La hora de la acción… reflexiva

Cuando se producen atentados terroristas masivos e indiscriminados como los ocurridos el 11-S de 2001 en Estados Unidos, el 11 de marzo de 2004 en Madrid, el 7 de julio de 2005 en Londres y el pasado viernes 13 de noviembre en París, a la reacción inicial de pánico y desconcierto que experimentan los ciudadanos, le sucede la movilización solidaria con las víctimas y sus familiares, unido a la demanda de una respuesta firme y eficaz por parte del Estado y muy especialmente de los Cuerpos de Seguridad.

Con el tiempo, los ciudadanos necesitan conocer la verdad de lo que les ha ocurrido para comprenderlo y poder superar sus terribles e inhumanos efectos sin tener que recurrir al olvido. Por eso es necesario que las autoridades francesas practiquen una política de información veraz y continuada de cuantos hechos se vayan conociendo, sin por ello renunciar a la necesaria protección de aquella información que resulta decisiva para dar una respuesta policial y judicial eficaz.

La hora de la acción... reflexivaTranscurridos varios días de los atentados, estamos precisamente en el momento en que hay que comenzar a despejar algunas de las muchas interrogantes que se formulan no sólo los franceses sino también todos los europeos. Para ello hace falta el análisis desapasionado de los hechos y la reflexión sobre las causas y consecuencias de los ataques terroristas, requisitos imprescindibles para articular una respuesta colectiva que sea eficaz para prevenir nuevos atentados y que logre minimizar la propaganda del Estado Islámico.

Con la información pública disponible se pueden ya ir despejando algunas incógnitas importantes. Sabemos que la planificación y la autoría corresponden al Estado Islámico y, por tanto, que los atentados en París hay que situarlos en la cadena de actos terroristas iniciados con el atentado con bomba que destruyó un avión ruso sobre el Sinaí y siguió con los atentados en el Líbano contra Hezbollah el mismo 13 de Noviembre.

Tales actos responden a una estrategia del Estado Islámico que recurre al terrorismo contra objetivos de algunos países que le están acosando militarmente en Siria e Irak, ante la imposibilidad de impedir directamente los ataques aéreos y las operaciones terrestres que han logrado neutralizar la superioridad militar que venía gozando en los últimos dos años. Ello permite suponer que cuanto mayores sean las derrotas militares del Estado Islámico mayor será su empeño en recurrir al terrorismo masivo e indiscriminado en otros países para compensarlas política y mediáticamente.

El Estado Islámico necesita vitalmente ocultar su debilidad militar demostrando con los atentados que lleva la iniciativa estratégica, porque en caso contrario el reclutamiento masivo de nuevos yihadistas para sus filas, que tan imperiosamente necesita para mantener su acción bélica, puede resentirse de forma irreversible y con ello asegurar su derrota definitiva. Al fin y al cabo hasta los más dispuestos a sacrificar su vida, se cuestionan la oportunidad de hacerlo si consideran que la causa por la que se inmolan está perdida.

Tan sólo diez días antes de los atentados de París, la Policía española desarticuló en Madrid una célula yihadista que planificaba realizar atentados similares a los realizados en ‘Charlie Hebdo’ y el supermercado parisino el pasado 8 de enero. También sabemos que el pasado 5 de noviembre fue detenido en Baviera (Alemania) un montenegrino que, presuntamente, era un cómplice de los que atentaron en París. Finalmente conocemos que en Bélgica se ha detenido a un grupo de cinco yihadistas que colaboraron, probablemente como célula de apoyo, con los autores de los recientes atentados de París.

Todo ello demuestra que estamos ante una estrategia general del Estado Islámico y no sólo ante acciones aisladas e inconexas de grupos terroristas yihadistas radicados en Europa.

No podía ser de otro modo. Una cadena de atentados como los ocurridos en París la noche del 13 de noviembre, no se improvisa. Requiere un grupo de terroristas bien adiestrados operativamente y completamente mentalizados para asumir el suicidio como parte de su actuación destructiva. Pero además, también requiere una red que proporcione la información y el apoyo logístico requeridos para llevar a cabo con éxito los atentados, ya que las armas, los vehículos y, sobre todo, la inteligencia operativa son bienes escasos y muy controlados en Francia. Sin embargo, todas estas capacidades habrían resultado inútiles sin una adecuada planificación táctica.

Es precisamente el análisis de la ejecución de los atentados el que nos revela el grado de maduración de la táctica seguida por los terroristas. En efecto, se trató de tres grupos distintos que actuaron de forma coordinada. Uno de ellos, integrado por tres terroristas, actuó el primero inmolándose en tres explosiones en los alrededores del estadio Saint Denis. Es probable que en su intención inicial tuvieran como objetivo hacer estallar sus cinturones de explosivos en el interior del estadio, pero ante la imposibilidad de lograrlo decidieron provocar las explosiones en las inmediaciones.

El objetivo último de estas acciones suicidas, además de causar el mayor número de víctimas posible, podría ser el de movilizar las fuerzas policiales hacia el estadio y facilitar así la actuación de las otras dos células terroristas que operaban con una gran movilidad gracias a los vehículos que utilizaron. Las actuaciones violentas de estos últimos debían realizarse a gran distancia del primer grupo, en una zona de fácil acceso y con una gran concentración de personas que garantizase las masacres. Y efectivamente así ocurrió.

Los ciudadanos ignoran todavía el número de terroristas que intervinieron, salvo los siete que murieron en los atentados que ellos mismos provocaron. De todos los objetivos, una vez descartado el estadio de fútbol, el más importante por el número de personas que albergaba era la sala Bataclan. Tal vez por ello es razonable pensar que los terroristas pretendiesen ampararse en los rehenes que retenían para llevar a cabo algún tipo de negociación, además de amplificar todo lo posible el impacto mediático.

La declaración de guerra que ha formulado el Presidente Hollande constituye una inequívoca demostración de la voluntad política del Estado francés de mantener su acción militar contra el Estado Islámico, a la par que la base para justificar las medidas excepcionales implantadas bajo el estado de emergencia.

Pero más allá de estas manifestaciones oficiales, resulta inevitable contrastar la rapidez y eficacia del despliegue policial que se realizó, con la limitada capacidad de prevención demostrada por los servicios de inteligencia franceses. Tan sólo 10 meses después de los atentados del mes de enero, la inteligencia gala ha sido incapaz de detectar los movimientos y preparativos de estos últimos actos terroristas del yihadismo.

Ciertamente es difícil conocer y prevenir las acciones de terroristas aislados (los llamados ‘lobos solitarios’) como el que atentó en el tren de alta velocidad el pasado 22 de agosto, pero en cambio una operación terrorista de la envergadura estratégica, táctica y logística de la realizada el pasado viernes en París difícilmente puede considerarse imprevisible. Sin duda hay serios fallos de coordinación entre las inteligencias policiales de los países europeos, unos fallos que deberían inducir una seria reflexión y una decidida actuación en el próximo Consejo de Ministros del Interior. Máxime si queremos evitar una actitud de sospecha o un rechazo social a la política de asilo que ya se ha adoptado respecto de los refugiados que se agolpan en las fronteras de la UE.

La grandeza de nuestras democracias y el verdadero poder del Estado de Derecho se demuestran en su capacidad para enfrentar y superar las amenazas a la seguridad sin menoscabar los derechos fundamentales de sus ciudadanos. Sin duda el terrorismo yihadista es la principal de esas amenazas en los momentos actuales, pero sería una burda manipulación xenófoba culpar de ese terrorismo a los musulmanes que conviven en nuestros países o a los que huyendo del Estado Islámico o de los talibanes reclaman el refugio en Europa.

Rafael Calduch Cervera es catedrático de Relaciones Internacionales de la Universidad Complutense de Madrid.

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