La hora del balance

Por Pere Vilanova, catedrático de Ciencia Política de la UB (EL PERIÓDICO, 09/11/06):

Se ha dicho y repetido que las elecciones llamadas midterm, esto es, a medio mandato presidencial, suelen ser un test sobre la popularidad del presidente, aunque se trate de elecciones legislativas en sentido estricto. Esto no ha sido siempre así, pero sí en los casos en los que dichas elecciones llegan en tiempos de crisis. En esta ocasión estaba cantado desde hacía semanas: las encuestas detectaban con claridad que la caída persistente, sin pausas, de la popularidad del presidente, tendría un correlato electoral inevitable. Rumsfeld ha sido la primera víctima, dicen todos los titulares, pero habría que precisar que es la primera víctima de esta Administración después del desastre electoral. Antes, desde hace ya tiempo, Bush ha ido sacrificando en el altar del exorcismo de sus responsabilidades a varios de los pesos pesados de su primera Administración, desde el jefe de la CIA a Wolfowitz, en su día numero dos de Rumsfeld.
La arrogancia de este último ha puesto las cosas en bandeja al presidente. Por ejemplo, ha tenido el raro honor de conseguir que las cuatro revistas de las cuatro ramas de las Fuerzas Armadas (Marina, Aire, Tierra y Marines) publicasen al unísono el mismo artículo exigiendo la dimisión del secretario de Defensa. Varios de los más prestigiosos generales en la reserva ya habían expresado desde el año 2004 su creciente desconfianza hacia el jefe político de las Fuerzas Armadas. De hecho, este episodio es una excelente oportunidad para analizar los costes electorales de la mala gestión de una crisis de grandes proporciones. De hecho, el caso ilustra también la grandeza de la democracia como forma política en términos comparativos, y la de la sociedad norteamericana en particular, como ya se demostró en ocasiones anteriores.
Por ejemplo, los primeros comentarios del partido perdedor, incluyendo al propio Bush, indican una clara y expresa aceptación del cambio electoral que se ha producido, no se vislumbran acusaciones absurdas de que el adversario político (el Partido Demócrata) tiene connivencias con el enemigo (el terrorismo), ni los jueces parecen haber perdido los papeles como parece suceder en otras latitudes más próximas.

SIN EMBARGO, más allá de esta explicación en clave electoral, conviene poner esta crisis en perspectiva. Por fin, con años de retraso (si miramos la evolución de las encuestas sobre los últimos cinco años), la opinión muestra su rechazo a una Administración que, desde su particular obcecación, ha optado de modo persistente por equivocarse. Por ejemplo, esta Administración fue creada y puesta al servicio de un proyecto descabellado, el Proyecto para un nuevo siglo americano, elaborado en 1997 por un lobi que luego saltaría a la fama y sería conocido como los neocons. La premisa inicial era esta: “¿Tiene Estados Unidos la determinación de construir el nuevo siglo de acuerdo con los intereses norteamericanos?”.
Ante la confusión inicial de la política exterior de la Casa Blanca de enero a agosto del 2001, cuando la prioridad absoluta era construir un nuevo escudo antimisiles, una reedición de la guerra de las galaxias de los años 80, el 11 de septiembre vino a proveer a este confuso líder de dos cosas: una enorme legitimidad dentro y fuera de Estados Unidos (que dilapidó con gran rapidez) y una poderosa excusa para tirar adelante su peculiar visión de lo que debía ser el siglo norteamericano.
Por otro lado, en esta crisis se han franqueado límites impensables en la tradición política y constitucional norteamericana. Los ominosos actos jurídicos por los que se crearon los tribunales militares (executive order del presidente) y la ley conocida como Patriótica han dado pie a vulneraciones de los derechos humanos cuya factura pagaremos durante años. Todos, no solo quienes las decidieron. A todo esto debe añadirse, según han filtrado algunos sectores del mundo de los servicios de información, que esta es la primera vez que el Ejecutivo intenta, no solo orientar o cocinar los datos que la inteligencia recopila, sino que le dice lo que tiene que encontrar y, lo que es peor, cuando el fiasco sale a la luz, dimite solo el jefe de la CIA como si todo el fiasco fuera culpa suya y solo suya.

HAY OTRA víctima colateral de esta situación. En Estados Unidos hay una fuerte tradición de que en tiempos de crisis internacionales, el Ejecutivo intenta buscar siempre una aproximación bipartidista a la gestión del problema. Con éxito desigual, cierto. Pero en esta ocasión la aproximación al bipartidismo, o sea, la búsqueda del consenso con la oposición, ha sido nula. Bush ha sido uno de los presidentes más unilateralistas incluso en esto, y la arrogancia con la que se apuntó a la tesis de que en realidad el Partido Demócrata es ya un residuo del pasado, el partido de las minorías, le ha pasado factura. Podríamos añadir otros fiascos. En diciembre del 2003 lanzó su famosa Estrategia avanzada por la democracia, que debía democratizar por contagio un nuevo espacio imaginario, al que llama el gran medio oriente, que abarca desde Mauritania hasta Afganistán y Pakistán, todo incluido.
Los demócratas tampoco lo tendrán fácil. Es el riesgo de ganar, pero refuerza la democracia la demostración de que, tarde o temprano, la opinión pasa factura, y la mentira no compensa. A veces, sí, pero siempre, no.