La hora de la verdad

Aunque todavía es pronto para determinar con detalle de qué modo se ha desplazado el voto en las elecciones del 20-N, parece haberse impuesto entre analistas y expertos en demoscopia la idea de que el PSOE ha perdido presión, más que nada, por su costado derecho. De los cuatro millones y medio de sufragios cedidos, un millón son ahora propiedad de los populares; cerca de setecientos mil se han desviado a IU, otros tantos al partido del Rosa Díez, y cerca de ciento cincuenta mil a CiU. Del resto da cuenta la abstención o la desaparición física de los que habían apoyado la marca socialista en las legislativas de 2008. En resumen, y haciendo balance: la disminución en beneficio del centro o centro-derecha supera al trasquilón recibido por la izquierda en una proporción de tres a uno. La consecuencia que de aquí se ha sacado es que Rubalcaba erró en el planteamiento de su estrategia, orientada sobre todo a protegerse por el lado de babor. No disiento de este dictamen, ni discuto que Rubalcaba se haya desempeñado durante la campaña con muy poco tino. A la vez, me parece de justicia introducir una eximente parcial. No habría bastado con que Rubalcaba, en lugar de hacer demagogia, se hubiese ceñido a la ortodoxia económica y al realismo político. Habría sido necesario, además, que se le creyera. El caso, sin embargo, es que carecía por completo de credenciales para infundir confianza, dijera lo que dijese. No había liderado un movimiento de opinión dentro del partido; no llevaba, adherido a su nombre, una visión concreta sobre los intereses generales; tan siquiera venía legitimado por la sanción de un proceso congresual abierto. Rubalcaba, alumbrado por un golpe de palacio, no representaba una idea sino un compromiso entre fuerzas cuyos móviles sólo podía entender el iniciado en las turbulencias orgánicas de Ferraz y sus delegaciones regionales. La propuesta era demasiado débil, y sobre todo demasiado oscura, para un momento en que la pasión dominante entre los ciudadanos es el desconcierto o la angustia, o mejor, la suma de ambos. Y ocurrió lo que ocurrió: un derrumbe de los socialistas sin precedentes en la democracia.

Pronto sabremos cómo gestiona el partido del puño y la rosa la derrota severísima. Sea como fuere, permanece el dato que se ha aventurado líneas arriba: a saber, que los españoles se han inclinado con claridad hacia siglas partidarias —no hablo de los programas, que no lee nadie— difíciles de identificar con una defensa peronista del gasto social. El fenómeno es especialmente elocuente en lo tocante a CiU, cuya enérgica política de recorte de las prestaciones públicas no ha impedido que se convirtiera en la fuerza más votada de Cataluña. No hay que ser un lince para llegar a la conclusión de que la gente no desea promesas sino seguridades, y de que ha preferido apostar por la firmeza, demostrada o potencial, antes que por garantías retóricas que intuye que no se podrán respetar en la práctica. La pregunta que a partir de estos hechos yo me formulo, y probablemente se formulan muchos españoles, es qué habría pasado si el PP, en lugar de refugiarse en el sigilo o la confusión, se hubiese arrancado a ofrecer una explicación franca de los enormes sacrificios que bajo su mandato todos deberemos compartir.

La pregunta, por supuesto, carece de respuesta efectiva, puesto que nos envía a premisas que, de hecho, no se han cumplido. El caso es que el PP ha optado por la estrategia que en teoría de la decisión racional se conoce como «minimax». El que abraza esta estrategia elige, no la opción que en principio pueda dar más frutos, sino la que encierra menos riesgos. Rajoy ha hecho lo posible por exponer una superficie mínima a la demagogia de Rubalcaba, y este acuerdo, a la vista de los resultados del 20-N, le ha salido bien. Habrá de pagar, no obstante, un precio en diferido. Habrá de anunciar medidas durísimas sin la asistencia, o la legitimidad, que proporciona formular un plan de acción antes de conseguir el voto. No es difícil imaginar qué argumentos esgrimirá el jefe de los populares llegado el instante de dirigirse a la nación. Uno, y no dudo de que las cifras le avalarán objetivamente, consistirá en explicar que las cosas están aún peor de lo que se presumía. Es lo que ya se ha hecho en Castilla-La Mancha, donde la situación, es cierto, era bastante peor de lo que oficialmente se había admitido. El otro argumento serán las exigencia europeas. Que Europa no nos va a dar margen es algo que consta a cualquier observador medianamente avisado, y es algo también que sabía, y sabía a la perfección, el candidato socialista cuando, en el vis-à-viscon Rajoy, propuso, con desfachatez asombrosa, que solicitásemos una moratoria a la Unión en materia de ajuste. Lo que es un secreto a voces, en fin, no es un secreto, y está en parte descontado por el elector. Pese a todo, no es lo mismo hacer lo que se ha dicho que se iba a hacer que rectificar sobre la marcha. No es tarde para recordar que Zapatero se destruyó a sí mismo en mayo de 2010, al justificar su nueva política con el alegato de que en realidad no era suya, sino de la Comisión Europea y de la canciller Merkel. Los costes serán menores para Rajoy, máxime porque no necesitará contradecirse, sino solo precisarse. Pero esos costes van a existir, y pueden ser coyunturalmente importantes.

La cortesía, la cautela y el sentido común obligan a esperar lo mejor de un nuevo presidente de Gobierno mientras no haya dado muestras inequívocas de que la esperanza es infundada. La cortesía, el sentido común y la cautela no son óbice, sin embargo, para adelantar algunos consejos, o, cuando menos, tal cual reflexión en voz alta. A mi entender, los españoles son plenamente conscientes, aunque no dominen todavía los detalles, del trance gravísimo que atraviesan y de la aspereza de los años por venir. Creo, sinceramente, que son mejores de lo que los políticos profesionales estiman, y que no se perderá nada revelándoles la verdad. Es cierto que el zapaterismo ha obrado calamidades sin cuento ante unos ciudadanos aparentemente pasivos. Se han perpetrado calamidades en el País Vasco, y se ha infligido una herida atroz al Estado en Cataluña, sin que los responsables políticos de esos desafueros sufriesen el castigo correspondiente en las urnas. Sí, esto es así, y esto arroja una luz mortecina sobre la calidad media de nuestra democracia, tanto en las capas altas, como a pie de obra. Ahora bien, aun en la peor de las hipótesis, sigue siendo cierto que los españoles sabemos sumar dos y dos, al menos, en lo que afecta a nuestros intereses personales y a los de nuestras familias. No comprendimos ciertas cosas porque se nos habían explicado mal, o porque estaban envueltas en el velo y la culta latiniparla de las consideraciones y escrúpulos constitucionales. Pero sí comprendemos que la tasa de desempleo entre los jóvenes es intolerable, o que el paro está tocando niveles asombrosos. Comprendemos, en una palabra, que así no se puede seguir. Estamos preparados para oír mensajes ingratos, siempre y cuando no equivalgan a un certificado de defunción sino a una invitación a fajarse y mejorar. La democracia sólo extrae de sí sus esencias superiores cuando se ejerce a fondo. En una democracia, la gente es la única alternativa. No apostar por la única alternativa que existe es como ponerse a caminar en el agua, o a chapotear en medio del llano.

Por Álvaro Delgado-Gal, escritor.

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