La hora de los vencidos

Por Ignacio Sotelo, catedrático de Sociología y autor de A vueltas con España (EL PAÍS, 19/02/07):

En los años treinta, el fascismo, en sus distintas variantes, y el bolchevismo, convertido ya en estalinismo, se enfrentaron con una ferocidad que Europa no había conocido desde la colisión frontal del catolicismo con el protestantismo en las guerras de religión. En una Viena flamante, pese a haberse quedado sin imperio, y por ello tal vez aún más lúcida, surge un grupo de filósofos que Moritz Schlick en 1929 denomina “círculo de Viena”. A la búsqueda de una visión “científica” de la realidad, parte de un empirismo que, en el afán de ganar claridad, evitando a toda costa conceptos polisémicos, desemboca en un nominalismo radical que diluye las cuestiones que verdaderamente importan, arrojando, como se solía decir, a la criatura con el agua sucia de la bañera.

En aquella Europa de tan fuertes contrastes el “positivismo lógico” apenas influyó, aunque logró anidar en Inglaterra, patria originaria del pensamiento que lo inspiraba, y sobre todo en Estados Unidos, que lo convierte en la filosofía dominante en los años cincuenta y sesenta. La “guerra fría” propició el despliegue de la “filosofía analítica” por su afán de desenmascarar de meras ideologías trasnochadas al marxismo y al existencialismo, las dos corrientes de pensamiento, orientadas ambas a la izquierda, en que se debatía la Europa de la posguerra.

Terminada la “guerra fría”, las ciencias sociales se libraron de los dos encorchetados, el marxista y el analítico, que las había mantenido presas en una falsa oposición, sin que hoy ya nadie cuestione un concepto por su posible polisemia. Fuera de España, nadie se lleva las manos a la cabeza porque se recurra al concepto de “nación” para identificar a un pueblo, con Estado o sin él, o se hable de la “identidad” de Europa, o de Navarra, o la de una profesión, incluso la de un club deportivo, por diferentes que sean los significados que primen en cada uno de estos usos.

Por más que en muchos ámbitos las diferencias salten a la vista, no faltan los que se empeñan en no reconocer resquicio alguno por el que se cuele la menor disimilitud con la Europa que a lo largo de los últimos siglos ha ido abriendo la senda por la que luego caminaron los demás. Pero, bajo una misma apariencia, a poco que se rasque, a veces España es muy diferente de la Europa más avanzada. Sin ir más lejos, claman al cielo, tanto la educación, desde la primaria a la universitaria, como la politización extrema de la justicia, aunque en otros campos, como por ejemplo la modernización de las Fuerzas Armadas, o de la Hacienda, sorprenda lo mucho que hemos progresado.

A lo mejor valdría la pena volver con Américo Castro a preguntarnos, si guerra civil y dictadura franquista algo tendrían que ver con el odio secular del cristiano viejo a las otras dos castas. Pero antes de reabrir una discusión de tal envergadura, demandando si acaso hemos vivido las guerras de religión con siglos de retraso, conviene recapacitar en el hecho de que, justamente, para deshacerse de una temática que espanta por sus implicaciones políticas, se haya vuelto al nominalismo de los años sesenta.

La mejor forma de bloquear una cuestión es quitarla todo sentido, como hizo el “positivismo lógico” con la religión y la metafísica. En realidad, siempre se ha tendido a proscribir los conceptos que impliquen asuntos cuya consideración se rechaza. Hobbes, con su especial ironía, ya afirmaba que hasta la geometría estaría prohibida, si cuestionase los intereses de los poderosos. Aduciendo su polisemia, no sólo habría que apartar del vocabulario político los conceptos de “identidad” y “nación”, sino casi todos los que utilizamos en el lenguaje político y en las ciencias sociales, muy en particular, los de “libertad” o “democracia”, con significados variados, y a veces tan confusos, con los que, no obstante, se llenan la boca los mismos que rechazan los de “nación” o “identidad”.

Entre los conceptos que ahora tanto se critican está el de “memoria histórica”. Cierto que puede ser absurdo juntar en un mismo paquete dos partes tan dispares; una cosa es la memoria personal y la colectiva (aunque el nominalismo revivido niegue esta última, suprimiendo de un plumazo amplios capítulos de las ciencias sociales) y otra muy distinta la historia, entendida como una reconstrucción de lo ocurrido, basándose en datos fehacientes, empíricamente comprobados. La historia abarca una visión global, apoyada en datos objetivos, mientras que la memoria, facultad de la persona, se reduce a una individual, que resulta además incontrolable.

Tucídides reprochaba a Heródoto el que, basándose en lo que había oído o leído, hubiese escrito sobre tiempos en los que no había vivido y sobre países en los que no había estado. Tucídides se consideraba un historiador serio y verídico, porque nada contaba que no hubiese estado previamente grabado en la memoria. Val-dría la pena seguir a lo largo de los siglos la relación tortuosa de la historia con la memoria, pero a nadie se le oculta que no estamos ante una discusión “científica” sobre estas nociones. El concepto de “memoria histórica” resulta polémico únicamente por sus implicaciones políticas, y es en esta dimensión en la que es menester examinarlo.

Nadie, medianamente informado, ignora que desde los años setenta, incluso antes de la muerte de Franco, ha aparecido una amplia historiografía sobre la Guerra Civil y la posguerra, aunque, como es natural, queden aún muchos aspectos por estudiar. Tal vez estos estudios no hayan ocupado la posición central que algunos esperaban, pero en ningún caso han sido marginados y, desde luego, desde el reestablecimiento de la democracia no hemos sufrido censura alguna que los hubiera impedido. También desde las mismas fechas, e incluso desde antes, la “memoria histórica” ha ocupado una posición destacada en la novelística española. La obra de un escritor del calibre de Juán Marsé se alimenta casi exclusivamente, como él dice, de “los sótanos de la memoria”, y no se trata de una excepción, antes al contrario, los ejemplos son tan abundantes que echamos de menos un libro que muestre las raíces profundas de la “memoria histórica” en la literatura de los últimos decenios.

Si en la historiografía y en la literatura, esta última sin duda la expresión más cabal de la “memoria histórica”, encontramos una reflexión continua sobre la Guerra Civil y la posguerra, ¿por qué en la segunda mitad de los noventa, cuando el Gobierno del PP se ufanaba de haber devuelto España a la normalidad -que ya se sabe, es que mande la derecha- se produjo una mutación, y de pronto los nietos rompen el silencio que mantuvieron los hijos de los vencidos? No es que antes se hubiera evaporado la memoria de lo ocurrido, y cual nueva ave fénix renaciese ahora de las cenizas del olvido, sino que, aplastada por una losa de terror, fueron precisos 20 años de democracia para que los nietos, nacidos ya en libertad, se atreviesen a preguntar.

En una cena madrileña una señora muy inteligente me dio cumplida respuesta. “Mi hijo lo sabe todo de su abuelo materno”, una familia de clase media alta, sin problemas de inserción en la España de Franco; “en cambio, nada sabe de su abuelo paterno”, un represaliado que lo pasó mal durante el franquismo. La memoria de los vencedores ha estado siempre presente -durante decenios constituyó el soporte más fuerte del régimen fenecido- la memoria que ahora emerge es la de los vencidos. Como no hay modo de mantenerla reprimida por más tiempo, y menos aún sofocarla, no queda otro remedio que aprender a manejarla con el propósito de acabar un día con la diferencia entre vencedores y vencidos, tan viva todavía en la sociedad española, y que distorsiona una democracia que tanto nos está costando enraizar.

Una marea creciente de personas, que no conocen ni van a leer los muchos libros publicados, quieren saber lo que ocurrió. Con el simple preguntar ponen en tela de juicio la versión oficial consensuada. Se comprende que en la derecha cunda el pánico ante la eventualidad de que los vencidos quieran equipararse a los vencedores, lo que rechazan como un revanchismo intolerable, como pone de manifiesto el éxito de los libros que reproducen los clichés y justificaciones del franquismo. Por su parte, la oposición democrática que pactó la transición reconoce lo obvio, que el régimen logró transformarse desde el interior, salvando posiciones y derechos adquiridos, desde los del monarca hasta los del último funcionario, así como los de los demás grupos y sectores sociales privilegiados, aunque también se siente orgullosa de haber conseguido un sistema homologable con las democracias de nuestro entorno, lo que exigía, nada menos, que la hazaña de quebrar el Estado centralista.

El riesgo que los vencedores perciben en la “memoria histórica” es que una reivindicación de la República y una condena de los golpistas que provocaron una terrible guerra civil y 40 años de feroz dictadura, replantee una transición que se llevó a cabo con una España vencida, todavía aterrorizada. Lo que a Zapatero no perdonan los que hicieron la transición, desde el régimen, o desde la oposición, es que haya llegado a presidente de Gobierno el nieto de un fusilado por los nacionales que se ha atrevido a reivindicar su memoria, anunciando que habría llegado la hora de los vencidos.