La hora de los Ateneos

Excelentísimo señor expresidente del Gobierno, alcaldesa, autoridades, amigos:

Quiero dar las gracias a Carmen Iglesias no sólo por sus afectuosas palabras de hoy sino por la benéfica influencia que ejerce siempre sobre mí. Nunca ha dejado de transmitirme «el amor por lo que se hace, la pasión por el conocimiento, la emoción por la apertura al mundo y al riesgo intelectual». Son palabras que ella dedicó en su día a su maestro, el eximio logroñés Luis Díez del Corral, y es de justicia que sea otro logroñés mucho menos eximio quien se las devuelva envueltas de corazón en el celofán de la gratitud.

A la hora de referirme a Esperanza Aguirre y José Bono me remito ya a una de las «conferencias históricas» sobre La España del Siglo XIX, dictadas en esta casa durante el curso 1886-1887 y que forman parte de los afluentes de mi libro. Concretamente a la de Leopoldo Alas Clarín sobre Antonio Alcalá Galiano cuyo inicio no pudo ser más impactante: «Señores, yo no he conocido al monstruo».

Aludía así al comentario del exiliado Esquines ante sus alumnos, reconociendo la superioridad oratoria de Demóstenes: «¡Ah, si hubieseis oído al monstruo…». Clarín quería precisar que, por razones generacionales, al describir los grandes momentos de Galiano debía basarse en testimonios de referencia como el de Castelar -fascinado por la retórica del veinteañista gaditano- o el del propio Andrés Borrego que le había precedido en ese ciclo del Ateneo con una conferencia sobre Riego.

Pues bien cuando en el futuro alguien me pregunte por Esperanza Aguirre o José Bono, tan distintos entre sí, y tan equiparables en el papel de conciencia crítica de sus partidos, tendré la satisfacción de poder responder: «Señores, yo sí he conocido al monstruo». Y lo he «conocido» intensa y extensamente pues hace treinta años que mantengo trato con ambos y siempre agradeceré al periodismo haber estado presente en ocasiones memorables como la toma de posesión de Bono como ministro de Defensa o el reciente discurso de Aguirre, bajo la atenta mirada de Edmund Burke, en el Parlamento de Westminster.

Como Alcalá Galiano, una y otro han sido ministros. Como Alcalá Galiano, una y otro han presidido las cámaras del Parlamento. Como Alcalá Galiano, una y otro podrían ser admirados como «el hombre que no llegó» o «la mujer que no llegó», si por «llegar» se entiende alcanzar la cima de la presidencia del Gobierno. De momento les falta el último peldaño…

La Desventura de la Libertad es un libro de Historia sin la menor concesión al presentismo, pero sus lectores están abriendo sus páginas en el presente y no pueden evitar mirarse en aquel espejo de 1823 cuando el bloqueo constitucional contribuyó decisivamente a lo que el propio Clarín describió en esa conferencia como «la putrefacción del sistema».

Alcalá Galiano fue sin duda el principal paladín que, más que acompañar, escoltó al digno y abnegado Calatrava durante aquellos cinco terribles meses de Gobierno y los subsiguientes once años de desolador exilio. Fue por entonces cuando escribió Larra que «por poco liberal que uno sea o está en la emigración, o de vuelta de ella o disponiéndose para otra». Dos siglos de civilización no han transcurrido en vano y hoy en día los exilios son interiores y la ballena que nos lleva es implacable pero virtual y literaria.

Acabo de aludir a uno de los debates esenciales que reverbera desde ese archivo oculto de Calatrava, enviado por la fortuna al encuentro de mi libro: el «bloqueo constitucional», tantas veces soslayado en el análisis del Trienio. Y como este Ateneo ha albergado ya opiniones contrapuestas en relación a lo que fue el primer naufragio del régimen liberal, puedo ceñirme a esos elocuentes materiales aportados por hombres mucho más ilustres que yo.

En su famoso discurso de apertura del curso 1930-1931 que iniciaría en el otoño como presidente del Ateneo y concluiría en la primavera como ministro de la Guerra del primer Gobierno de la República, Manuel Azaña hizo suya la crítica marxista a aquellos dirigentes liberales -Calatrava, Galiano y Argüelles incluidos- que «transigieron con la dinastía» y «transigieron con la Iglesia», achacando incluso al pecado original de su tibieza algunos de los males endémicos del siglo: «Era inevitable que la burguesía española por no haber sido a su hora bastante radical, se viese un día a los pies de sus hijos, tenientes de infantería».

Azaña reflejaba así la sensación de que a la Revolución Española le faltó la suficiente dosis de esa «violencia necesaria» a la que se referiría Gil Novales o si se quiere una buena ración de guillotina. Motivos para haber procedido por traición contra Fernando VII, su familia y sus prelados no faltaron y mi libro documenta de forma inapelable alguno de ellos. Pero al margen de la inviolabilidad constitucional del Rey que aunaba legalidad y tradición -ahí tenemos la estampa del regente Ciscar hincándose de rodillas en el Alcázar de Sevilla para comunicar a Fernando VII que las Cortes le habían suspendido en el ejercicio de sus funciones- quedaba la cuestión nada baladí de la correlación de fuerzas.

Si la ofensa infligida al trono durante ese mero paréntesis de cinco días del traslado forzoso a Cádiz, en los que el Rey no fue Rey, bastó para que los absolutistas se volvieran feroces, los indiferentes se hicieran absolutistas y muchos liberales -incluidos los generales traidores- desmayaran en su apoyo al régimen constitucional, no es difícil imaginar el estallido que hubiera desencadenado cualquier violencia contra Fernando VII. Pero además en aquella Europa de los tronos y los congresos la Santa Alianza ejercía de policía continental y, como ocurrió en Nápoles y el Piamonte, la intervención armada habría sido inmediata y más cruenta que la de los Cien Mil Hijos de San Luis.

¿Cabía el camino inverso, es decir el de un acomodo entre los moderados de ambos bandos a través de una reforma de la Constitución de Cádiz que subsanara cuanto se había demostrado inadecuado a la España de aquel tiempo y acercara nuestra Monarquía a la francesa de la Charte o a la británica del Cabinet System? Al intentar responder esta pregunta se interpone Fernando VII tal y como lo ha visto en mi libro Pérez Reverte: «Oportunista, cruel, cobarde inteligente y afortunado, psicópata del disimulo y de la infamia». El árbol de su felonía es tan frondoso que no nos deja ver el bosque.

Y sin embargo fue también aquí, en el Ateneo, donde precisamente Andrés Borrego recordó que no sólo había creído en esa vía sino que le había propuesto a Riego que la patrocinara desde su autoridad como caudillo del pronunciamiento que restableció la Constitución.

Podrá alegarse que Riego carecía de cintura política pero Espoz y Mina echó de su casa a quien le proponía introducir el bicameralismo como si fuera el peor de los insultos y todos los prohombres de las Cortes cerraron filas sobre la inmutabilidad de lo que llamaban el código sagrado. De ahí la sorpresa con que descubrieron en el exilio la mala opinión que sobre ese texto tenían hasta los británicos más avanzados. Uno de los primeros en bajarse del burro fue el propio Galiano: «¡Pensar que por ese libraco estamos aquí todos los hombres de bien», le dijo a Mesonero Romanos señalando el ejemplar sobre la chimenea de su casa en Londres.

La caída del régimen liberal al final del Trienio fue fruto de su incapacidad de transacción. En parte por la escalada de los extremismos, especialmente tras el golpe del 7 de julio del 22 -tan parecido en muchas cosas al 23-F-, y en parte por la falta de comunicación con el exterior: nada tan patético como ver al Duque de Angulema en el Puerto de Santa María y a Calatrava en Cádiz -sitiador y sitiado- cumpliendo sus respectivos destinos, ignorantes ambos de que en el fondo querían lo mismo para España.

En el Trienio falló la diplomacia -el régimen liberal ni siquiera estuvo representado en el Congreso de Verona- y falló la política; pero sobre todo faltó el debate intelectual. Aunque en 1820 se creó el primer Ateneo Español, definido por Galiano como una «sociedad pacífica y sesuda, tranquila e ilustrada», fue la algarabía de La Fontana de Oro, el café de Lorencini o no digamos la Sociedad Landaburiana, donde Romero Alpuente proclamó entre ovaciones que «la guerra civil es un don del cielo», la que dio tono al régimen liberal. El ingenio canalla de El Zurriago acalló la reflexión serena de El Censor. Masones y comuneros incendiaron la calle desde sus logias y merindades dejando sin margen de maniobra a la Sociedad de Amigos de la Constitución, caricaturizada como del Anillo, cuando pretendió impulsar la reforma constitucional. Una inquisición fue sustituida por otra y los transaccionistas, anilleros o pasteleros se convirtieron en los nuevos herejes a perseguir.

Es muy significativo que las constituciones de 1837 y 1845 recogieran los principales postulados de quienes, con Blanco White a la cabeza, propusieron desde el primer momento reformar La Pepa. La «musa del escarmiento», invocada por Azaña en circunstancias todavía más terribles que las de 1823, daba así sus frutos. Y es muy significativo también que esas experiencias reformistas tuvieran como sustrato los cursos de derecho constitucional que aquí en el Ateneo impartieron el propio Galiano, Donoso Cortés y Joaquín Francisco Pacheco . Incluso las lecciones de Joaquín María López en el disidente «Ateneo progresista» son parte del fenómeno.

Como bien dejó dicho Ruiz Salvador, en el Ateneo se escribió entonces «el borrador de la Historia de España». ¿Por qué no repetir ahora la experiencia en este y todos los demás Ateneos de la nación? Tanto en lo referente a las reglas del juego democrático como al modelo territorial las deficiencias de la Constitución de 1978 han quedado ahora tan patentes como durante el Trienio quedaron las del «código sagrado». Necesitamos con premura un impulso reconstituyente. Y frente a la pretensión de consolidar una nueva tecnocracia que sustituya la política por el reparto y ocupación de espacios al modo en que lo hacían las familias de la mafia, a la vez rivales y aliadas, esta debe ser la hora de las ideas y por lo tanto del ateneísmo.

Que florezcan mil tribunas. «Nada es más urgente en España -volvemos a aquel discurso de Azaña- que el concurso de la inteligencia pura en las contiendas civiles». Sólo movilizando esas reservas intelectuales que deben quedar represadas en algún pliegue de nuestra conciencia colectiva -luz más luz, Ateneos más Ateneos- podremos evitar que la quiebra traumática del sistema sea la única alternativa a la mediocre vulgaridad que hoy denota su podredumbre. Que no pueda decirse que la generación que hizo la Transición cayó después en esa «pereza abandonista que evita el esfuerzo de buscar soluciones», detectada por Carmen Iglesias en otros momentos críticos. Porque si en medio de cuanto es inaceptable -la corrupción, el paro, la mordaza, el saqueo fiscal, la falsificación del principio de representación…- preferimos dejarnos llevar, si incurrimos en la parálisis y el conformismo estéril, estaremos abocando a los españoles del futuro hacia una nueva desventura de la libertad.

Pedro J. Ramírez, exdirector de El Mundo.


[Texto de la intervención de Pedro J. Ramírez en la presentación de La Desventura de la Libertad en el Ateneo]

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