La hora de hacer política

La única ley ley que parece sobrevivir tras las elecciones presidenciales en EEUU es la de Murphy: todo lo que puede empeorar, empeora. Contra todo pronóstico, los norteamericanos han hecho presidente de la nación más poderosa del mundo a un tipo que proclamó que el proceso electoral estaba trucado y que llegó a afirmar que sólo reconocería el resultado si él ganaba o si su oponente le superaba por una mayoría abrumadora. Lo que, a la vista de los resultados (Clinton obtuvo 230.053 votos más que él), le llevará a considerarse un presidente elegido con trampas y sin el apoyo suficiente como para que le sea reconocida su victoria.

Afortunadamente, sus adversarios políticos no son como él. Obama ha resumido en unas pocas palabras ese espíritu que tanto envidio y que es propio de las naciones sin complejos: “No somos primero demócratas ni republicanos, sino estadounidenses y patriotas. Todos queremos lo mejor para este país”.

Pero más allá de la aparente moderación discursiva del presidente electo y de las tranquilizadoras palabras de los demócratas, es preciso que analicemos con rigor lo que ha ocurrido y extraigamos las conclusiones correctas. Quizá sea un buen momento para releer Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, de Gibbon. No es la primera vez que las hordas llegan a las puertas de la ciudad mientras los patricios siguen escuchando la música…

Pero sin ir tan lejos en la Historia, lo que está ocurriendo en el mundo moderno -que ya hemos sufrido en Europa y que ha tenido su colofón en las presidenciales de EEUU- guarda un estremecedor paralelismo con los acontecimientos que devastaron nuestra civilización hace un siglo. Ya es hora de que tomemos conciencia de que esto no es un simulacro; es fuego real y como tal debe ser combatido.

Resultan muy preocupantes las primeras reacciones políticas y periodísticas tras la victoria de Trump. Quienes están al frente de las instituciones políticas o económicas multiplican los mensajes tranquilizadores e insisten en edulcorar las consecuencias de lo ocurrido. El resto de formaciones políticas, principalmente en la oposición, compiten por ver quién encuentra más epítetos sobre el personaje. De entrar a analizar el fondo de la cuestión, nada de nada.

Es probable que la reacción de los primeros se deba al miedo, pero todos parecen haberse puesto de acuerdo en no mirar más allá de sus narices y en ocuparse meramente de lo inmediato (por ejemplo, del comportamiento de las Bolsas) e intentar sobrevivir a un ciclón para el que nos hemos negado a prepararnos.

Todos aquéllos que tienen medios para actuar han iniciado ya el juego de la genuflexión y del cloroformo: han empezado a esconder la cabeza bajo el ala -cuando no la han enterrado cual avezadas avestruces- a la vez que comienzan a extender el gas adormidera para tranquilizar al conjunto de los ciudadanos sobre el verdadero alcance que tendrá para nuestra civilización lo que está ocurriendo. Quizá porque no saben qué hacer o porque las élites, mal que bien, sobreviven mientras el capital se realinea y se adapta a los ciclos, ellos siguen prescribiendo la misma receta, por mucho que se haya demostrado que se está llevando al paciente -la democracia- por delante. Relativizaron las consecuencias que tendría para Europa la salida del Reino Unido, la llegada de Syriza, de Le Pen, de Farage, de 5 Stelle, de Podemos… Y ahora vuelven a querer tranquilizarnos (o tranquilizarse) repitiendo el mismo soniquete: que una cosa son los discursos en campaña, que otra es lo que se hace luego cuando llegan al poder, que esto se arregla con la recuperación económica….

Escribió Ungaretti que no se puede pactar con las dificultades, que o las vencemos o nos vencen. Nuestra principal dificultad es que no queremos enterarnos que lo peor ya ha pasado y que si no actuamos ocurrirá lo que a este paso parece inevitable: el populismo y la anti-política se llevarán la democracia por delante. Dejémonos de analizar lo que Trump hará en el futuro; lo relevante es el modelo de sociedad que ha defendido y que ha concitado tal apoyo ciudadano que hoy es presidente. Él no es sino el síntoma de una plaga que cuestiona los valores de la civilización, la tolerancia, el pluralismo, el respeto y reconocimiento entre los diferentes, la libertad y la igualdad. Y eso ya ha pasado.

La enfermedad es el discurso anti-político que se extiende por todo el mundo, como lo hiciera hace un siglo, pero con la peculiaridad y el riesgo añadido de que hoy se hace desde las propias instituciones democráticas. Se empieza por el “no nos representan” o “rodea el Congreso” y se acaba con el “no reconoceré los resultados si no gano”, y Trump en la Casa Blanca.

No nos engañemos sobre la gravedad de lo que está ocurriendo en nuestra vieja o joven democracia; esto no se arregla caricaturizando al último personaje que ha aparecido en escena. El problema a atajar es que hay millones de ciudadanos en EEUU (y en todo el mundo, demostrado está) dispuestos a apostar con su voto por el modelo de sociedad que representan y defienden Trump y el resto de populistas a uno y otro lado del Atlántico. Bueno sería que empezáramos por reconocer que lo que se ha producido en EEUU germinó en Europa (otra vez hay que recordar la primera mitad del siglo XX) sin que fuéramos capaces de afrontarlo. La gente tiene mucho miedo al futuro, aunque desde un punto de vista material éste sea el mejor momento de la Historia. Por eso, ante la ausencia de una pedagogía democrática y una educación en valores hay millones de ciudadanos que votan demagogos para que les protejan de los inmigrantes, de la globalización, de las nuevas tecnologías que les quitarán trabajo… Así, los que tienen papeles votan a quien les garantiza que no dejará entrar a uno más; o los que han conseguido salir de la miseria votan a quien les asegura que nadie más vendrá a disputarle esa pequeña parcela de pobreza. Y los partidos compiten por esa oferta.

Trump -como el resto de populistas y antisistema- no es sino el pus que supura la herida, el síntoma visible de una epidemia de anti-política que en última instancia es la negación de la democracia y sus instituciones. A la vista está que el tratamiento convencional aplicado hasta ahora (negar la evidencia, poner calmantes, coser en falso las heridas, esperar a que se arregle el desaguisado por si solo, confiar en que la economía resuelva todo…) no ha funcionado. Quizá por eso hay mucha gente que ha escuchado los cánticos de los brujos de la tribu; pero no hace falta que explique que con eso tampoco se arregla nada: Trump es el ejemplo y la consecuencia de esa mala elección.

Ha llegado la hora de la verdad, la hora de hacer política con mayúsculas. Sé que la tarea es colosal; pero mayor aún es la dimensión de lo que perderá el mundo que conocemos si no tenemos el valor de enfrentarnos al reto y actuar en consecuencia.

Rosa Díez es cofundadora de Basta Ya y de UPyD.

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