La hora de Giorgia Meloni

La hora de Giorgia Meloni
Antonio Masiello/Getty Images

Cuando los resultados electorales «sorpresa» o «extremistas» llegan acompañados de un récord de baja participación de los votantes y un gran bostezo de los mercados financieros, es hora de buscar otra manera de describirlos. La victoria decisiva del partido de Giorgia Meloni, Hermanos de Italia, que la posiciona para convertirse en primera ministra —un cargo nunca antes ocupado por una mujer en su país— y en ser la primera en reivindicar una línea que se remonta inequívocamente hasta Benito Mussolini, es ciertamente llamativa. Pero hay pocos motivos para creer que cambiará el rumbo de Italia en aspectos significativos para los mercados o los socios internacionales del país.

En estas elecciones las encuestas de opinión predijeron correctamente buena parte de los resultados, algo raro en un caso moderno. Desde hace al menos dos años estaba claro que si los tres principales partidos de derecha se unían, lograrían la mayoría absoluta. Lo único que cambió significativamente es el equilibrio dentro de la coalición: durante el gobierno tecnocrático de unión nacional dirigido por Mario Draghi entre febrero de 2021 y julio de este año, los votos pasaron del partido de derecha que se unió al movimiento de Draghi, la Lega, al partido que se mantuvo fuera, los Hermanos de Italia.

Este desplazamiento continuó hasta las elecciones y los Hermanos consiguieron el triple de votos que la Lega, dirigida por Matteo Salvini, y que el otro socio en la coalición, Forza Italia, de Silvio Berlusconi. Esto fortalecerá mucho la posición de Meloni cuando forme su gobierno y aumentará la probabilidad de que su gobierno dure varios años (incluso podría extenderse por el plazo parlamentario completo de cinco años).

La última vez que una coalición ganó con una mayoría clara en unas elecciones generales italianas fue en 2008 cuando Berlusconi lideró la victoria de la derecha. Desde 2011 hubo siete gobiernos y seis primeros ministros diferentes; dos de ellos (Mario Monti y Draghi) fueron tecnócratas, los cinco restantes dependieron de negociaciones de coalición creativas y complejas. Frente a esos casos, la victoria de Meloni promete simplicidad y, al menos en el mediano plazo, estabilidad.

De hecho, su victoria refleja en gran medida la inestabilidad de la última década. Además, como Italia tuvo líderes principalmente del centro y la izquierda desde 2011, podría decirse que era hora de que volviera a la derecha. Uno de los grandes atractivos de Meloni es su juventud (solo tiene 45 años) y que las decisiones gubernamentales recientes, populares o no, no mancharon su reputación. La apatía de los votantes que redujo la participación a apenas el 64 % estuvo muy vinculada a su desilusión con la vieja guardia política.

La característica más distintiva de Meloni no fue tan importante para su éxito. Dirige un partido que no se avergüenza de haber surgido de los seguidores de posguerra de Mussolini, el dictador fascista. Los Hermanos mantuvieron incluso una llama en el escudo de su partido, que representa lealtad al fallecido Duce. Algunos de sus miembros visten camisas negras y hasta usan el saludo romano, más asociado con los nazis alemanes, aunque fue Mussolini quien lo popularizó.

De momento, esas asociaciones neofascistas no son importantes porque no hay señales de levantamientos ni apoyo a métodos violentos para socavar las bases de la democracia. Las propuestas distintivas de Meloni, que incluyen una actitud —similar a la de Trump— de «Italia primero» frente a la inmigración ilegal y hostilidad frente a las políticas sociales progresistas vinculadas con las comunidades LGBTQ o el aborto, son básicamente coherentes con los programas de los gobiernos anteriores de derecha dirigidos por Berlusconi en 2001-06 y 2008-11, y de la Lega en una coalición de la izquierda y la derecha en 2018-19. Su oposición a la propiedad extranjera de empresas nacionales insignia como la ex Alitalia también es tradicional.

Entonces, a pesar de la desilusión de muchos italianos porque tal vez se reviertan las políticas sociales progresistas, hay pocas cosas realmente nuevas en el programa que Meloni prometió. No asumirá en medio de una oleada de entusiasmo, sino de desilusión.

Más aún, a diferencia de Salvini y Berlusconi, adoptó una postura decididamente antirrusa y proucraniana en cuanto a la guerra, igual que Draghi, el gobernante saliente. Ahora que Ucrania está consiguiendo victorias en la guerra, es poco probable que eso cambie. Tal vez en el pasado Meloni haya admirado el conservadurismo social del presidente ruso Vladímir Putin, pero no respaldará a un perdedor.

Las grandes preguntas relacionadas con el nuevo gobierno, al menos para quienes no son italianos, se vinculan con la política económica. Durante los 18 meses de su mandato, Draghi puso lo que podríamos describir como una camisa de fuerza benévola a la economía italiana: creó un plan de inversiones públicas para que Italia recibiera 190 000 millones de euros (183 000 millones de dólares) del fondo Next Generation EU de la Unión Europea durante 5 años, de los cuales quedan 4 por delante. Esto implicó un sistema de auditoría y control riguroso de los gastos, y aceptar estrictas condiciones fijadas por la Comisión Europea antes de que se libere cada tramo de los pagos.

Meloni se define como «soberanista» y no está a favor de las rigurosas condiciones fijadas por Bruselas. Tampoco se mostrará —considerando que la coalición de derecha está respaldada por un conjunto de intereses creados de pequeñas y medianas empresas— entusiasta por reformas para fomentar la competencia ni las auditorías rigurosas. Pero los grandes flujos de efectivo relacionados serán fundamentales para el crecimiento económico italiano a mediano plazo, lo que implica que sus instintos soberanistas deberán competir con un realismo pragmático.

El nuevo gobierno no asumirá hasta fines de octubre, aunque deberá preparar inmediatamente el presupuesto para 2023. El nombramiento más observado entre los que hará Meloni será el del ministro de economía. Cuesta imaginar que comenzará su mandato con una batalla contra la Comisión Europea, especialmente cuando se viene un duro invierno con elevados precios para la energía y escasez de gas. Pero es nueva y no hay antecedentes en los que basar sus decisiones, por lo que nadie puede estar seguro.

Bill Emmott, a former editor-in-chief of The Economist, is Co-Director of the Global Commission for Post-Pandemic Policy. Traducción al español por Ant-Translation.

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