La hora de Alemania

¿Quién dirige la Unión Europea? En vísperas de la elección general en Alemania, es una pregunta muy oportuna.

Una respuesta típica es “los estados miembros de la UE” (los 28, todos ellos). Otra es: “la Comisión Europea”. Pero Paul Lever, exembajador británico en Alemania, ofrece una respuesta más pertinente: acaba de publicar un libro titulado Berlin Rules, donde escribe: “La Alemania moderna demostró que es posible conseguir con política lo que antes demandaba guerra”.

Alemania es el estado más poblado de la UE, y su mayor potencia económica, responsable de más del 20% del PIB del bloque. Las causas del éxito económico alemán no se dejan determinar fácilmente. Pero lo que ha dado en llamarse el “modelo del Rin” tiene tres características únicas que se destacan.

En primer lugar, Alemania conservó su capacidad industrial mucho mejor que otras economías avanzadas. La producción fabril todavía representa el 23% de la economía alemana, contra 12% en Estados Unidos y 10% en el Reino Unido, y emplea el 19% de la fuerza laboral, contra 10% en EE. UU. y 9% en el RU.

Los buenos resultados de Alemania en el mantenimiento de su base industrial contradicen la práctica habitual de los países ricos de subcontratar las actividades de producción fabril a lugares con menos costo laboral. Esta se basa en la teoría estática de las ventajas comparativas, que Alemania nunca aceptó. Fiel al legado de Friedrich List, padre de la ciencia económica alemana, que en 1841 escribió “el poder de producir riqueza es por tanto infinitamente más importante que la riqueza misma”, Alemania retuvo su ventaja fabril, por medio de un compromiso permanente con la innovación de procesos, respaldada por una red de institutos de investigación. El crecimiento exportador le aportó los beneficios del rendimiento creciente a escala.

La segunda característica del modelo alemán es la “economía social de mercado”, cuya máxima expresión es el exclusivo sistema de “codeterminación” industrial. Alemania se diferencia de otras grandes economías avanzadas por practicar un “capitalismo participativo”. Todas las empresas están legalmente obligadas a tener comités de empresa. De hecho, en las compañías grandes, la dirección está a cargo de dos juntas, que toman las decisiones estratégicas: una junta directiva y otra supervisora, divididas a partes iguales entre representantes de los accionistas y de los empleados. Eso lleva a que en comparación con otros lugares, sea mucho más fuerte la resistencia a deslocalizar la producción, así como la disposición a contener los costos salariales.

Finalmente, está el firme compromiso de las empresas alemanas con la estabilidad de precios. Alemania no necesitó que Milton Friedman le diera lecciones sobre los males de la inflación: ya las tenía incorporadas en su institución más famosa de la posguerra, el Bundesbank.

Lever sugiere que esto se origina en el recuerdo del colapso monetario del período 1945-1948 y de la hiperinflación de la década de 1920. Asimismo, la aversión al déficit público es reflejo de la resistencia de la población al endeudamiento privado.

Institucionalmente, la UE se ha convertido en Alemania en mayor escala. La Comisión, el Parlamento Europeo, el Consejo Europeo y el Tribunal Europeo de Justicia reproducen la estructura descentralizada de Alemania. El evangelio europeo de la “subsidiariedad” refleja la división de poderes entre el gobierno federal alemán y los estados (Länder). Alemania se asegura de que las principales posiciones en los órganos de la UE sean ocupadas por alemanes. La UE dirige por medio de sus instituciones, pero las instituciones las dirige el gobierno alemán.

Pese a esto, las palabras “hegemonía” o incluso “liderazgo” son tabú en Alemania, reticencia que se origina en la determinación de los alemanes de no hacer nada que recuerde el oscuro pasado del país. Pero negar el liderazgo al tiempo que se lo ejerce impide discutir las responsabilidades de Alemania, algo que conlleva costos (especialmente económicos) para los otros estados miembros de la UE.

Alemania creó un sistema de reglas que refuerza su ventaja competitiva. El uso de la moneda común impide devaluaciones dentro de la eurozona. Al mismo tiempo, garantiza que el euro valga menos de lo que debería valer una moneda puramente alemana.

El reciente Tratado sobre la Unión Fiscal de la UE (sucesor del Pacto de Estabilidad y Crecimiento) establece compromisos legalmente vinculantes con el equilibrio fiscal y la limitación de las deudas nacionales, sostenidos mediante mecanismos de supervisión y sanciones. Esto impide financiar el estímulo al crecimiento con déficit. Y la insistencia alemana en que los costos extrasalariales sean equivalentes en toda la UE apunta menos a mejorar la competitividad de Alemania que a reducir la de los otros países.

De modo que la UE, especialmente los diecinueve miembros de la eurozona, funciona como una enorme base para Alemania, desde la cual puede lanzarse al asalto de los mercados extranjeros. Y es una base sólida. Alemania exporta a la UE 30% más de lo que importa de ella, y mantiene uno de los superávits de cuenta corriente más grandes del mundo.

Es una hegemonía benigna en vez de brutal, pero encierra una contradicción enorme. Las cuentas nacionales deben estar en equilibrio, de modo que un superávit en una parte de Europa implica un déficit en otra. La eurozona se creó sin un mecanismo de transferencia fiscal que permita socorrer a miembros de la familia en dificultades; el Banco Central Europeo tiene prohibido actuar como prestamista de última instancia del sistema bancario; y la propuesta de la Comisión de crear eurobonos (emisiones de bonos nacionales con garantía colectiva) naufragó porque Alemania objetó que afrontaría la mayor parte del pasivo.

Alemania aceptó proveer financiación de emergencia a países de la eurozona con problemas de deuda, como Grecia, con la condición de que “pongan la casa en orden”, lo que implica que deben recortar el gasto social, vender activos públicos y aplicar otras medidas para aumentar su competitividad (los alemanes no ven razones para reducir su propia competitividad superlativa).

¿Cómo lograr un ajuste más simétrico entre los acreedores y los deudores europeos? Excluido un mecanismo de transferencia fiscal, una posibilidad es adaptar a la eurozona la propuesta de una “cámara compensadora internacional” que formuló John Maynard Keynes en 1941. Los bancos centrales de los estados miembros mantendrían sus saldos residuales en euros en cuentas dentro de un Banco Compensador Europeo. Para alentar a acreedores y deudores por igual a tener sus cuentas equilibradas, se les haría pagar intereses crecientes por los desequilibrios persistentes.

Una cámara compensadora europea sería un avance menos visible sobre los intereses nacionales alemanes que una unión fiscal de transferencias. Pero lo esencial es que para que la eurozona funcione, es necesario que los fuertes estén dispuestos a mostrar solidaridad hacia los débiles. Sin algún mecanismo que lo haga posible, la UE irá trastabillando de crisis en crisis, y es probable que pierda algunos miembros por el camino.

Robert Skidelsky, Professor Emeritus of Political Economy at Warwick University and a fellow of the British Academy in history and economics, is a member of the British House of Lords. The author of a three-volume biography of John Maynard Keynes, he began his political career in the Labour party, became the Conservative Party’s spokesman for Treasury affairs in the House of Lords, and was eventually forced out of the Conservative Party for his opposition to NATO’s intervention in Kosovo in 1999. Traducción: Esteban Flamini.

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