestra al profeta sosteniendo el Corán en una mano con el dedo índice de la otra señalando la Unicidad de Alá (siglo XIX).

Algunos de éstos pueden verse en museos dentro del mundo musulmán, incluyendo el Topkapi de Estambul, y en Bokhara, Samarkanda y Haroun-Walat (un suburbio de Isfahán). Los visitantes de otros museos, incluyendo algunos de Europa, encontrarán miniaturas e ilustraciones de libros representando a Mahoma, en ocasiones llevando su burqa (cubierta) de La Meca o su niqab de Medina (máscara). Ha habido pocas estatuas de Mahoma, aunque diversos escultores árabes e iraníes contemporáneos han producido bustos del profeta. Una estatua de Mahoma puede verse en el edificio del Tribunal Supremo de Estados Unidos, donde se honra al profeta como uno de los grandes “legisladores” de la humanidad.

Ha habido otras imágenes: los yanissarios — la élite del ejército otomano — llevaban un medallón con la cabeza del profeta (sabz qaba). Sus rivales persas, los qizilbash, tenían su propio icono, representando la cabeza de Alí, el yerno del profeta y primer imán del chi’ísmo. En cuanto a las imágenes de otros profetas, las hay a millones. Quizá el más popular sea José, que es presentado por el Corán como el ser humano más bello creado por Alá.

Ahora la segunda afirmación, que el mundo musulmán no está acostumbrado a reírse de la religión. Eso es cierto si restringimos ‘mundo musulmán’ a la Hermandad y sus ramas del movimiento salafí, Hamas, la Jihad Islámica y al Qaeda. Pero todas éstas son organizaciones políticas disfrazadas de religiosas. No son las únicas representantes del islam, igual que el Partido Nazi no es el representante único de la cultura alemana. Su intento de retratar el islam como una cultura lúgubre que carece de sentido del humor es parte del mismo discurso que describe “el martirio suicida” como la meta más alta de todos los verdaderos fieles.

La verdad es que el islam ha tenido siempre sentido del humor, y nunca ha llamado a decapitar a los humoristas satíricos. El propio Mahoma perdonó a un célebre poeta de La Meca que le llevaba caricaturizando más de una década. Tanto la literatura árabe como la persa, las dos grandes literaturas del islam, están llenas de ejemplos de “reírse de la religión”, en ocasiones hasta el punto de la irreverencia. Una vez más, ofrecer una lista exhaustiva no es posible. Pero los familiarizados con la literatura del islam conocen “Mush va Gorbeh” (el ratón y el gato), de Ubaid Zakani, a la altura de Rabelais en lo que se refiere a ridiculizar la religión. El elocuente soliloquio de Sa’adi en nombre de Satán ridiculiza a “los estirados piadosos”. Y Attar retrata a un jeque hipócrita que, habiéndose caído al Tigris, es estrangulado por su enorme barba. La sátira islámica alcanza sus máximas cotas en Rumi, donde un pastor conspira con Alá para realizar una proeza frente a Moisés; al final los tres terminan riéndose a carcajadas.

La ética islámica se basa en “límites y proporciones”, lo que significa que la respuesta a una viñeta ofensiva es una viñeta, no el incendio de embajadas o el secuestro de la gente designada como enemigo. El islam rechaza la culpa por asociación. Igual que los musulmanes no deben culpar a todos los occidentales del pobre gusto de un dibujante que quería ser provocativo, los horrorizados por el espectáculo de los saqueos por encargo de embajadas en nombre del islam no deben culpar a todos los musulmanes de lo que es un estallido de poder fascista.

Amir Taheri es periodista iraní formado en Teherán. Era el editor jefe del principal diario de Iran, el Kayhán, hasta la llegada de Jomeini en 1979. Después ha trabajado en Jeune Afrique, el London Sunday Times, el Times, el Daily Telegraph, The Guardian, Daily Mail, el International Herald Tribune, The Wall Street Journal, The New York Times, The Los Angeles Times, Newsday y el The Washington Post, entre otros. Actualmente trabaja en el semanario alemán Focus, ha publicado más de una veintena de libros traducidos a 20 idiomas, es miembro de Benador Associates y dirige la revista francesa Politique Internationale.